La chica de la remera negra. Introducción – Capítulo 1.

Ella. Ella era morocha, sus piernas suaves, largas e interminables hacían que uno deje todo sólo para observarla. Tenía ese hermoso y peculiar acento, mezcla de su infancia londinense y de su adolescencia cordobesa.

Teníamos 19 años en aquella época, nos juntábamos a almorzar después de clases, nos recostábamos por horas y dormíamos al compás de las canciones de nuestra banda favorita. Ella fue única, al sonreír se le formaban en los cachetes como unas comillitas, era como si su boca fuera una frase, una frase que quería escuchar todos los días.

Nunca voy a olvidar el sonido de su guitarra, una guitarra blanca con detalles en rojo, con la que tocábamos música para los vecinos. Ella era todo lo que siempre soñé, todo lo que siempre busqué para completar mi alma.

A pesar de todo esto, tan hermoso, el destino tiene sus juegos extraños; que al día de hoy, 40 años después de haberla conocido, sigo sin entender. Por eso quiero contarles nuestra historia, para ver si alguien logra entender, aunque sea un poquito, por qué la vida me separó de ella, del amor de mi vida.

Fue hace mucho tiempo ya, miro por la ventana, veo la ciudad hoy en día y me cuesta creer cuanto ha cambiado. Era más o menos octubre del año 2012, yo estaba en mi cuarto semestre de arquitectura, era una época bastante difícil para mí. Tenía problemas con mis padres, la facultad me quitaba mucho tiempo para ser feliz, y tenía algunos problemas de salud que me ataban a la rutina y no me dejaban escapar a algún lugar lejano.

Recuerdo que los calores se habían adelantado y ya para esos días era normal una siesta con treinta y tres grados, por eso, una o dos veces por semana me escapaba de clases bien temprano, para aprovechar el vientito fresco que todavía quedaba por las mañanas. Me escapaba no solo para eso, también usaba el tiempo para hacer largas caminatas por el parque, y así aislarme de mi mundo, ese mundo que tanto me afectaba. Me gustaba sentir el viento en la cara, me despeinaba y me generaba un efecto de que en ese momento nada podía importarme, nada podía afectarme. ¿Nunca les pasó de querer desaparecer de la tierra por unos minutos? Para mí las caminatas representaban eso, por eso eran tan necesarias, por eso me las acuerdo hasta el día de hoy.

También en esa época andaba siempre con un anotador, el cual todavía conservo, en donde escribía mucho; cosas que me pasaban por la mente, situaciones cotidianas que quería recordar, fechas importantes, etcétera. Pero hay un día que no hace falta que lo busque allí, ese día fue lunes, un 22 de octubre. Estaba muy nublado, pero cada tanto se escapaba un rayo de sol para iluminar la calle. Yo estaba haciendo una de mis caminatas cuando al pasar por la Facultad de Ciencias Económicas vi un pequeño cartel que decía “cada día es el comienzo de algo hermoso”. No sé si fue el destino, que en ese momento se portó bien, u otra cosa más realista; el hecho es que me senté a la sombra de un árbol de esa Facultad para anotar ese acontecimiento. Encontré tanta paz ahí que preferí quedarme a ver la gente pasar.

Algo que siempre fue una característica mía, es el tener muy buena memoria para cosas completamente inútiles, por eso me acuerdo de la gente que pasaba ese día: un joven de unos 21 con un bigote muy finito, una chica de aproximadamente 18 con un short de jean muy sexy que le marcaba los atributos, un profesor de traje, sudado, padeciendo el calor de la mañana. Pero a eso de las 9.15 vi a una chica, de un metro setenta y pico, morocha con buenas curvas, con una remera negra que decía ”Arctic Monkeys” en blanco. ¿Vieron esos amores instantáneos que uno va teniendo por la calle, los cuáles no ve nunca más? Ese fue uno, la chica esta además de ser linda, tenía una remera de una de mis bandas de música favoritas. Sé que es muy superficial lo que estoy diciendo, pero siempre estos “amores” son así, total es lo mismo, si mañana vas a ver a otra mujer que te va a producir algo similar.

Cuando volví a clases y les conté a mis amigos de esa chica se rieron, lo cual no me molestó ya que siempre me pasaban cosas así, entonces se convertía unan en pequeñas anécdotas de humor del día. Ni siquiera yo creía que esa persona iba a ser alguien importante para mí en un futuro.

Durante el cursado de ese día no me podía quitar de la mente la imagen de la chica, mientras el profesor hablaba, cada tanto yo cerraba los ojos y la recordaba, pero en mi mente caminaba en cámara lenta, con el viento de frente mientras se acercaba hacia mí, y de fondo sonando una canción de la banda de su remera. Quién se iba a imaginar que esa canción que se me cruzó por la cabeza hace 40 años iba a tener la letra perfecta para hoy en día. Sobre el final ésta dice algo como “cuando esté en pantuflas y con una pipa, en mi silla mecedora (…) habré encontrado una mejor forma de pretender que solo fuiste una amante más”. Hoy mirando hacia atrás, me doy cuenta de que ese punto concuerda perfectamente; hoy, todavía estoy buscando esa forma para verla como una amante más, y espero que en unos diez o veinte años, haya encontrado el método.

Como pueden ver sobre pienso mucho todas las situaciones de mi vida y uso demasiado mi imaginación. Esto a veces me trae problemas, de joven, en esa época, tenía siempre insomnio por ponerme a pensar e imaginar momentos ideales con chicas que nunca pude conseguir. ¿A quién no le ha pasado? Bueno, mi problema era que esto ocurrió durante 5 años. Ahora no recuerdo nombres, pero solía enamorarme por períodos, por ejemplo de enero a mayo me gustaba una mujer, de julio a octubre otra, y así siempre había alguna chica en mi mente que me robaba el sueño a la madrugada.

Ese 22 de octubre cuando llegué a mi casa me senté a almorzar viendo televisión como siempre, pero mi cabeza no dejaba de hacerse preguntas sobre la chica de la remera negra: ¿Cómo se llama? ¿Cuántos años tiene? ¿Está soltera? ¿Es una puta? ¿Usaba esa remera sólo por moda o conoce la banda? ¿Es feliz?

Agarré mi anotador y escribí todo eso. El resto del día consistió en pensar en ella y en hipotéticos encuentros que obviamente no iban a suceder. Lo más importante de esa tarde fue que me había decidido volver al otro día al mismo lugar para verla. Fue así como cuando me acosté a dormir, en mi mente diagramé cual iba a ser mi movida. Era pésima, pero para alguien fanático de las comedias románticas como yo, podía ser perfecta: tenía planeado cruzármela “sin querer”, la iba a esperar bajo el mismo árbol y cuando pasara ella, hacía de cuenta de que tenía que caminar para la misma dirección. Luego de unos metros me sonaría el celular con una canción de la banda de su remera. Ahí habían dos posibilidades, ella se daba vuelta, miraba y yo comenzaba a hablarle; o no me prestaba atención y yo entraba en pánico y me iba.

Así fue como me levanté al otro día, después de una noche de mucho insomnio, con la sensación de cosquillas en la panza que uno siente cuando tiene un buen presentimiento. Me bañé, desayuné, y me tomé el colectivo hacia mi facultad, todo con una extraña sonrisa en mi cara.

¿Vieron cuando viajan en colectivo, escuchando música y mirando por la ventana, cómo automáticamente uno se convierte en el gran filósofo de su vida? Durante esos cuarenta minutos todos mis pensamientos sobre ella se mezclaron con ese efecto, pasé de idealizarla como la madre de mis hijos, hasta como una prostituta oculta en la vida cotidiana. Llegué a clases y les dije a mis amigos, entre risas, que iba a buscar al amor de mi vida, y fui hasta el árbol de la otra Facultad.

El corazón me palpitó, las manos me sudaron, los pies me temblaron y la garganta se me cerró, todo junto hasta que se hicieron las 9.15 cuando el mundo pareció detenerse. La multitud comenzó a salir de las aulas, yo buscaba atento, miraba cada remera y cada rostro que pasaba, parecía que estaba por cazar un animal salvaje, era muy raro lo que me estaba pasando. La ansiedad me mataba, me paré para asegurarme de que ella no se me pasara de largo. A los veinte minutos ya no había nadie, me sentía vapuleado y triste, probablemente estaba exagerando pero era como si ya la conociera de toda mi vida y el destino me había dicho que no la vería nunca más.

Volví irritado, llegué a mi curso y me puse a hablar con Claudio, uno de mis amigos:

-Odio mi vida –le dije directamente-

-¿Por qué? No me vengas de nuevo con eso de que el destino te separó de tu amor. Si te enamorás todas las semanas de una nueva es por algo, pensalo al revés, el destino te separa de amores que no importan para que encuentres al verdadero.

-Nunca vi a una chica con esa remera

-La otra vez nunca habías visto a una con las tetas tan perfectas y después te enteraste que era una puta.

-Bueno, tal vez tenés razón. No me voy a rendir con la de la remera negra, pero tampoco me voy a obsesionar con ella.

Me obsesioné. Al rato agarré mi anotador y planifiqué ir todos los días de la semana hasta encontrarla, no me importaba nada más que verla aunque sea una vez más. Allí comenzaron tres días totalmente nefastos, fui miércoles, jueves y viernes y no la pude encontrar en ningún momento. Tenía tanta bronca que arreglé con mis amigos para salir a algún boliche ambos días del fin de semana, para embriagarme y engancharme con mujeres desconocidas y así olvidar a la otra.

Ese viernes cerca de las 23 nos juntamos en lo de un amigo antes de ir al boliche y establecimos una competencia, que obviamente ideó Lucas, el típico hombre que tiene una facilidad espectacular para hacer que las mujeres caigan a sus pies. La competencia era simple, el que tenía éxito con la mayor cantidad de mujeres posibles ganaba. Hoy en día no puedo creer lo que hacíamos, teníamos las hormonas muy alborotadas, éramos medio pelotudos, pero de todas formas es una época que recuerdo con una sonrisa.

Llegamos a la zona del Chateau para entrar en algún boliche, todos estaban excitados por la competencia, menos yo, que en mi interior sólo quería emborracharme para olvidarme de todo. Así comenzaron mis amigos a hablar con todas las mujeres que se les cruzaban por el camino; y tipo dos y media de la madrugada ya estaban casi todos empatados en dos, mientras que yo seguía sentado en la barra, ya con mi cuarto trago en la mano.

Me puse a observar a la gente y vi a dos chicas, Gabriela y Estela. Ellas dos eran las mujeres más lindas que habíamos visto con mi grupo de amigos, y ya con mi mente nublada, decidí que si tenía éxito con ambas esa noche, ganaría yo. Me levanté de la silla, tambaleé por unos segundos y comencé a caminar hacia ellas. No recuerdo que les dije, pero estuvimos hablando los tres por un rato largo mientras mis amigos me envidiaban, sin saber que yo por dentro me sentía un poco desagradable, que había caído un poco bajo. Minutos después Estela se va dejándome a solas con Gabriela, la tomé de la mano, y nos fuimos hacia un sector con menos luz. Ahí comenzamos a besarnos.  Como hombre era una gran victoria, mis amigos pasaban y me felicitaban; pero como persona, me sentía un idiota.

Se dice que las mejores experiencias no se ven, sino que se sienten, por eso cuando besamos con pasión o amor cerramos los ojos. Con Gabriela no me pasaba eso, tenía mis ojos completamente abiertos, veía la gente pasar, era muy incómodo lo que sentía en ese momento.

Hasta que de golpe , tras unos quince minutos, sucedió algo bastante inesperado: la chica de remera negra estaba ahí, en el mismo boliche que yo. Necesitaba acercarme a ella y preguntarle tantas cosas, necesitaba conocer el sonido de su voz, el cual me imaginaba hermoso. Agarré a Gabriela de los hombros, la separé de mi boca y le dije que me tenía que ir.

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Nico Shuga

5 comentarios en “La chica de la remera negra. Introducción – Capítulo 1.

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