La chica de la remera negra. Capítulo 3.

Parte 1

Parte 2

 

Por suerte ese sábado lo pasé entre siestas, recuperando mi cabeza y estómago de la noche anterior, lo que me ayudó a no pensar mucho en la chica de la remera negra. Esa noche nos juntamos con mis amigos a cenar y recordar anécdotas del boliche. Cada quien contaba lo que le sucedió, y se discutía sobre quién había ganado la competencia, que obviamente fue Lucas. Yo tenía dos momentos claves sobre los cuales hablar, los besos con Gabriela y el haber visto a la otra chica. Sin sorprender a nadie, a mis amigos les interesó mas lo primero, querían que les contara si ella era tan apasionada como parecía, si sus tetas eran naturales, si besaba tan bien como aparentaba, y la verdad yo no tenía respuesta a todo eso, primero porque mi memoria estaba borrosa, y segundo porque mi cerebro no se esforzaba en repensar esos hechos, ya que estaban opacados por lo que sucedió luego.

Por supuesto que cuando les dije que lo más importante que me pasó fue haber visto, perseguido y no encontrado a una chica con la cual nunca hablé estallaron de risa. Fabio, el más alcohólico y con más anécdotas del grupo, que suele ser un “filósofo de la vida cotidiana” me dijo:

-Paremos un poco la pelota y pensemos, suponiendo que algún día te encuentres con esta chica ¿Cómo vas a entablar una conversación? ¿De qué vas a hablar?

– No sé, se verá en el momento.

-¿Se verá en el momento? Para vos que sos tan tímido y socialmente incómodo en esas situaciones, no hay forma de que vayas a decir algo coherente ahí.

-Tengo pensado hablarle sobre una banda de música.

-Claro. Osea que te la cruzás y de la nada le decís “¿Conocés esta banda?”. No suena para nada incómodo.

Fabio tenía razón, nadie se pone a hablar con un desconocido de la nada. Y agregó:

-¿Sabés algo más de ella?

-Creo que estudia Ciencias Económicas, la vi en esa facultad una vez.

-¿Y qué hizo que te llamara la atención?

-Primero que era hermosa, y tenía una presencia y personalidad para caminar que hacía que uno si o si tenga que fijarse en ella. Y segundo su remera, de esta banda que tanto de me gusta, Arctic Monkeys.

Ahí Lucas se sumó a la conversación y dijo:

-¿Es una banda inglesa no? Porque anoche una de las amigas de Romi (una chica con la que él había estado) creo que la mencionó. Era de Londres o algo así. Me pareció una pelotuda que se quería hacer la alternativa y no le salía.

Sentí un fuerte escalofríos en la espalda, existía alguna posibilidad de que la pelotuda esa sobre la que Lucas estaba hablando fuera el amor de mi vida. Fuimos a la computadora y entramos al perfil de esa tal Romi, revisamos algunas fotos hasta que en un momento al mismo tiempo dijimos:

-Lucas: “Esa es la boluda” / -Yo: “¡ES ELLA!”

Todos mis amigos se levantaron y fueron a ver el monitor, mientras yo comencé a reír descontroladamente. Fue muy raro, no sabía cómo reaccionar, tenía ganas de salir a la calle a gritar con todas mis fuerzas, tenía ganas de agarrar algún plato y romperlo, tenía que expresarme de alguna forma. Extrañamente se canalizó todo eso en una carcajada. En el momento fue bastante incómodo, pero viéndolo con el tiempo, hoy, entiendo mi reacción, fue la primera vez que tenía una pista certera de quién era ese alguien que cambiaría toda mi vida.

Rachel Moss era su nombre, pensé que era una broma, un nombre de fantasía, un apodo, parecía todo muy poco real. Lucas me confirmó que ese era su nombre, que era inglesa “o algo así”, que de verdad existía. Agarré su brazo y le dije: “tenés que organizar para que nos juntemos con Romi y sus amigas, si o si”. Él me dijo que iban a almorzar juntos el martes, y que le iba a decir que vaya con sus amigas. Y agregó: “te llevo pero con miedo. Te conozco y es muy probable que tengas vergüenza para hablarle, o que comiences a decir cualquier cosa y quedes como un estúpido”.

Lucas tenía razón, por lo que me dispuse durante esos días previos a hacer todo lo contrario a lo que hago antes de un encuentro importante. Me pasé el domingo viendo películas, durmiendo con ayudas de algunas pastillas, y saliendo a hacer ejercicio. Tenía que evitar pensar sobre todos los diálogos hipotéticos que iba a tener para no ponerme nervioso.

El lunes sería un problema, tenía que ir a clases y hacer mis caminatas por el parque, era obvio que iba a ocupar mi cabeza en esos momentos.

Las primeras horas de ese día las pasé bastante bien, entre las charlas con mis compañeros y los prácticos que estábamos haciendo en clases, no tuve mucho tiempo para pensar en el encuentro. Pero cuando emprendí mi recorrido al parque, parecía que todas las canciones que salían de mis auriculares hablaban sobre ella. Mi imaginación me ponía nervioso, me sudaban las manos, me mordía el labio; hasta que llegué a ese árbol donde estuve sentado la primera vez que la vi. Ese lugar me genera una inexplicable paz interior, los árboles radiantes por la primavera, una corriente de viento producida por los edificios que los rodean; todo es perfecto.

Pasaron los minutos, mi alma tenía una tranquilidad comparable con la calma que se siente ante la previa de una gran tormenta. La gente pasaba, un chico en monopatín, un profesor con el traje manchado con el polvo de las tizas, y de repente, ella. Me había olvidado por completo que también fue un lunes a esta hora cuando la vi. Me paré de golpe y comencé a caminar hacia donde estaba ella; no recordaba bien cómo era el plan que había pensado para este momento. Tomé mi celular y programé la alarma para que sonara dentro de un minuto con una canción de la banda de la remera de ella, la cual esta vez no vestía. Ahora tenía una musculosa blanca, no pude apreciar si tenía alguna característica en particular (un nombre, alguna banda, una imagen).

Caminé a una distancia “normal” al lado de ella haciendo de cuenta de que tenía que ir para el mismo lado. Sonó mi celular, dejé la canción por unos segundos para asegurarme de que ella la escuchara; abandoné mi intento de disimular y la miré directamente. No reaccionó, no notó la canción, llevaba ella auriculares, iba escuchando su música en su propio mundo. Al principio no los había notado ya que su pelo los tapaba, pero cuando estuve tan cerca y los vi, me di cuenta de que el intento era en vano.

Entré en pánico, existía la posibilidad de que ella había notado como la miré, y que al otro día cuando almorcemos me reconociera. Comencé a caminar más rápido y doblé en la primera esquina. Volví a la facultad y actué como si nada hubiera sucedido. Ya más relajado, al llegar a mi casa, me dediqué a dormir y a esperar el tan ansiado encuentro.

Finalmente llegó el martes, estuvimos toda la mañana hablando del tema, todos tenían su opinión. Lucas me decía que no me enamore directamente, que la viera como un objeto sexual, eso me iba a ayudar a no ponerme nervioso. Claudio me recomendó que le hablara sobre música, un tema que yo dominaba y que, probablemente, ella también. Después, Fabio me dijo que no tenía que dedicarme a llamar la atención de ella, que solo tenía que desenvolverme normalmente dentro del grupo, así tenía menos posibilidades de arruinar todo.

Caminamos con Lucas desde la facultad hasta un bar en Nueva Córdoba, a eso de las 13.30 nos sentamos en una mesa sobre la vereda. Lo miré y le dije: “Me va a dar un infarto”. En ese momento escuché una voz desde mis espaldas que decía “¡Lucas!”; era Romi, con una chica llamada Sofía, y efectivamente estaba ahí también, vestida de la misma forma que cuando la vi por primera vez, la chica de la remera negra.

Se me puso la mente en blanco y encaré directamente a saludarla a ella. Me paré y le di un beso en el cachete mientras le decía “Hola, soy Tomás” y ella me respondía “Hola, Rachel”.

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Nico Shuga

3 comentarios en “La chica de la remera negra. Capítulo 3.

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