La chica de la remera negra. Capítulo 5.

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Parte 4

Caminaba por el pasillo del edificio, mientras escuchaba de fondo el sonido de la puerta cerrándose. Sentía todo en cámara lenta, sentía todo irreal, como estando en un sueño, como si estuviera anestesiado o drogado. Llegó el ascensor, entré y mientras bajaba me miraba al espejo, y me sonreía a mí mismo.  Suele ser difícil identificar un momento de felicidad plena, en donde nada más importa, en donde sólo la sonrisa basta; pero ahí, en ese ascensor me dí cuenta de que estaba viviendo eso.

Al salir del edificio, todo parecía más precioso, más magnífico, más radiante. La gente estaba alegre, perfectas sonrisas en todos los rostros, la arquitectura de la ciudad era majestuosa, los pequeños detalles en las iglesias, balcones desde los cuales las palomas volaban hacia un cielo despejado, celeste, profundo, impecable. Como decía, todo parecía más precioso, y de debía simplemente a ese beso sobre el cual mi boca no callaba. La idea de que pueda besarme de nuevo estaba clavada en mi mente, que no dejaba de pensar en ese momento. Pero también el hecho de que vendrían más de esos besos me golpeaba fuerte, como cuando al resbalar por las escaleras un escalón te pega en el medio de la espalda, inmovilizándote. La noción de ellos continuando como algo cotidiano, para siempre, me emocionaba y aterrorizaba a niveles desconocidos para mí. Eso, ese miedo y esa alegría, eso era amor; el peso de depender de alguien y, a su vez, el saber que podés confiarle el corazón a esa persona.

Al llegar a mi casa, después de contarles a todos mis amigos lo que había sucedido, solo me acosté y dormí hasta el otro día. La adrenalina me había dejado exhausto. Me levanté a la mañana siguiente para ir a clases, agarré mi teléfono y tenía un mensaje de Rachel, decía que le había gustado conocerme mejor y que cuando quisiera podíamos juntarnos de nuevo a hablar de música. Le respondí que a mí también me había gustado conocerla, y que si quería ese día nos podíamos juntar a almorzar en un bar de la Rondeau. Aceptó y así fue como a las 13.30 nos encontramos en la esquina de Velez Sarsfield e Ilia para ir para allá. Al llegar, la vi parada ahí, con una musculosa gris y un jean, recibiéndome con una sonrisa, y mientras yo iba con intenciones de saludarla con un beso en el cachete, ella lo hizo con uno en la boca; se podía decir que en cierta forma, Rachel equilibraba en la relación mi timidez.

Esa fue la primera de muchas veces que nos juntamos solos. Comenzamos a vernos después de clases todos los días y todas las noches en los fines de semana. Solíamos ir a su departamento, a algún bar, a alguna plaza, hasta en épocas de parciales y finales nos hacíamos un tiempo para encontrarnos. Era simplemente la rutina más hermosa que ambos habíamos tenido; y a las pocas semanas, pasamos a ser oficialmente novios.

Recuerdo una de las primeras tardes en su departamento, en la que su imagen platónica que todavía yo mantenía desapareció, esa tarde noté cuan pequeño era su mundo, como el mío o el de cualquier otro; un mundo alcanzable en cuanto a que era real y no una imaginación, un mundo que me permitía notar cuan real era ella. Ahí me di cuenta de que Rache era mejor que esa imagen platónica que supe tener, porque ella estaba ahí, en la realidad.

Charlamos mucho esa tarde, de nuestras vidas, de nuestros sueños, gustos e historias. Me acuerdo que me contaba que siempre estuvo enamorada de George Harrison, que le gustaría salir de fiesta con Tarantino, que siempre quiso poder escribir como Hemingway, entre otras cosas. Le gustaba que le hablara en diminutivos cada tanto, que le dijera señorita porque le recordaba a escenas románticas de algunos libros, que le susurrara en el oído. Nunca olvidaré esa tarde, porque fue en la que sentí que todo eso duraría para siempre, que jamás terminaría.

Otro día que siempre quedará marcado para mí, es el 23 de diciembre de ese año. Habíamos estado de novios por más de un mes y medio y nunca habíamos tenido una pelea. Ella esa noche viajaba a Mendoza a pasar las fiestas con unos primos de la madre, y regresaría el 6 de enero. El vernos tan seguido había comenzado a gastar la relación un par de días antes, yo era feliz, pero no tanto como al principio, y a ella la notaba con falta de pasión, de brillo, en mi mente, la veía en blanco y negro. Al llegar el momento de su partida me dijo:

 

-Esto va a ser bueno para ambos, estar un poquito alejados unos días. Antes de irme quiero pedirte un favor, durante este tiempo hasta que vuelva no hablemos, por ningún medio.

-¿Qué? ¿Ni siquiera un mensaje para navidad o año nuevo?

-Nada

-No entiendo por qué sos tan drástica. Con el hecho de no vernos alcanza, podemos hablarnos un par de veces, es más deberíamos.

-No, por favor. Quiero esto, repensar todo, te amo demasiado y no quiero dejar de hacerlo, por eso te lo pido.

-No sé como querés que haga esto, no te puedo asegurar que no voy a intentar llamarte.

No abrazamos, nos despedimos y nos dimos un beso, todo parecía carente de sentimientos. Todo parecía muy artificial.

Ella viajó, pasaron los días sin hablarnos. Al principio fue más fácil para mí, pero después comencé a extrañar su voz demasiado y todo se me hizo más difícil. Para la noche de año nuevo no me contuve, la llamé y no me atendió, le mandé un mensaje y no me respondió; no entendía cómo podía ser tan fría. Esa misma noche fuimos a una fiesta en el Jockey con mis amigos, yo por supuesto estaba triste y nostálgico, no quería estar ahí. En cierto momento de la fiesta, Claudio se acercó y me dijo:

-Tengo pésimas noticias, y siendo uno de tus mejores amigos tengo la obligación de mostrarte de que hablo.

-Dale decime, no creo que algo más me pueda molestar hoy.

Agarró su celular me mostró una foto en la que Rachel había sido etiquetada en Mendoza, una foto de ella y otro hombre, abrazados y besándose. Me di vuelta y sin decir nada fui hasta la barra. Como un gran cliché en situaciones así, decidí embriagarme. Tomé y tomé alcohol hasta perder la noción de todo, pero igual no lograba sacarme la imagen de Rachel engañándome. Saqué mi celular y con la valentía del vodka le mandé un mensaje que decía:

“Creí que eras buena, pero estás conchudamente lejos de ser buena. Te creés única para mí, pero sos una más del montón. Vi tu foto, no me hables nunca más. Puta”

 

Comencé a buscar a mis amigos, y mientras lo hacía vía una chica que conocía y que ya mencioné en esta historia, Gabriela. Estaba vestida con un escote que invitaba a pasar a su cuerpo, una calza que ni a las maniquíes les podía quedar más perfecto, y estaba sola y también alcoholizada. Me acerqué, le dije unas palabras al oído mientras ponía mis manos sobre su cintura, y a los pocos minutos comenzamos a besarnos fuertemente. Pasé unas horas con ella ahí, hasta que nos fuimos al departamento de una de sus amigas. En el camino  me comenzó a sonar el celular, lo atendí sin decir una palabra. Era Rachel, llorando y diciendo:

 

-Tomás, perdón, perdón, perdón por todo. Decime que es mentira eso de que soy sólo una más de montón para vos y que no querés que hablemos nunca más.

Con bronca y sin pensarlo le respondí –Justamente eso es verdad, pero si querés te digo una mentira: te amo.

 

 

Portraiture

Nico Shuga

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