La chica de la remera negra. Capítulo 6. Final.

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Parte 5

Los  10 minutos de viaje en ese taxi me los pasé mirando por la ventana, mientras Gabriela me hablaba sobre algo totalmente superficial que no me interesaba. No puedo negarlo, durante ese tiempo alguna que otra lágrima se escapó de mis ojos, de la misma forma que yo quería escapar de ese auto. Llegamos a destino, abrió la puerta del edificio y me dijo sonriendo:

-¿Pasás?

-mientras miraba hacia el suelo y después de un suspiro- No puedo, perdón. No quiero que me malinterpretes pero ¿De qué me serviría el sexo después de una pelea con mi novia? Quizás la olvide por un rato, pero justamente, no quiero olvidarla.  Además, la culpa me consumiría. Perdón.

Y así me fui de ahí, volví a mi casa, tomé algo para el dolor de cabeza que me había causado toda la situación y me acosté a dormir. No quería enfrentar el día siguiente, ya sin haberme levantado de la cama me aquejaba una fuerte resaca, mezclada con bronca, desprecio, culpa, melancolía, soledad y un oscuro amor. Mis amigos me llamaron, todos me dijeron lo mismo. Que la olvide, que un unas semanas voy a estar bien, en mi mejor momento, y sin depender de nadie. Pero ellos no sabían lo que yo sentía, cada sentimiento es único en cada quien, y nadie entendía el mío. Me sentía solo, muy solo. Me dediqué ese y los días siguientes a caminar, escuchando música, encontraba un banquito a la sombra y en mi anotador escribía lo primero que mi corazón decía. Solían ser frases muy depresivas, relacionadas con traición, decepción, odio; decían que no soportaba a la gente en su conjunto, a la sociedad, que me desagradaba el hecho de que sea tan difícil encontrar a alguien con el alma mura, y yo me incluía dentro de esos “impuros”. Fueron tardes difíciles, noches aún peores. No había alguna señal que me guiara.

El 5 de enero, el día en el que Rachel partía de regreso, comencé a extrañarla, a perdonarla, comprendí que suelen ser sus besos el mejor lugar para estar, sus abrazos lo mejor para sentir, y su mirada y sonrisa lo mejor para perderme. Entendí que nunca había sentido nada similar por nadie, que el mes y medio pasado había sido el más  feliz de mi vida, y que no creía que alguna vez nada fuera a igualar toda esa pasión. Llamé a Rachel, me atendió sorprendida y me dijo “perdón”, le respondí que hiciera silencio, que las palabras a veces arruinan todo. Nos quedamos callados por una buena cantidad de segundos, sólo escuchando la respiración del otro; comencé a sonreír, y estoy seguro que ella también. Después agregó:

-Te amo.

-Yo también.

Y cortamos la llamada.

Ahí el sentimiento resurgió, como el primer día, como el día que la vi en la Facultad de Ciencias Económicas como una completa desconocida con la remera negra de Arctic Monkeys; como el día que nos besamos por primera vez y todo era hermoso y me sentía anestesiado, como en un sueño.

Hablamos de nuevo antes de que ella se subiera al colectivo, llegaba a la terminal de Córdoba a las 8am, y quedamos en encontrarnos a las 11, luego de que fuera a la casa de su madre, desarmara los bolsos, se bañara y cambiara. Terminamos la llamada nuevamente diciendo que nos amábamos.

Al llegar el momento, me senté a eso de las 10.55 en una de las mesas en el patio de comidas. Las ganas de abrazarla me desbordaban, las manos me tiritaban por la ansiedad, estaba insoportablemente nervioso. Se hicieron las once, pasaron hasta las once y veinte, yo no tenía noticias de ella, su celular estaba apagado. Comencé a pensar que Rachel había cambiado de opinión, ahora deseo que hubiera sido solo eso. Doce y veinte sonó mi celular, era Romi. Atendí, ella me habló, comencé a temblar, me faltó el aire para responder algo, corté, y me desplomé sin fuerzas sobre la mesa, como si me hubiesen golpeado con un fierro en la nuca, como si me hubieran arrancado el corazón, el alma. Romi me había llamado para decirme que fue un accidente en el taxi, el auto perdió el control por la lluvia y volcó en la costanera. Rachel ya no estaba más.

Me levanté de la mesa y volví a mi casa, no tuve reacción, entré a mi cuarto y me senté en el piso, apoyado contra la pared, puse mis brazos sobre las rodillas, mi cabeza sobre los brazos y lloré; lloré hasta que los ojos me ardieron, hasta que los dedos de las manos se arrugaron de tanto secar lágrimas de mi rostro, lloré hasta quedarme seco, como al estrujar un trapo hasta el punto que este no gotee más. Lloré hasta dormirme sobre mis propios llantos.

Decidí no ir al velorio ni al entierro, no soportaba la idea de saber que ella estaba ahí sin poder sonreír, abrazar, o amar nunca más, aparte, también prefería guardar como última memoria el “Te amo” que me dijo antes de viajar. Durante los mese siguientes sólo pensé en la posibilidad de volver a verla, de que todo había sido una simple pesadilla de la que despertaría encontrándomela en la peatonal en una mañana soleada.  A veces soñaba que entraba al bar donde almorzamos por primera vez, veía a alguien de espaladas, con la misma contextura física y la misma remera negra, que tanto le gustaba; al decirle Rachel y tocarle el hombro, ella se daba vuelta y no era quien yo esperaba, entonces le pedía perdón por el malentendido y me iba. Muchas noches ese mismo sueño apareció.

Semanas después pude seguir con mi vida habitual, a duras penas. Con los años me terminé recibiendo de arquitecto, y decidí viajar por el mundo buscando una experiencia que me llenara de tanta alegría, pasión y amor como la que tuvimos tuve ese mes y medio con Rachel. Hasta el día de hoy no he conseguido vivir algo similar, pero no pierdo las esperanzas.

Decidí escribir esta corta historia para liberarme, para expresarme y para quien sea que la lea, me entienda, y tal vez, aunque sea en otros niveles, se identifique.

Esta historia, que hasta acá sólo termina en palabras, pero que continúa fuera del texto, fue la de mi único y verdadero amor, de ella, Rachel, la mujer de mi vida.

Tomás Tate

2

Despair In The Departure Lounge (Desesperación en la sala de embarque)

Nico Shuga

2 comentarios en “La chica de la remera negra. Capítulo 6. Final.

  1. Me quedé muda, sin palabras y una que otra lágrima recorre por mis mejillas. Es una de las mejores historias que he leído pero aparte de eso es impresionante lo que te hace sentir al leerla, tanto así que ni por un minuto dispersé mi vista y esas ansías contantes por saber que pasó y en que terminaba…
    También me encanta escribir y el género romántico es mi preferido; y quizás suene inapropiado pero soy fanática de las tragedias románticas. Bueno en fin, solo quería decir que me encantó.

    • Muchas gracias Juli! Me alegra mucho que te haya gustado la historia. Por cierto, no tiene nada de inapropiado que seas fanática de las tragedias románticas, a mí también me encantan jaja.

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