La Vie En Rose

Parte 1

Eran tiempos de guerra allá en Mayo de 1940. Uno al caminar por los bulevares de París sentía en el aire un espesor particular, que delataba que algo sucedería pronto. Los vecinos intrigados, confundidos, elegían no salir a las calles por precaución. En sus rostros se veía esa incomodidad.

Los más viejos ya conocían lo que era estar ahí, en una guerra, habían visto seres queridos morir en batallas, habían aprendido a lidiar con el dolor. Pero los más jóvenes, oh ellos, que habiendo crecido escuchando heroicos relatos, creían que esta era una oportunidad para consagrarse, jamás se imaginaban que la muerte era una posibilidad. En la mente de ellos, su pelotón saltaba sobre montículos de arena, emboscando y atrapando al enemigo con una facilidad solo vista en películas.

Jean era un joven de 22 años, siguió la tradición familiar y se unió a la armada. Él era uno de los tantos que creía que la guerra era un buen momento para ellos. Jean vivía en los suburbios, a 12 casa de Anne, su prometida de 20 años. Ambos habían estado en pareja desde hace 3 primaveras, hasta que en enero pasado él le propuso casamiento, y ella aceptó. Decidieron posponer la boda durante unos meses hasta que el clima europeo se calmara, no deseaban traer un hijo a un mundo tan dañado, además, Jean tendría que irse al campo de batalla en algún momento, y no quería abandonar a Anne y a un probable hijo.

A pesar de todo, eran felices, su relación tenía constantemente el amor y la alegría de los primeros meses, salían a dar largas caminatas por las callecitas del centro, paraban en bistros y tomaban, él, café irlandés con una porción de budín; ella, un té con limón acompañado por unas galletitas glaseadas; deambulaban por los viñedos, se sentaban a ver el atardecer mientras disfrutaban de un picnic. Para ellos el tiempo no pasaba, la guerra no existía, el amor los protegía del resto del mundo, eran simplemente felices.

Cada vez el clima político y social empeoraba, y a pesar de todo ese refugio brindado por el amor, Anne comenzaba a preocuparse porque pronto Jean se marcharía para defender a Francia. Él, por otro lado, estaba ansioso y alegre por ello, su mente solo planteaba un futuro con desfiles por las calles festejando la victoria sobre los alemanes.

A comienzos de abril, en uno de esos tradicionales y hermosos paseos que solían hacer juntos, entraron a una librería a buscar un poco de literatura, esa que tanto disfrutaban. El hombre que atendía lucía nervioso y asustado, estaba escuchando por la radio que las tropas del Eje empezaban a ganar cada vez más territorio y que pronto, llegarían a París. El hombre, canoso y barbudo, que transmitía experiencia y sabiduría, miró a la pareja y les dijo: “Es mejor que comencemos a rezar por los jóvenes que irán a pelear contra estas bestias”. Luego les relató algunas viejas historias de guerra que no tenían tan buen final como los que Jean había escuchado e imaginado. Esa noche, cerca de las 3 am el mismo Jean vio como disparaban a sus compañeros, como estos morían, como algunos otros eran tomados de prisioneros y torturados, durante ese sueño entendió lo que se aproximaba.

Al despertar repentinamente, con sudor en la frente y casi sin aire, se sentó al pie de la cama mientras observaba un retrato de Anne y comenzó a tener miedo, pero no miedo a morir, no no, más bien miedo a no poder vivir con ella. Se imaginaba situaciones en las que él era asesinado o secuestrado y entendía que el dolor de dejar la vida era menor al de dejar a ese amor. Incluso en otra noche similar deseó jamás haberla conocido, haberse enamorado, para así vivir este proceso de manera más sencilla.

Jean optó por no contarle a Anee estos sueños que estaba padeciendo, no quería preocuparla más de lo que ya estaba. Así se dedicó a aprovechar al máximo lo que tal vez serían sus últimos días con ella.

Unos días antes del 10 de mayo, a la casa en los suburbios llegó una carta de la armada, la misma requería con urgencia la presencia de Jean Moreau. Esa misma tarde, él debía enlistarse.

Su madre quien vio la carta primero, rompió en llanto; su padre, siempre serio, tomó la noticia sin sorpresas pero con dolor; su hermano menor, todavía muy pequeño para comprender lo que sucedía, simplemente se acopló a las reacciones de los demás. El joven militar se fundió en un estado de shock, no emitió ninguna palabra y se encerró en su cuarto. Habrá estado media hora mirando fotografías de su familia y de su prometida, tomó una buena bocanada de aire y fue a almorzar con el resto de las personas de la casa. En ese tiempo decidió no decirle a Anne que debía partir, había entendido que ninguno de los dos soportaría una despedida, tal vez, la última de sus vidas; y que así sería más alegre su retorno, y en caso de no hacerlo, menos doloroso.

A las 15 horas tras una emotivo y duro adiós de la familia, Jean emprendió su camino solitario hasta la estación de trenes donde se encontraría con sus futuros compañeros. Monique, su madre, era una noble, alegre, trabajadora y sentimental mujer, que no podía tolerar que Anne no supiera de esto, por ende cruzó las 12 casas y le contó sobre lo sucedido. La joven prometida al enterarse, sintió un frío que le recorrió desde la espalda hasta la punta de los dedos, que la atravesó hasta los huesos; su estómago se retorció mientras su garganta se cerraba y sus ojos liberaban más de una lágrima. Anee abrazó a Monique, luego montó su bicicleta y pedaleó, pedaleó con toda la velocidad que sus péquelas piernas le permitían, pedaleó como nunca antes para llegar a tiempo a la estación de trenes.

Al llegar comenzó a buscar entre la multitud, pero solo encontraba familiares de soldados, gente con sonrisas que mezclaban orgullo y alegría, pero que contrastaban con sus ojos rojos que transmitían tristeza, y sus manos apretadas a tal punto de que las uñas quedarían marcadas en ellas por horas, que demostraban la impotencia que dejan ciertas despedidas. Los hombres que partían a la guerra ya estaban arriba del tren, Anne sabía que era imposible ahora encontrar a Jean, pues tenía que buscar su cara entre todas las ventanas, y él lo más probable, no estaría mirando ya que no tendría por qué hacerlo al no tener a nadie a quién saludar.

Los motores se encendieron y el tren comenzó a moverse lentamente, mientras Anne corría con la pequeña esperanza de ver a Jean al menos en las últimas butacas. Su desesperación se estaba haciendo incontrolable, hasta que de golpe se frenó y dio un corto y fuerte suspiro, al verlo sentado ahí, al final del último vagón, con la cabeza gacha, mirando fotografías. Ella con todo su corazón, gritó el nombre de su prometido. Él la escuchó, levantó su cabeza, abrió los ojos y sonrió casi instantáneamente, como un acto reflejo. Enseguida volvió a bajar la mirada, porque sabía que simplemente no podía verla ahí, solita, eso lo mataba por dentro. Juntó valor, y mirando de reojos le envió un sutil beso de despedida, de esos que nadie más debe haber visto, pero que se sintió, ellos lo sintieron, como un beso que atraviesa el alma, haciendo que nada más en el mundo importe, nada más que solo ese beso de adiós.

 

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Nico Shuga

6 comentarios en “La Vie En Rose

  1. Me matas Shuga… realmente me matas… una historia en Francia, histórica Francia… me dejaste sin palabras, espero ansiosamente los próximos capitulos!!!! Sos muy geniaaaaaaaaaaaaaal!!!!!

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