La Vie En Rose. Parte 2

Parte 1

Jean tras la presentación de sus superiores en el pabellón, se dirigió a dejar su equipaje. Tenía asignada la litera 14, eligió la cama de abajo por el simple hecho de que el vértigo de dormir arriba le afectaría el sueño. Apenas dejó sus bolsos, tomó un papel, un lápiz, y comenzó a redactar una carta para Anne. En la misma le prometió que le escribiría cada vez que pudiera hacerlo, todos los días si tenía la posibilidad, también le dijo que la amaba, mucho, y que no quería que ella estuviera triste ni preocupada, que en un futuro cuando estén jugando con sus nietos, envejeciendo juntos, recordarán esto como una anécdota; que no sería una tragedia para ninguno de los dos.

Mientras escribía, un joven se acercó y le preguntó “¿litera 14?”. Ese joven era Christophe Noel, un hombre honesto, bien rubio, con una tez rojiza como consecuencia de trabajar tantas horas en el campo bajo el sol; genéticamente musculoso, rápido, inteligente, aunque bastante tímido; le gustaba fumar de su pipa una vez al día, al atardecer antes de cenar y luego de haberse quitado la tierra de la ropa. Ese joven se convertiría en el mejor amigo de Jean.

Mientras uno desempacaba y el otro finalizaba la carta, el Coronel ingresó al pabellón y tras un par de fuertes gritos les avisó a los soldados que estén listos de inmediato para una serie de revisiones médicas y un posterior entrenamiento de batalla.

Danielle era una enfermera de 21 años que colaboraba con el médico que controló a Jean y a Christophe. Era morocha, delgada, de corta estatura, de pecho prominente y ojos color avellanas. Estaba allí con su madre, también enfermera, y seguía una tradición de las mujeres de su familia de estar en las guerras ocupándose del cuidado médico. Era graciosa, habladora, con una tonada sureña difícil de la destacaba del resto. Muchos hombres quisieron y querían estar con ella, entre los cuales se encontraba Christophe, quien quedó atónito desde el primer instante en que la vio. No iba a ser sencillo conquistarla, era una mujer reservada, nunca había estado con un hombre, nunca había tenido un novio, nunca se había enamorado de verdad.

A la hora de la cena, Jean y Christophe tuvieron su primera charla profunda, con la cual comenzaron a forjar su amistad. La adrenalina de disparar, la pasión por defender su patria, era común entre ellos, aunque también, y con gran fuerza, compartían en miedo a no regresar, a no volver a ver jamás a sus seres queridos, tal vez ese último sentimiento, estaba más presente en ellos que en los demás soldados. El rubio, a pesar de eso, era un ser muy solidario y para ayudar a Jean, le dijo que no se asuste, que él se encargaría personalmente de llevarlo vivo a su hogar para que se case y tenga el hijo que tanto desea, pero que a cambio, lo dejaría ser el padrino del mismo. Así en cada momento de dolor, miedo, incertidumbre, para motivarlo y tocarle un poco los sentimientos le decía que no se rindiera porque ahí había un padrino esperando tener un ahijado al terminar la guerra.

A la mañana siguiente Anne, que había estado desconcertada, llorando hasta quedarse sin lágrimas, hasta que sus ojos le ardieron, recibió una carta, la primera de muchas que vendrían. Al leerla, con emoción y melancolía, comprendió que ese era su destino, el destino de ambos, y que no podían rendirse ante ese destino, que siempre que al sentir que iba a recaer, tendría la imagen de Jean, protegiéndola, y viceversa. Así, los días se hicieron más soportables para los dos, y durante las noches no había más desvelos causados por la preocupación. Así, entendieron que su tierra prometida, ese lugar donde no hay nada más que sonrisas, era en la mente y corazón de ellos, al saber que se tenían uno al otro, para evitar recaer.

Los días pasaron, él con sus compañeros seguían preparándose para la batalla, ella y las familias parisinas comenzaban a guardar provisiones por precaución, la guerra se acercaba cada vez más, y los alemanes ganaban cada vez más territorio.

Era un 10 de junio de 1940 cuando ya no se tenían el uno al otro para aferrarse. El gobierno francés declaró ciudad abierta a París y la abandonó ante el inminente triunfo alemán. Varios días habían pasado desde la última carta que recibió Anne, y más días aún de la última que leyó Jean; ya no había nadie del otro lado para evitar la recaída, ya ninguno sabía nada del otro, ya solo era cuestión de fe, de esperar que si algún día todo el caos terminara, al volver a casa se encontrarían con una sonrisa, y no con un lamento.

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Nico Shuga

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