La Vie En Rose. Parte 3 – Parte 4 (Final)

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Los seres humanos, casi en su totalidad, suelen hacer pequeñas promesas a diario, pequeñas promesas que no significan mucho, que se esfuman en el aire; pero Jean y Anne no eran de ese tipo, su promesa, en este caso de escribirse la mayor cantidad de veces que la guerra les permitiera, la cumplieron con mucho esfuerzo. El recibir, una mañana de primavera mientras el sol aparece desde muy temprano junto con los pájaros y sus cantos, una carta que confirmara que el otro está ahí, está cumpliendo su palabra, está luchando por cumplirla; les generaba una sensación inigualable de alegría, esperanza y amor.

Las cartas los mantenían vivos, les daban ese empujón para no rendirse y seguir hasta el final sabiendo que alguien más estaba esperando lo mismo en otra ciudad. Pero en algún momento eso acabaría, ambos lo sabían, pero no querían creerlo. El día que la guerra no les permitiera tenerse el uno al otro llegaría pronto.

                “Anne

Te extraño. Durante las noches, mientras se escucha de fondo las explosiones y los disparos a lo lejos, lo único que me calma es ver nuestra fotografía y pensar en esos paseos por los viñedos; el soñar con que pronto todo eso volverá a suceder.

Christophe ya está mejor de su herida, aunque le duele mucho lo disfruta porque Danielle es la encargada de cuidarlo. En teoría mañana se estará reincorporando al pelotón.

Esta noche estaré haciendo guardia, pero no te preocupes, la región es segura aquí, no sucederá nada inesperado. Pronto te volveré a escribir una carta más extensa, ahora tengo poco tiempo ya que estamos inventariando el armamento y casi no hay momentos libres.

Te amo, espero tu respuesta. Dentro de poco volveremos a estar juntos.

Jean”

Esa fue la última carta que pudieron enviarse. La realidad era muy distinta a la que él describía. Chistophe estaba mal herido, pero debido a que eran pocos los que quedaban y podían mantenerse de pie, estaba obligado a batallar de todas formas. Tenían poco alimento, pocas fuerzas, ir a la guardia durante la madrugada era una apuesta casi segura a la muerte. Pero Jean no podía decirle eso a Anne, debía mantenerla con ilusiones de que todo saldría bien, aunque él comprendía que las posibilidades de que su vida terminara esa misma semana eran muy altas.

Con la ciudad liberada, los alemanes tomaron París e impusieron su régimen de dolor y sufrimiento. Confiscaron alimentos y combustibles, los ciudadanos morían de hambre y se preparaban para pronto morir de frío. Para ellos también las posibilidades de supervivencia eran muy bajas. Anne y su familia, al igual que muchos otros, sobrevivían haciendo harinas a partir de tulipanes, con las cuales podían cocinar distintos tipos de galletas y tartas.

Anne había recibido la última carta de Jean días atrás, y desde ese entonces no pudo comunicarse más con él. Estaba devastada, pero no podía dejarse caer suponiendo que su amor se encontraba luchando. Durante esas semanas otro factor hacía que no pudiera rendirse, ella estaba embarazada. Todo había sucedido muy rápido desde aquella última vez que estuvo con Jean antes de su partida, hasta descubrir el embarazo, estaba en shock, y además por ahora, debía evitar que su familia lo descubriera, por ello se guardó la noticia para ella misma hasta que sea imposible ocultarlo. Con un hijo en camino, un amor que capaz no volvería a ver, y un mundo devastado; Anne por las noches solía acostarse insultando su destino, llorando hasta dormirse. Tal vez su sonrisa brillaría con Jean a su lado, o por lo menos con el saber cómo se encuentra, pero no era así, y cada día se le complicaba más ver a través de sus ojos el mundo como lo veía antes, cada día se hacían más duras y profundas, esas lastimaduras de las cartas de amor jamás enviadas.

Parte 4

El invierno se acercaba, junto con él las temperaturas bajo cero y el temor de saber que debido a que los alemanes habían usurpado los combustibles, la gente moriría de frío en las calles. El embarazo de Anne ya era imposible de ocultar, su familia estaba, más que enojada, preocupada por cómo harían para que un recién nacido sobreviviera a tal contexto. Por las noches ingresaban a las casas de los vecinos, y robaban un poco de leche, pan, y alguna que otra frazada. No estaban orgullosos de ello, pero entendía que era la única posibilidad para proteger a Anne y al bebé.

Los días pasaban, semanas, meses, y no llegaban noticias de Jean, lo único que se sabía era que las tierras en las que se encontraba con el resto de sus compañeros ya habían sido arrasadas por los alemanes. Anne no podía creer en la posibilidad más segura, de que él había muerto, simplemente no podía; pero por alguna extraña razón, su corazón ya no latía de la misma forma al mirar sus fotos juntos. Inconscientemente tal vez, su cuerpo intentaba olvidarlo, de a poco iba fingiendo que no fue importante para su vida; de la misma forma en la que solemos proceder para superar a un amor no correspondido; tratando de menospreciarlo, haciendo de cuenta de que “todo pasa (o no pasa) por algo”. Pero sabemos que no es así, que el ser humano muchas veces encuentra como única solución mentirse a sí mismo, consciente de ello o no, para poder seguir adelante, disimulando salir ileso mientras esconde el polvo bajo la alfombra. Anne estaba pasando por eso.

Finalmente el momento en el que aceptó y se dio cuenta de que era casi seguro de que Jean estuviera muerto llegó. Segundos después del parto; precario, realizado por la madre; comprendió que no había un padre para su hijo, pero si había una vida humana que dependía de ella. Al verle los pequeños pies, los deditos moviéndose de Charles, (como habían soñando nombrarlo con Jean) fue más fuerte que nunca en su vida, se sintió imbatible, al tener a su hijo en sus brazos, sintió esa fuerza para seguir adelante que solo te puede dar la vida de otra persona, la misma fuerza que le daba Jean con sus cartas.

Fue difícil,  como para todos en esa época, la guerra creció hasta proporciones nunca antes vistas, y luego de a poco se fue acabando, de a poco se fue terminando el camino de la destrucción, y fue naciendo el de la reconstrucción. Hubieron unos momentos peores que otros, como asimilar lo sucedido con Jean, también, durante una madrugada un grupo de oficiales nazis haciendo un control se llevó y mató al padre de Anne al resistirse a entregar los alimentos que tenían. Pero a pesar de todo eso, pudieron salir adelante, con las esperanzas rotas pero con mucho coraje. Tanto resistir rindió sus frutos para Anne, que ahora podía sentarse en la puerta de su casa a ver jugar alegremente en la vereda al pequeño Charles.

Un día la puerta sonó aproximadamente a las tres de la tarde, nadie esperaba visitas, pero si esa visita esperaba a alguien. Charles corrió y abrió la puerta, del otro lado, un hombre barbudo, con varias cicatrices y la ropa un tanto vieja; también unos pasos más atrás, una joven pareja; él, bien rubio y con un par de muletas, ella, una refinada mujer vestida de blanco como una enfermera.

El hombre se dejó caer sobre sus rodillas, casi incrédulo miró a Charles, lo abrazó, y rompió en llanto. Él, era Jean, había sobrevivido con Christophe y Danielle; habían logrado huir a tiempo y se refugiaron como civiles en una zona asilada de Holanda. Anne se acercó a la puerta, y cuando lo vio sintió un alivio en su cuerpo incomparable, se sintió tan en paz como en un sueño, sintió el mundo detenerse, nada más importaba que ellos en ese momento. También comenzó a llorar y se sumó al abrazo.

Después de tanto tiempo, después de tanta lucha, tal como se prometieron, Anne y Jean, terminaron juntos.

Fin

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Nico Shuga

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