El sicario

El sicario se sienta en la mesa de la esquina derecha del café. Se pide un espresso doble, oscuro, como sus entrañas. Las aguas de los relojes bailan relajadas sin saber de qué son cómplices.

La mujer, el blanco, sentada en la primer mesa al entrar, termina su segunda medialuna mientras mira reposando todavía medio vaso de licuado.

Disimula el sicario, actúa que lee un libro mientras cuenta los segundos y observa la espalda de la víctima. Dientes apretados, puños cerrados. Su cerebro proyecta imágenes, esperando encontrar la adecuada.

Ella termina la bebida, deja el dinero sobre la mesa y se marcha. Por detrás, él.

En la esquina se encuentran, de su boca se escapa el nombre de la muchacha mientras su mano se desliza por el hombro de aquella despistada, haciendo que la piel se erice. Ella al voltear lo reconoce, prácticamente puede sentir su sangre recorrer todo espacio de su cuerpo, siente como la mente se ablanda y petrifica, entra en huelga, no emite orden de reacción. Su corazón, desconocedor e inocente es acorralado.

El sicario logra su cometido en el encuentro, su sola presencia le trae recuerdos indestructibles a la víctima. Ella, se ha vuelto a enamorar, ella, ha perdido la batalla, ella, ha muerto.

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