La Vie En Rose. Parte 3 – Parte 4 (Final)


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Los seres humanos, casi en su totalidad, suelen hacer pequeñas promesas a diario, pequeñas promesas que no significan mucho, que se esfuman en el aire; pero Jean y Anne no eran de ese tipo, su promesa, en este caso de escribirse la mayor cantidad de veces que la guerra les permitiera, la cumplieron con mucho esfuerzo. El recibir, una mañana de primavera mientras el sol aparece desde muy temprano junto con los pájaros y sus cantos, una carta que confirmara que el otro está ahí, está cumpliendo su palabra, está luchando por cumplirla; les generaba una sensación inigualable de alegría, esperanza y amor.

Las cartas los mantenían vivos, les daban ese empujón para no rendirse y seguir hasta el final sabiendo que alguien más estaba esperando lo mismo en otra ciudad. Pero en algún momento eso acabaría, ambos lo sabían, pero no querían creerlo. El día que la guerra no les permitiera tenerse el uno al otro llegaría pronto.

                “Anne

Te extraño. Durante las noches, mientras se escucha de fondo las explosiones y los disparos a lo lejos, lo único que me calma es ver nuestra fotografía y pensar en esos paseos por los viñedos; el soñar con que pronto todo eso volverá a suceder.

Christophe ya está mejor de su herida, aunque le duele mucho lo disfruta porque Danielle es la encargada de cuidarlo. En teoría mañana se estará reincorporando al pelotón.

Esta noche estaré haciendo guardia, pero no te preocupes, la región es segura aquí, no sucederá nada inesperado. Pronto te volveré a escribir una carta más extensa, ahora tengo poco tiempo ya que estamos inventariando el armamento y casi no hay momentos libres.

Te amo, espero tu respuesta. Dentro de poco volveremos a estar juntos.

Jean”

Esa fue la última carta que pudieron enviarse. La realidad era muy distinta a la que él describía. Chistophe estaba mal herido, pero debido a que eran pocos los que quedaban y podían mantenerse de pie, estaba obligado a batallar de todas formas. Tenían poco alimento, pocas fuerzas, ir a la guardia durante la madrugada era una apuesta casi segura a la muerte. Pero Jean no podía decirle eso a Anne, debía mantenerla con ilusiones de que todo saldría bien, aunque él comprendía que las posibilidades de que su vida terminara esa misma semana eran muy altas.

Con la ciudad liberada, los alemanes tomaron París e impusieron su régimen de dolor y sufrimiento. Confiscaron alimentos y combustibles, los ciudadanos morían de hambre y se preparaban para pronto morir de frío. Para ellos también las posibilidades de supervivencia eran muy bajas. Anne y su familia, al igual que muchos otros, sobrevivían haciendo harinas a partir de tulipanes, con las cuales podían cocinar distintos tipos de galletas y tartas.

Anne había recibido la última carta de Jean días atrás, y desde ese entonces no pudo comunicarse más con él. Estaba devastada, pero no podía dejarse caer suponiendo que su amor se encontraba luchando. Durante esas semanas otro factor hacía que no pudiera rendirse, ella estaba embarazada. Todo había sucedido muy rápido desde aquella última vez que estuvo con Jean antes de su partida, hasta descubrir el embarazo, estaba en shock, y además por ahora, debía evitar que su familia lo descubriera, por ello se guardó la noticia para ella misma hasta que sea imposible ocultarlo. Con un hijo en camino, un amor que capaz no volvería a ver, y un mundo devastado; Anne por las noches solía acostarse insultando su destino, llorando hasta dormirse. Tal vez su sonrisa brillaría con Jean a su lado, o por lo menos con el saber cómo se encuentra, pero no era así, y cada día se le complicaba más ver a través de sus ojos el mundo como lo veía antes, cada día se hacían más duras y profundas, esas lastimaduras de las cartas de amor jamás enviadas.

Parte 4

El invierno se acercaba, junto con él las temperaturas bajo cero y el temor de saber que debido a que los alemanes habían usurpado los combustibles, la gente moriría de frío en las calles. El embarazo de Anne ya era imposible de ocultar, su familia estaba, más que enojada, preocupada por cómo harían para que un recién nacido sobreviviera a tal contexto. Por las noches ingresaban a las casas de los vecinos, y robaban un poco de leche, pan, y alguna que otra frazada. No estaban orgullosos de ello, pero entendía que era la única posibilidad para proteger a Anne y al bebé.

Los días pasaban, semanas, meses, y no llegaban noticias de Jean, lo único que se sabía era que las tierras en las que se encontraba con el resto de sus compañeros ya habían sido arrasadas por los alemanes. Anne no podía creer en la posibilidad más segura, de que él había muerto, simplemente no podía; pero por alguna extraña razón, su corazón ya no latía de la misma forma al mirar sus fotos juntos. Inconscientemente tal vez, su cuerpo intentaba olvidarlo, de a poco iba fingiendo que no fue importante para su vida; de la misma forma en la que solemos proceder para superar a un amor no correspondido; tratando de menospreciarlo, haciendo de cuenta de que “todo pasa (o no pasa) por algo”. Pero sabemos que no es así, que el ser humano muchas veces encuentra como única solución mentirse a sí mismo, consciente de ello o no, para poder seguir adelante, disimulando salir ileso mientras esconde el polvo bajo la alfombra. Anne estaba pasando por eso.

Finalmente el momento en el que aceptó y se dio cuenta de que era casi seguro de que Jean estuviera muerto llegó. Segundos después del parto; precario, realizado por la madre; comprendió que no había un padre para su hijo, pero si había una vida humana que dependía de ella. Al verle los pequeños pies, los deditos moviéndose de Charles, (como habían soñando nombrarlo con Jean) fue más fuerte que nunca en su vida, se sintió imbatible, al tener a su hijo en sus brazos, sintió esa fuerza para seguir adelante que solo te puede dar la vida de otra persona, la misma fuerza que le daba Jean con sus cartas.

Fue difícil,  como para todos en esa época, la guerra creció hasta proporciones nunca antes vistas, y luego de a poco se fue acabando, de a poco se fue terminando el camino de la destrucción, y fue naciendo el de la reconstrucción. Hubieron unos momentos peores que otros, como asimilar lo sucedido con Jean, también, durante una madrugada un grupo de oficiales nazis haciendo un control se llevó y mató al padre de Anne al resistirse a entregar los alimentos que tenían. Pero a pesar de todo eso, pudieron salir adelante, con las esperanzas rotas pero con mucho coraje. Tanto resistir rindió sus frutos para Anne, que ahora podía sentarse en la puerta de su casa a ver jugar alegremente en la vereda al pequeño Charles.

Un día la puerta sonó aproximadamente a las tres de la tarde, nadie esperaba visitas, pero si esa visita esperaba a alguien. Charles corrió y abrió la puerta, del otro lado, un hombre barbudo, con varias cicatrices y la ropa un tanto vieja; también unos pasos más atrás, una joven pareja; él, bien rubio y con un par de muletas, ella, una refinada mujer vestida de blanco como una enfermera.

El hombre se dejó caer sobre sus rodillas, casi incrédulo miró a Charles, lo abrazó, y rompió en llanto. Él, era Jean, había sobrevivido con Christophe y Danielle; habían logrado huir a tiempo y se refugiaron como civiles en una zona asilada de Holanda. Anne se acercó a la puerta, y cuando lo vio sintió un alivio en su cuerpo incomparable, se sintió tan en paz como en un sueño, sintió el mundo detenerse, nada más importaba que ellos en ese momento. También comenzó a llorar y se sumó al abrazo.

Después de tanto tiempo, después de tanta lucha, tal como se prometieron, Anne y Jean, terminaron juntos.

Fin

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Nico Shuga

La Vie En Rose. Parte 2


Parte 1

Jean tras la presentación de sus superiores en el pabellón, se dirigió a dejar su equipaje. Tenía asignada la litera 14, eligió la cama de abajo por el simple hecho de que el vértigo de dormir arriba le afectaría el sueño. Apenas dejó sus bolsos, tomó un papel, un lápiz, y comenzó a redactar una carta para Anne. En la misma le prometió que le escribiría cada vez que pudiera hacerlo, todos los días si tenía la posibilidad, también le dijo que la amaba, mucho, y que no quería que ella estuviera triste ni preocupada, que en un futuro cuando estén jugando con sus nietos, envejeciendo juntos, recordarán esto como una anécdota; que no sería una tragedia para ninguno de los dos.

Mientras escribía, un joven se acercó y le preguntó “¿litera 14?”. Ese joven era Christophe Noel, un hombre honesto, bien rubio, con una tez rojiza como consecuencia de trabajar tantas horas en el campo bajo el sol; genéticamente musculoso, rápido, inteligente, aunque bastante tímido; le gustaba fumar de su pipa una vez al día, al atardecer antes de cenar y luego de haberse quitado la tierra de la ropa. Ese joven se convertiría en el mejor amigo de Jean.

Mientras uno desempacaba y el otro finalizaba la carta, el Coronel ingresó al pabellón y tras un par de fuertes gritos les avisó a los soldados que estén listos de inmediato para una serie de revisiones médicas y un posterior entrenamiento de batalla.

Danielle era una enfermera de 21 años que colaboraba con el médico que controló a Jean y a Christophe. Era morocha, delgada, de corta estatura, de pecho prominente y ojos color avellanas. Estaba allí con su madre, también enfermera, y seguía una tradición de las mujeres de su familia de estar en las guerras ocupándose del cuidado médico. Era graciosa, habladora, con una tonada sureña difícil de la destacaba del resto. Muchos hombres quisieron y querían estar con ella, entre los cuales se encontraba Christophe, quien quedó atónito desde el primer instante en que la vio. No iba a ser sencillo conquistarla, era una mujer reservada, nunca había estado con un hombre, nunca había tenido un novio, nunca se había enamorado de verdad.

A la hora de la cena, Jean y Christophe tuvieron su primera charla profunda, con la cual comenzaron a forjar su amistad. La adrenalina de disparar, la pasión por defender su patria, era común entre ellos, aunque también, y con gran fuerza, compartían en miedo a no regresar, a no volver a ver jamás a sus seres queridos, tal vez ese último sentimiento, estaba más presente en ellos que en los demás soldados. El rubio, a pesar de eso, era un ser muy solidario y para ayudar a Jean, le dijo que no se asuste, que él se encargaría personalmente de llevarlo vivo a su hogar para que se case y tenga el hijo que tanto desea, pero que a cambio, lo dejaría ser el padrino del mismo. Así en cada momento de dolor, miedo, incertidumbre, para motivarlo y tocarle un poco los sentimientos le decía que no se rindiera porque ahí había un padrino esperando tener un ahijado al terminar la guerra.

A la mañana siguiente Anne, que había estado desconcertada, llorando hasta quedarse sin lágrimas, hasta que sus ojos le ardieron, recibió una carta, la primera de muchas que vendrían. Al leerla, con emoción y melancolía, comprendió que ese era su destino, el destino de ambos, y que no podían rendirse ante ese destino, que siempre que al sentir que iba a recaer, tendría la imagen de Jean, protegiéndola, y viceversa. Así, los días se hicieron más soportables para los dos, y durante las noches no había más desvelos causados por la preocupación. Así, entendieron que su tierra prometida, ese lugar donde no hay nada más que sonrisas, era en la mente y corazón de ellos, al saber que se tenían uno al otro, para evitar recaer.

Los días pasaron, él con sus compañeros seguían preparándose para la batalla, ella y las familias parisinas comenzaban a guardar provisiones por precaución, la guerra se acercaba cada vez más, y los alemanes ganaban cada vez más territorio.

Era un 10 de junio de 1940 cuando ya no se tenían el uno al otro para aferrarse. El gobierno francés declaró ciudad abierta a París y la abandonó ante el inminente triunfo alemán. Varios días habían pasado desde la última carta que recibió Anne, y más días aún de la última que leyó Jean; ya no había nadie del otro lado para evitar la recaída, ya ninguno sabía nada del otro, ya solo era cuestión de fe, de esperar que si algún día todo el caos terminara, al volver a casa se encontrarían con una sonrisa, y no con un lamento.

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Nico Shuga

La Vie En Rose


Parte 1

Eran tiempos de guerra allá en Mayo de 1940. Uno al caminar por los bulevares de París sentía en el aire un espesor particular, que delataba que algo sucedería pronto. Los vecinos intrigados, confundidos, elegían no salir a las calles por precaución. En sus rostros se veía esa incomodidad.

Los más viejos ya conocían lo que era estar ahí, en una guerra, habían visto seres queridos morir en batallas, habían aprendido a lidiar con el dolor. Pero los más jóvenes, oh ellos, que habiendo crecido escuchando heroicos relatos, creían que esta era una oportunidad para consagrarse, jamás se imaginaban que la muerte era una posibilidad. En la mente de ellos, su pelotón saltaba sobre montículos de arena, emboscando y atrapando al enemigo con una facilidad solo vista en películas.

Jean era un joven de 22 años, siguió la tradición familiar y se unió a la armada. Él era uno de los tantos que creía que la guerra era un buen momento para ellos. Jean vivía en los suburbios, a 12 casa de Anne, su prometida de 20 años. Ambos habían estado en pareja desde hace 3 primaveras, hasta que en enero pasado él le propuso casamiento, y ella aceptó. Decidieron posponer la boda durante unos meses hasta que el clima europeo se calmara, no deseaban traer un hijo a un mundo tan dañado, además, Jean tendría que irse al campo de batalla en algún momento, y no quería abandonar a Anne y a un probable hijo.

A pesar de todo, eran felices, su relación tenía constantemente el amor y la alegría de los primeros meses, salían a dar largas caminatas por las callecitas del centro, paraban en bistros y tomaban, él, café irlandés con una porción de budín; ella, un té con limón acompañado por unas galletitas glaseadas; deambulaban por los viñedos, se sentaban a ver el atardecer mientras disfrutaban de un picnic. Para ellos el tiempo no pasaba, la guerra no existía, el amor los protegía del resto del mundo, eran simplemente felices.

Cada vez el clima político y social empeoraba, y a pesar de todo ese refugio brindado por el amor, Anne comenzaba a preocuparse porque pronto Jean se marcharía para defender a Francia. Él, por otro lado, estaba ansioso y alegre por ello, su mente solo planteaba un futuro con desfiles por las calles festejando la victoria sobre los alemanes.

A comienzos de abril, en uno de esos tradicionales y hermosos paseos que solían hacer juntos, entraron a una librería a buscar un poco de literatura, esa que tanto disfrutaban. El hombre que atendía lucía nervioso y asustado, estaba escuchando por la radio que las tropas del Eje empezaban a ganar cada vez más territorio y que pronto, llegarían a París. El hombre, canoso y barbudo, que transmitía experiencia y sabiduría, miró a la pareja y les dijo: “Es mejor que comencemos a rezar por los jóvenes que irán a pelear contra estas bestias”. Luego les relató algunas viejas historias de guerra que no tenían tan buen final como los que Jean había escuchado e imaginado. Esa noche, cerca de las 3 am el mismo Jean vio como disparaban a sus compañeros, como estos morían, como algunos otros eran tomados de prisioneros y torturados, durante ese sueño entendió lo que se aproximaba.

Al despertar repentinamente, con sudor en la frente y casi sin aire, se sentó al pie de la cama mientras observaba un retrato de Anne y comenzó a tener miedo, pero no miedo a morir, no no, más bien miedo a no poder vivir con ella. Se imaginaba situaciones en las que él era asesinado o secuestrado y entendía que el dolor de dejar la vida era menor al de dejar a ese amor. Incluso en otra noche similar deseó jamás haberla conocido, haberse enamorado, para así vivir este proceso de manera más sencilla.

Jean optó por no contarle a Anee estos sueños que estaba padeciendo, no quería preocuparla más de lo que ya estaba. Así se dedicó a aprovechar al máximo lo que tal vez serían sus últimos días con ella.

Unos días antes del 10 de mayo, a la casa en los suburbios llegó una carta de la armada, la misma requería con urgencia la presencia de Jean Moreau. Esa misma tarde, él debía enlistarse.

Su madre quien vio la carta primero, rompió en llanto; su padre, siempre serio, tomó la noticia sin sorpresas pero con dolor; su hermano menor, todavía muy pequeño para comprender lo que sucedía, simplemente se acopló a las reacciones de los demás. El joven militar se fundió en un estado de shock, no emitió ninguna palabra y se encerró en su cuarto. Habrá estado media hora mirando fotografías de su familia y de su prometida, tomó una buena bocanada de aire y fue a almorzar con el resto de las personas de la casa. En ese tiempo decidió no decirle a Anne que debía partir, había entendido que ninguno de los dos soportaría una despedida, tal vez, la última de sus vidas; y que así sería más alegre su retorno, y en caso de no hacerlo, menos doloroso.

A las 15 horas tras una emotivo y duro adiós de la familia, Jean emprendió su camino solitario hasta la estación de trenes donde se encontraría con sus futuros compañeros. Monique, su madre, era una noble, alegre, trabajadora y sentimental mujer, que no podía tolerar que Anne no supiera de esto, por ende cruzó las 12 casas y le contó sobre lo sucedido. La joven prometida al enterarse, sintió un frío que le recorrió desde la espalda hasta la punta de los dedos, que la atravesó hasta los huesos; su estómago se retorció mientras su garganta se cerraba y sus ojos liberaban más de una lágrima. Anee abrazó a Monique, luego montó su bicicleta y pedaleó, pedaleó con toda la velocidad que sus péquelas piernas le permitían, pedaleó como nunca antes para llegar a tiempo a la estación de trenes.

Al llegar comenzó a buscar entre la multitud, pero solo encontraba familiares de soldados, gente con sonrisas que mezclaban orgullo y alegría, pero que contrastaban con sus ojos rojos que transmitían tristeza, y sus manos apretadas a tal punto de que las uñas quedarían marcadas en ellas por horas, que demostraban la impotencia que dejan ciertas despedidas. Los hombres que partían a la guerra ya estaban arriba del tren, Anne sabía que era imposible ahora encontrar a Jean, pues tenía que buscar su cara entre todas las ventanas, y él lo más probable, no estaría mirando ya que no tendría por qué hacerlo al no tener a nadie a quién saludar.

Los motores se encendieron y el tren comenzó a moverse lentamente, mientras Anne corría con la pequeña esperanza de ver a Jean al menos en las últimas butacas. Su desesperación se estaba haciendo incontrolable, hasta que de golpe se frenó y dio un corto y fuerte suspiro, al verlo sentado ahí, al final del último vagón, con la cabeza gacha, mirando fotografías. Ella con todo su corazón, gritó el nombre de su prometido. Él la escuchó, levantó su cabeza, abrió los ojos y sonrió casi instantáneamente, como un acto reflejo. Enseguida volvió a bajar la mirada, porque sabía que simplemente no podía verla ahí, solita, eso lo mataba por dentro. Juntó valor, y mirando de reojos le envió un sutil beso de despedida, de esos que nadie más debe haber visto, pero que se sintió, ellos lo sintieron, como un beso que atraviesa el alma, haciendo que nada más en el mundo importe, nada más que solo ese beso de adiós.

 

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Nico Shuga

La chica de la remera negra. Capítulo 6. Final.


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Los  10 minutos de viaje en ese taxi me los pasé mirando por la ventana, mientras Gabriela me hablaba sobre algo totalmente superficial que no me interesaba. No puedo negarlo, durante ese tiempo alguna que otra lágrima se escapó de mis ojos, de la misma forma que yo quería escapar de ese auto. Llegamos a destino, abrió la puerta del edificio y me dijo sonriendo:

-¿Pasás?

-mientras miraba hacia el suelo y después de un suspiro- No puedo, perdón. No quiero que me malinterpretes pero ¿De qué me serviría el sexo después de una pelea con mi novia? Quizás la olvide por un rato, pero justamente, no quiero olvidarla.  Además, la culpa me consumiría. Perdón.

Y así me fui de ahí, volví a mi casa, tomé algo para el dolor de cabeza que me había causado toda la situación y me acosté a dormir. No quería enfrentar el día siguiente, ya sin haberme levantado de la cama me aquejaba una fuerte resaca, mezclada con bronca, desprecio, culpa, melancolía, soledad y un oscuro amor. Mis amigos me llamaron, todos me dijeron lo mismo. Que la olvide, que un unas semanas voy a estar bien, en mi mejor momento, y sin depender de nadie. Pero ellos no sabían lo que yo sentía, cada sentimiento es único en cada quien, y nadie entendía el mío. Me sentía solo, muy solo. Me dediqué ese y los días siguientes a caminar, escuchando música, encontraba un banquito a la sombra y en mi anotador escribía lo primero que mi corazón decía. Solían ser frases muy depresivas, relacionadas con traición, decepción, odio; decían que no soportaba a la gente en su conjunto, a la sociedad, que me desagradaba el hecho de que sea tan difícil encontrar a alguien con el alma mura, y yo me incluía dentro de esos “impuros”. Fueron tardes difíciles, noches aún peores. No había alguna señal que me guiara.

El 5 de enero, el día en el que Rachel partía de regreso, comencé a extrañarla, a perdonarla, comprendí que suelen ser sus besos el mejor lugar para estar, sus abrazos lo mejor para sentir, y su mirada y sonrisa lo mejor para perderme. Entendí que nunca había sentido nada similar por nadie, que el mes y medio pasado había sido el más  feliz de mi vida, y que no creía que alguna vez nada fuera a igualar toda esa pasión. Llamé a Rachel, me atendió sorprendida y me dijo “perdón”, le respondí que hiciera silencio, que las palabras a veces arruinan todo. Nos quedamos callados por una buena cantidad de segundos, sólo escuchando la respiración del otro; comencé a sonreír, y estoy seguro que ella también. Después agregó:

-Te amo.

-Yo también.

Y cortamos la llamada.

Ahí el sentimiento resurgió, como el primer día, como el día que la vi en la Facultad de Ciencias Económicas como una completa desconocida con la remera negra de Arctic Monkeys; como el día que nos besamos por primera vez y todo era hermoso y me sentía anestesiado, como en un sueño.

Hablamos de nuevo antes de que ella se subiera al colectivo, llegaba a la terminal de Córdoba a las 8am, y quedamos en encontrarnos a las 11, luego de que fuera a la casa de su madre, desarmara los bolsos, se bañara y cambiara. Terminamos la llamada nuevamente diciendo que nos amábamos.

Al llegar el momento, me senté a eso de las 10.55 en una de las mesas en el patio de comidas. Las ganas de abrazarla me desbordaban, las manos me tiritaban por la ansiedad, estaba insoportablemente nervioso. Se hicieron las once, pasaron hasta las once y veinte, yo no tenía noticias de ella, su celular estaba apagado. Comencé a pensar que Rachel había cambiado de opinión, ahora deseo que hubiera sido solo eso. Doce y veinte sonó mi celular, era Romi. Atendí, ella me habló, comencé a temblar, me faltó el aire para responder algo, corté, y me desplomé sin fuerzas sobre la mesa, como si me hubiesen golpeado con un fierro en la nuca, como si me hubieran arrancado el corazón, el alma. Romi me había llamado para decirme que fue un accidente en el taxi, el auto perdió el control por la lluvia y volcó en la costanera. Rachel ya no estaba más.

Me levanté de la mesa y volví a mi casa, no tuve reacción, entré a mi cuarto y me senté en el piso, apoyado contra la pared, puse mis brazos sobre las rodillas, mi cabeza sobre los brazos y lloré; lloré hasta que los ojos me ardieron, hasta que los dedos de las manos se arrugaron de tanto secar lágrimas de mi rostro, lloré hasta quedarme seco, como al estrujar un trapo hasta el punto que este no gotee más. Lloré hasta dormirme sobre mis propios llantos.

Decidí no ir al velorio ni al entierro, no soportaba la idea de saber que ella estaba ahí sin poder sonreír, abrazar, o amar nunca más, aparte, también prefería guardar como última memoria el “Te amo” que me dijo antes de viajar. Durante los mese siguientes sólo pensé en la posibilidad de volver a verla, de que todo había sido una simple pesadilla de la que despertaría encontrándomela en la peatonal en una mañana soleada.  A veces soñaba que entraba al bar donde almorzamos por primera vez, veía a alguien de espaladas, con la misma contextura física y la misma remera negra, que tanto le gustaba; al decirle Rachel y tocarle el hombro, ella se daba vuelta y no era quien yo esperaba, entonces le pedía perdón por el malentendido y me iba. Muchas noches ese mismo sueño apareció.

Semanas después pude seguir con mi vida habitual, a duras penas. Con los años me terminé recibiendo de arquitecto, y decidí viajar por el mundo buscando una experiencia que me llenara de tanta alegría, pasión y amor como la que tuvimos tuve ese mes y medio con Rachel. Hasta el día de hoy no he conseguido vivir algo similar, pero no pierdo las esperanzas.

Decidí escribir esta corta historia para liberarme, para expresarme y para quien sea que la lea, me entienda, y tal vez, aunque sea en otros niveles, se identifique.

Esta historia, que hasta acá sólo termina en palabras, pero que continúa fuera del texto, fue la de mi único y verdadero amor, de ella, Rachel, la mujer de mi vida.

Tomás Tate

2

Despair In The Departure Lounge (Desesperación en la sala de embarque)

Nico Shuga

La chica de la remera negra. Capítulo 5.


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Caminaba por el pasillo del edificio, mientras escuchaba de fondo el sonido de la puerta cerrándose. Sentía todo en cámara lenta, sentía todo irreal, como estando en un sueño, como si estuviera anestesiado o drogado. Llegó el ascensor, entré y mientras bajaba me miraba al espejo, y me sonreía a mí mismo.  Suele ser difícil identificar un momento de felicidad plena, en donde nada más importa, en donde sólo la sonrisa basta; pero ahí, en ese ascensor me dí cuenta de que estaba viviendo eso.

Al salir del edificio, todo parecía más precioso, más magnífico, más radiante. La gente estaba alegre, perfectas sonrisas en todos los rostros, la arquitectura de la ciudad era majestuosa, los pequeños detalles en las iglesias, balcones desde los cuales las palomas volaban hacia un cielo despejado, celeste, profundo, impecable. Como decía, todo parecía más precioso, y de debía simplemente a ese beso sobre el cual mi boca no callaba. La idea de que pueda besarme de nuevo estaba clavada en mi mente, que no dejaba de pensar en ese momento. Pero también el hecho de que vendrían más de esos besos me golpeaba fuerte, como cuando al resbalar por las escaleras un escalón te pega en el medio de la espalda, inmovilizándote. La noción de ellos continuando como algo cotidiano, para siempre, me emocionaba y aterrorizaba a niveles desconocidos para mí. Eso, ese miedo y esa alegría, eso era amor; el peso de depender de alguien y, a su vez, el saber que podés confiarle el corazón a esa persona.

Al llegar a mi casa, después de contarles a todos mis amigos lo que había sucedido, solo me acosté y dormí hasta el otro día. La adrenalina me había dejado exhausto. Me levanté a la mañana siguiente para ir a clases, agarré mi teléfono y tenía un mensaje de Rachel, decía que le había gustado conocerme mejor y que cuando quisiera podíamos juntarnos de nuevo a hablar de música. Le respondí que a mí también me había gustado conocerla, y que si quería ese día nos podíamos juntar a almorzar en un bar de la Rondeau. Aceptó y así fue como a las 13.30 nos encontramos en la esquina de Velez Sarsfield e Ilia para ir para allá. Al llegar, la vi parada ahí, con una musculosa gris y un jean, recibiéndome con una sonrisa, y mientras yo iba con intenciones de saludarla con un beso en el cachete, ella lo hizo con uno en la boca; se podía decir que en cierta forma, Rachel equilibraba en la relación mi timidez.

Esa fue la primera de muchas veces que nos juntamos solos. Comenzamos a vernos después de clases todos los días y todas las noches en los fines de semana. Solíamos ir a su departamento, a algún bar, a alguna plaza, hasta en épocas de parciales y finales nos hacíamos un tiempo para encontrarnos. Era simplemente la rutina más hermosa que ambos habíamos tenido; y a las pocas semanas, pasamos a ser oficialmente novios.

Recuerdo una de las primeras tardes en su departamento, en la que su imagen platónica que todavía yo mantenía desapareció, esa tarde noté cuan pequeño era su mundo, como el mío o el de cualquier otro; un mundo alcanzable en cuanto a que era real y no una imaginación, un mundo que me permitía notar cuan real era ella. Ahí me di cuenta de que Rache era mejor que esa imagen platónica que supe tener, porque ella estaba ahí, en la realidad.

Charlamos mucho esa tarde, de nuestras vidas, de nuestros sueños, gustos e historias. Me acuerdo que me contaba que siempre estuvo enamorada de George Harrison, que le gustaría salir de fiesta con Tarantino, que siempre quiso poder escribir como Hemingway, entre otras cosas. Le gustaba que le hablara en diminutivos cada tanto, que le dijera señorita porque le recordaba a escenas románticas de algunos libros, que le susurrara en el oído. Nunca olvidaré esa tarde, porque fue en la que sentí que todo eso duraría para siempre, que jamás terminaría.

Otro día que siempre quedará marcado para mí, es el 23 de diciembre de ese año. Habíamos estado de novios por más de un mes y medio y nunca habíamos tenido una pelea. Ella esa noche viajaba a Mendoza a pasar las fiestas con unos primos de la madre, y regresaría el 6 de enero. El vernos tan seguido había comenzado a gastar la relación un par de días antes, yo era feliz, pero no tanto como al principio, y a ella la notaba con falta de pasión, de brillo, en mi mente, la veía en blanco y negro. Al llegar el momento de su partida me dijo:

 

-Esto va a ser bueno para ambos, estar un poquito alejados unos días. Antes de irme quiero pedirte un favor, durante este tiempo hasta que vuelva no hablemos, por ningún medio.

-¿Qué? ¿Ni siquiera un mensaje para navidad o año nuevo?

-Nada

-No entiendo por qué sos tan drástica. Con el hecho de no vernos alcanza, podemos hablarnos un par de veces, es más deberíamos.

-No, por favor. Quiero esto, repensar todo, te amo demasiado y no quiero dejar de hacerlo, por eso te lo pido.

-No sé como querés que haga esto, no te puedo asegurar que no voy a intentar llamarte.

No abrazamos, nos despedimos y nos dimos un beso, todo parecía carente de sentimientos. Todo parecía muy artificial.

Ella viajó, pasaron los días sin hablarnos. Al principio fue más fácil para mí, pero después comencé a extrañar su voz demasiado y todo se me hizo más difícil. Para la noche de año nuevo no me contuve, la llamé y no me atendió, le mandé un mensaje y no me respondió; no entendía cómo podía ser tan fría. Esa misma noche fuimos a una fiesta en el Jockey con mis amigos, yo por supuesto estaba triste y nostálgico, no quería estar ahí. En cierto momento de la fiesta, Claudio se acercó y me dijo:

-Tengo pésimas noticias, y siendo uno de tus mejores amigos tengo la obligación de mostrarte de que hablo.

-Dale decime, no creo que algo más me pueda molestar hoy.

Agarró su celular me mostró una foto en la que Rachel había sido etiquetada en Mendoza, una foto de ella y otro hombre, abrazados y besándose. Me di vuelta y sin decir nada fui hasta la barra. Como un gran cliché en situaciones así, decidí embriagarme. Tomé y tomé alcohol hasta perder la noción de todo, pero igual no lograba sacarme la imagen de Rachel engañándome. Saqué mi celular y con la valentía del vodka le mandé un mensaje que decía:

“Creí que eras buena, pero estás conchudamente lejos de ser buena. Te creés única para mí, pero sos una más del montón. Vi tu foto, no me hables nunca más. Puta”

 

Comencé a buscar a mis amigos, y mientras lo hacía vía una chica que conocía y que ya mencioné en esta historia, Gabriela. Estaba vestida con un escote que invitaba a pasar a su cuerpo, una calza que ni a las maniquíes les podía quedar más perfecto, y estaba sola y también alcoholizada. Me acerqué, le dije unas palabras al oído mientras ponía mis manos sobre su cintura, y a los pocos minutos comenzamos a besarnos fuertemente. Pasé unas horas con ella ahí, hasta que nos fuimos al departamento de una de sus amigas. En el camino  me comenzó a sonar el celular, lo atendí sin decir una palabra. Era Rachel, llorando y diciendo:

 

-Tomás, perdón, perdón, perdón por todo. Decime que es mentira eso de que soy sólo una más de montón para vos y que no querés que hablemos nunca más.

Con bronca y sin pensarlo le respondí –Justamente eso es verdad, pero si querés te digo una mentira: te amo.

 

 

Portraiture

Nico Shuga