La chica de la remera negra. Capítulo 4.


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Nos sentamos en la mesa; Rachel al frente mío, Romi al frente de Lucas y Sofía en la cabecera. Nervios, tartamudeo, ansias, todo lo que era seguro que me iba a suceder, no pasó; misteriosamente estaba muy calmado, incluso fui el primero en hablar al proponer que pidiéramos unas pizzas y unas cervezas. Todos estuvieron de acuerdo e hicimos el pedido.

A pesar de estar calmado, me moría de ganas de hablar con Rachel, no resistía que mientras yo pensaba todo esto ella sólo estuviera ahí sentada siendo insoportablemente hermosa. Lucas comenzó la típica conversación sobre la facultad, el estudio y la época de parciales, en la cual todos acotábamos nuestras anécdotas. Cuando Rachel comenzó a hablar, me intrigó mucho su acento, así que esperé hasta que trajeran la comida y todos se desconcentraran, para preguntarle sobre ello y que podamos hablar solo nosotros dos. Le dije:

-Rachel ¿No? – haciéndome el desinteresado- Tenés un acento que no parece de acá, ¿De dónde sos?

-Ah sí, es que en realidad nací en Londres y viví allá hasta los 11 años más o menos, por eso mi castellano es medio raro, ¿Se nota mucho? – me preguntó sonriendo.

-No no, sólo si le prestás mucha atención – en realidad sí se le notaba bastante, pero no sabía si le molestaría o no que se lo dijera – ¿Y por qué te mudaste?

-Larga historia, otro día más tranquilos te la cuento. –la verdad era que ella todavía no tenía la confianza necesaria para decirme.

 

Seguimos conversando en grupo, hablamos de los boliches a los que íbamos y mencionamos la salida del fin de semana pasado. Ahí traté de hacer preguntas para saber si Rachel tenía novio, o en un posible y muy erótico, pero devastador caso, novia. Le pregunté a Romi si habían ido sólo ellas 3 al boliche, a lo que me contestó que no, que fueron ellas, un par de chicas más, y el novio de Sofía. Me arrepentí apenas lo dije por lo estúpido que sonó cuando agregué “¿Y los otros novios?”; hubo una pequeña risa general y me respondió que no habían otros novios. Sentí un inmenso alivio, tenía luz verde para intentar algo con Rachel.

A los pocos segundos sonó mi celular al llegarme un mensaje. Sonó con una canción de la banda que de la remera, justo la canción que yo quería que ella escuche en el “encuentro” a la salida de la Facultad de Ciencias Económicas. Instantáneamente preguntó:

-¿Mardy Bum?

-Sí. –le dije sonriendo– Veo que según tu remera conocés la banda.

-Por supuesto, es mi favorita.

-¡Mirá vos! La mía también.

-No conozco mucha gente que la escuche –dijo casi interrumpiéndome– , es lindo saber que hay más gente con quien hablar sobre este tipo de música.

 

En ese momento la alegría me brotaba por todo el cuerpo, y con la mente en blanco le dije:

-Cuando quieras podemos juntarnos a escucharlos –ahí sentí todo se frenó de golpe, la respuesta de ella sería todo o nada.

-¡Dale! Mañana no  tengo nada que hacer. Si no tenés problema podemos juntarnos.

-Genial, yo no tengo clases así que me queda perfecto mañana –en realidad si tenía, pero no podía dejar pasar esta oportunidad.

 

Intercambiamos números de teléfono y arreglamos para que yo fuera a su casa a eso de las 11. Ese era el momento, mi momento, nuestro momento, esa charla daría comienzo a una de las épocas más hermosas de mi vida, pero por supuesto, aquél día yo no lo sabía.

Seguimos hablando en grupo un rato más hasta que terminamos de almorzar y nos fuimos. Fue un regreso a casa demasiado alegre, había logrado mi objetivo, aunque me generaba un poco de miedo la facilidad con la que todo había sucedido, pero quién era yo para cuestionar al destino.

Me surgió un gran interrogante esa tarde: ¿Es una puta? ¿Es una mujer fácil? Me ha pasado de conocer mujeres que tenían tanta pasión por el sexo que con una charla corta ya la tenía en la cama. Existía la posibilidad de que este fuera un caso así, y por supuesto, yo no quería. En menos de 24 horas iba a hacerle frente a la mujer que alguna vez aspiré amar, ese acto es extremadamente difícil, puedo perderme por completo al dejarme llevar por su perfecto amor, o puedo derrumbarme sin remedio descubriendo que toda la ficción creada en mi mente sobre ella, no era realidad. ¿Cómo se puede lidiar con eso? No sé si será la mejor respuesta, pero mi solución fue tratar de no pensar demasiado en todo lo que podía suceder.

Luego de cenar le mandé un mensaje para confirmar la hora y el lugar, ella me respondió con la dirección de su departamento, la hora, y agregó que también “iban a estar las chicas” porque antes se juntaban a estudiar. Eso por un lado me relajó ya que obviamente ella no buscaba sexo rápido, y al ser un grupo de gente que se conocía no habrían silencios incómodos. Por otro lado me dio un poco de tristeza porque no iba a poder tener una buena charla íntima para conocerla mejor.

Llegué a eso de las once y diez, busqué el número de la calle, subí al piso 7, y toqué timbre en el departamento B. Romi abrió la puerta, adentro estaban además Rachel, Sofía, un par más de chicas que no conocía, y dos chicos, que por suerte, no recuerdo sus nombres. Esos dos me parecieron desagradables, con sus falsos bronceados, sus musculosas entalladas, sus cigarrillos mentolados, sus comentarios carentes de todo lo que puede cargar la palabra. Al verlos a ambos iguales, como el estereotipo de “pibe ganador”, me alegré, sabía que al lado de ellos iba a poder identificar rápidamente los gustos de Rachel.

Ya habían terminado de estudiar y estaban hablando de un baile de una canción que se había hecho muy famosa por aquella época. Me senté luego de saludar y me sumé a la charla. Era obvio que ahí vivía Rachel sola, tal vez con alguna compañera, pero el punto era que sin padres, lo cual representaba en teoría una ventaja: se podía decir que llevaba una vida “independiente”.

Pasaron unas horas, pedimos empanadas para almorzar, y mientras esperábamos por fin pude tener un momento a solas con Rachel. Me llevó a su cuarto y comenzó a mostrarme sus discos, sus colecciones musicales, me impresionó la similitud en nuestros gustos, casi idénticos, lo cual me encantó. Mientras me contaba sobre eso, me puse a ver los cuadros y posters que tenía en las paredes de bandas de música y actores y películas británicas. En ese tiempo sentí una compatibilidad perfecta, mientras más me hablaba más me enamoraba. Charlamos solos en la habitación por un largo rato, como si nos conociéramos de toda la vida. Desde mi perspectiva, solo faltaba el beso y la correcta banda sonora, aunque claro, había un pequeño detalle: no tenía idea lo que ella pensaba sobre mí, si sentía lo mismo. Entre las posibilidades estaba la de que me viera como un amigo y nada más, como una persona con la cual se tiene una relación que jamás pasará de la amistad. Ese era el peor escenario posible, y tenía que tratar de averiguar rápidamente si estaba ahí.

Seguimos hablando por un momento, y le dije cambiando de tema y tratando de conocer un poco más sobre su vida:

-Che, ¿Y por qué era que te habías mudado de Inglaterra?

-Lo que pasó fue que mis padres se divorciaron. Mi mamá es argentina y mi papá inglés. Se conocieron allá haciendo una maestría, se casaron, me tuvieron a mí y se divorciaron. La custodia quedó para mi mamá y nos vinimos acá donde ella tenía a toda su familia.

 

Se la notaba medio incómoda mientras hablaba, y yo no sabía que decir, era un tema muy personal de ella y yo no era bueno manejando situaciones así. Desde el living escuchamos la frase que me salvó del momento: “llegó la comida”. Esto permitió cerrar la conversación sin que tuviera que decir algo.

Mientras los demás ponían la mesa Romi me llamó desde el balcón, me acerqué y me preguntó:

-¿Y? ¿Qué pasó?

-¿Qué pasó con qué? –pregunté muy intrigado.

-Con ustedes dos, solos en el cuarto.

-Nada, hablamos un rato de música y otros gustos.

-¿Nada más?

-No sé qué más esperabas que pasara.

-Dale Tomi, Lucas me dijo que te gustaba Rachel.

-¡¿Qué?! No se puede contarle nada. Igual antes de intentar algo tengo que ver qué piensa ella de mí.

-Ella gusta de vos, me lo dije después de almorzar ayer. ¿Por qué te pensás que te invitó? –dijo mientras entraba al departamento.

 

Me quedé en shock en el balcón, no sabía que decir, hacer o pensar.

Entré, me senté con el resto, y aunque mi cuerpo estaba ahí mi mente no. No recuerdo de qué estaban hablando todos, yo sólo pensaba en volver a estar a solas con Rachel, a pesar de no tener ni una pista  de qué iba a decirle. Le pregunté a Romi que estaba sentada al lado mío a qué hora se iban los demás y me respondió que después de almorzar, pero que ella se quedaba hasta más tarde, y agregó: “quedate vos también, los puedo dejar solos un rato”. Decidí quedarme, pero solo unos minutos después de que se fuera el resto para no quedar como un desesperado por estar con Rachel.

El tiempo pasó, terminamos de comer, los demás se fueron; Romi bajó para “comprar unas cosas”. Quedé con Rachel a solas, mientras levantábamos y lavábamos los platos. Comencé a ponerme nervioso, no sabía qué decir y no quería que hubieran silencios incómodos; se me ocurrió pedirle que pusiera algo de música. Buscó un cd, y puso “Suck it and see”. Mientras tanto, yo terminé con el último plato, entré en pánico y le dije:

-Me tengo que ir, disculpá.

-¿Ya? –preguntó sorprendida.

-Sí, es que tengo turno en el médico para que me vea un golpe en la pierna, me había olvidado.

 

No sé por qué me pasó eso, por qué tuve miedo, por qué inventé una excusa para irme; aunque viéndolo muchos años después fue lo mejor que pude haber hecho.

Fuimos hasta la puerta, Rachel me dijo que el viernes seguro con las chicas iban a ir a un boliche, que yo les avisara a los chicos para organizar e ir todos juntos. Le dije que si, y la miré con una pequeña sonrisa, la cual ella me devolvió mirándome a los ojos también. –tengo miedo ahora, de escribir sobre esto porque sé, que no importa qué palabras use, nunca podré hacerles entender todo lo que sentí en ese momento- Así nos miramos, sonriendo, ambos sabiendo lo que sucedía e iba a suceder, y mientras la canción llegaba a su final sonando de fondo, haciendo todo perfecto, como despedida, acercamos nuestros labios, y por unos segundos nos besamos, y fue hermoso.

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Nico Shuga

La chica de la remera negra. Capítulo 3.


Parte 1

Parte 2

 

Por suerte ese sábado lo pasé entre siestas, recuperando mi cabeza y estómago de la noche anterior, lo que me ayudó a no pensar mucho en la chica de la remera negra. Esa noche nos juntamos con mis amigos a cenar y recordar anécdotas del boliche. Cada quien contaba lo que le sucedió, y se discutía sobre quién había ganado la competencia, que obviamente fue Lucas. Yo tenía dos momentos claves sobre los cuales hablar, los besos con Gabriela y el haber visto a la otra chica. Sin sorprender a nadie, a mis amigos les interesó mas lo primero, querían que les contara si ella era tan apasionada como parecía, si sus tetas eran naturales, si besaba tan bien como aparentaba, y la verdad yo no tenía respuesta a todo eso, primero porque mi memoria estaba borrosa, y segundo porque mi cerebro no se esforzaba en repensar esos hechos, ya que estaban opacados por lo que sucedió luego.

Por supuesto que cuando les dije que lo más importante que me pasó fue haber visto, perseguido y no encontrado a una chica con la cual nunca hablé estallaron de risa. Fabio, el más alcohólico y con más anécdotas del grupo, que suele ser un “filósofo de la vida cotidiana” me dijo:

-Paremos un poco la pelota y pensemos, suponiendo que algún día te encuentres con esta chica ¿Cómo vas a entablar una conversación? ¿De qué vas a hablar?

– No sé, se verá en el momento.

-¿Se verá en el momento? Para vos que sos tan tímido y socialmente incómodo en esas situaciones, no hay forma de que vayas a decir algo coherente ahí.

-Tengo pensado hablarle sobre una banda de música.

-Claro. Osea que te la cruzás y de la nada le decís “¿Conocés esta banda?”. No suena para nada incómodo.

Fabio tenía razón, nadie se pone a hablar con un desconocido de la nada. Y agregó:

-¿Sabés algo más de ella?

-Creo que estudia Ciencias Económicas, la vi en esa facultad una vez.

-¿Y qué hizo que te llamara la atención?

-Primero que era hermosa, y tenía una presencia y personalidad para caminar que hacía que uno si o si tenga que fijarse en ella. Y segundo su remera, de esta banda que tanto de me gusta, Arctic Monkeys.

Ahí Lucas se sumó a la conversación y dijo:

-¿Es una banda inglesa no? Porque anoche una de las amigas de Romi (una chica con la que él había estado) creo que la mencionó. Era de Londres o algo así. Me pareció una pelotuda que se quería hacer la alternativa y no le salía.

Sentí un fuerte escalofríos en la espalda, existía alguna posibilidad de que la pelotuda esa sobre la que Lucas estaba hablando fuera el amor de mi vida. Fuimos a la computadora y entramos al perfil de esa tal Romi, revisamos algunas fotos hasta que en un momento al mismo tiempo dijimos:

-Lucas: “Esa es la boluda” / -Yo: “¡ES ELLA!”

Todos mis amigos se levantaron y fueron a ver el monitor, mientras yo comencé a reír descontroladamente. Fue muy raro, no sabía cómo reaccionar, tenía ganas de salir a la calle a gritar con todas mis fuerzas, tenía ganas de agarrar algún plato y romperlo, tenía que expresarme de alguna forma. Extrañamente se canalizó todo eso en una carcajada. En el momento fue bastante incómodo, pero viéndolo con el tiempo, hoy, entiendo mi reacción, fue la primera vez que tenía una pista certera de quién era ese alguien que cambiaría toda mi vida.

Rachel Moss era su nombre, pensé que era una broma, un nombre de fantasía, un apodo, parecía todo muy poco real. Lucas me confirmó que ese era su nombre, que era inglesa “o algo así”, que de verdad existía. Agarré su brazo y le dije: “tenés que organizar para que nos juntemos con Romi y sus amigas, si o si”. Él me dijo que iban a almorzar juntos el martes, y que le iba a decir que vaya con sus amigas. Y agregó: “te llevo pero con miedo. Te conozco y es muy probable que tengas vergüenza para hablarle, o que comiences a decir cualquier cosa y quedes como un estúpido”.

Lucas tenía razón, por lo que me dispuse durante esos días previos a hacer todo lo contrario a lo que hago antes de un encuentro importante. Me pasé el domingo viendo películas, durmiendo con ayudas de algunas pastillas, y saliendo a hacer ejercicio. Tenía que evitar pensar sobre todos los diálogos hipotéticos que iba a tener para no ponerme nervioso.

El lunes sería un problema, tenía que ir a clases y hacer mis caminatas por el parque, era obvio que iba a ocupar mi cabeza en esos momentos.

Las primeras horas de ese día las pasé bastante bien, entre las charlas con mis compañeros y los prácticos que estábamos haciendo en clases, no tuve mucho tiempo para pensar en el encuentro. Pero cuando emprendí mi recorrido al parque, parecía que todas las canciones que salían de mis auriculares hablaban sobre ella. Mi imaginación me ponía nervioso, me sudaban las manos, me mordía el labio; hasta que llegué a ese árbol donde estuve sentado la primera vez que la vi. Ese lugar me genera una inexplicable paz interior, los árboles radiantes por la primavera, una corriente de viento producida por los edificios que los rodean; todo es perfecto.

Pasaron los minutos, mi alma tenía una tranquilidad comparable con la calma que se siente ante la previa de una gran tormenta. La gente pasaba, un chico en monopatín, un profesor con el traje manchado con el polvo de las tizas, y de repente, ella. Me había olvidado por completo que también fue un lunes a esta hora cuando la vi. Me paré de golpe y comencé a caminar hacia donde estaba ella; no recordaba bien cómo era el plan que había pensado para este momento. Tomé mi celular y programé la alarma para que sonara dentro de un minuto con una canción de la banda de la remera de ella, la cual esta vez no vestía. Ahora tenía una musculosa blanca, no pude apreciar si tenía alguna característica en particular (un nombre, alguna banda, una imagen).

Caminé a una distancia “normal” al lado de ella haciendo de cuenta de que tenía que ir para el mismo lado. Sonó mi celular, dejé la canción por unos segundos para asegurarme de que ella la escuchara; abandoné mi intento de disimular y la miré directamente. No reaccionó, no notó la canción, llevaba ella auriculares, iba escuchando su música en su propio mundo. Al principio no los había notado ya que su pelo los tapaba, pero cuando estuve tan cerca y los vi, me di cuenta de que el intento era en vano.

Entré en pánico, existía la posibilidad de que ella había notado como la miré, y que al otro día cuando almorcemos me reconociera. Comencé a caminar más rápido y doblé en la primera esquina. Volví a la facultad y actué como si nada hubiera sucedido. Ya más relajado, al llegar a mi casa, me dediqué a dormir y a esperar el tan ansiado encuentro.

Finalmente llegó el martes, estuvimos toda la mañana hablando del tema, todos tenían su opinión. Lucas me decía que no me enamore directamente, que la viera como un objeto sexual, eso me iba a ayudar a no ponerme nervioso. Claudio me recomendó que le hablara sobre música, un tema que yo dominaba y que, probablemente, ella también. Después, Fabio me dijo que no tenía que dedicarme a llamar la atención de ella, que solo tenía que desenvolverme normalmente dentro del grupo, así tenía menos posibilidades de arruinar todo.

Caminamos con Lucas desde la facultad hasta un bar en Nueva Córdoba, a eso de las 13.30 nos sentamos en una mesa sobre la vereda. Lo miré y le dije: “Me va a dar un infarto”. En ese momento escuché una voz desde mis espaldas que decía “¡Lucas!”; era Romi, con una chica llamada Sofía, y efectivamente estaba ahí también, vestida de la misma forma que cuando la vi por primera vez, la chica de la remera negra.

Se me puso la mente en blanco y encaré directamente a saludarla a ella. Me paré y le di un beso en el cachete mientras le decía “Hola, soy Tomás” y ella me respondía “Hola, Rachel”.

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Nico Shuga

La chica de la remera negra. Capítulo 2.


Introducción – Capítulo 1

En esos dos segundos, entre que la vi, separé a Gabriela y volví a mirar, sentí como si alguna fuerza extraña corriera dentro de mi cuerpo, sentía que algo me golpeaba y atravesaba el pecho, con tal potencia que en ese mismo instante me dejaría una marca de por vida.

En ese cortísimo tiempo no sabía si era bueno o no lo que me estaba sucediendo, lo que si tuve en claro fue que lo que ocurrió luego fue devastador. Cuando volví a mirar hacia donde estaba la chica, no la encontré. Me levanté y salí corriendo, mientras de fondo escuchaba el “Esperá Tomás ¿A dónde vas? No seas tan pelotudo” de Gabriela. Corrí, entre tambaleos por el alcohol, con una adrenalina inexplicable, sabía que tenía que hallarla; la busqué por todo el lugar sin tener éxito, salí hasta el estacionamiento, y nada. Al ingresar nuevamente al boliche ya la tristeza del momento se me había pasado. Lo agarré a Claudio y le dije:

-¡La vi, la vi! –mientras movía los brazos como si hubiera ganado algún torneo-

-¿A quién viste? Pará un poco, estás muy ebrio.

-A la de la remera negra, a esa que vi en una de mis caminatas.

-¿Enserio? ¿Y qué le dijiste? ¿Que la estuviste persiguiendo toda la semana?

-No le pude decir nada, la vi pero cuando quise ir hasta donde estaba ella no la encontré.

-Seguro que te equivocaste.

-No, me juego la vida que no –mientras Claudio menospreciaba la situación y yo le agarraba la cabeza- ¿No entendés lo que fue esto?

-Sí, otra de tus fantasías.

-No, es el destino, es el puto destino que me dio una hermosa señal.

“Interrumpo mi relato ahora para presentarme, para decirles quién soy antes de que sigan pensando que soy un maniático cualquiera. Mi nombre es Tomás Tate (se pronuncia “teit”), tengo el título de arquitecto pero nunca ejercí. Trabajé durante toda mi vida en distintos rubros, ya que mi pasión por viajar me hacía mudarme cada 5 o 6 años para poder experimentar la mayor parte del mundo que pudiera. Tengo 59 años y soy pisciano, tal vez eso último explique mucho de mí. He vivido en todos los continentes, probado infinitas comidas regionales, he tenido sexo con mujeres de todas las razas, y he vivido muchos amores, pero solo uno, uno, fue verdadero. La mujer de mi vida siempre fue y será Rachel Moss, que a pesar de que suene extraño, la conocí acá en Argentina; pero ya llegaré a esa parte de la historia más adelante. Con mis padres siempre mi relación fue variable, a veces los amaba, y otras (casi siempre) los odiaba, y aunque estuvimos muchos años sin hablarnos cuando me fui por primera vez a vivir a Londres por allá en el 2013, incluso en esa época sabía lo mucho que ellos me querían a pesar de todo.

Más allá de que no tengo un lugar fijo en el mundo, mi ciudad siempre será Córdoba, en donde pasé mi infancia y adolescencia, y en la cual ahora vivo mi vejez. De joven era valiente, pero tímido; divertido, pero un frío pensador; amigable, pero solitario. En fin, creo que con eso basta para que sepan un poco sobre quién escribe, que no es una simple mano con una birome, sino que hay una historia detrás.”

Así regresé a mi casa, con una sonrisa que tenía más interrogantes y ansiedad que verdadera alegría. Me habré dormido como a las nueve de la mañana, el insomnio ahora no se debía a pensamientos sobre encuentros hipotéticos, esta vez era producido por un encuentro real. Visualicé todo el tiempo a ella, su jean, su camisa negra transparentada, su pelo castaño-morocho ondulado.

Al despertar, mientras la resaca me ganaba la batalla, no sabía si había soñado o había vivido ese “encuentro”, debí llamar a mis amigos para confirmarlo. Cuando corroboré la realidad de lo que había sucedido, sabía que tenía que seguir buscándola, sabía que (en mi mundo de fantasía) era una clara señal del universo de que no podía dejar pasar esta oportunidad. Pero a su vez, consciente de que mi imaginación y esperanza desmedida me juegan malas pasadas, me planteé que si no podía hablar con ella antes del sábado siguiente, dejaría de intentarlo y admitiría que no fue ninguna señal, sino más que una simple coincidencia.

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Nico Shuga

La chica de la remera negra. Introducción – Capítulo 1.


Ella. Ella era morocha, sus piernas suaves, largas e interminables hacían que uno deje todo sólo para observarla. Tenía ese hermoso y peculiar acento, mezcla de su infancia londinense y de su adolescencia cordobesa.

Teníamos 19 años en aquella época, nos juntábamos a almorzar después de clases, nos recostábamos por horas y dormíamos al compás de las canciones de nuestra banda favorita. Ella fue única, al sonreír se le formaban en los cachetes como unas comillitas, era como si su boca fuera una frase, una frase que quería escuchar todos los días.

Nunca voy a olvidar el sonido de su guitarra, una guitarra blanca con detalles en rojo, con la que tocábamos música para los vecinos. Ella era todo lo que siempre soñé, todo lo que siempre busqué para completar mi alma.

A pesar de todo esto, tan hermoso, el destino tiene sus juegos extraños; que al día de hoy, 40 años después de haberla conocido, sigo sin entender. Por eso quiero contarles nuestra historia, para ver si alguien logra entender, aunque sea un poquito, por qué la vida me separó de ella, del amor de mi vida.

Fue hace mucho tiempo ya, miro por la ventana, veo la ciudad hoy en día y me cuesta creer cuanto ha cambiado. Era más o menos octubre del año 2012, yo estaba en mi cuarto semestre de arquitectura, era una época bastante difícil para mí. Tenía problemas con mis padres, la facultad me quitaba mucho tiempo para ser feliz, y tenía algunos problemas de salud que me ataban a la rutina y no me dejaban escapar a algún lugar lejano.

Recuerdo que los calores se habían adelantado y ya para esos días era normal una siesta con treinta y tres grados, por eso, una o dos veces por semana me escapaba de clases bien temprano, para aprovechar el vientito fresco que todavía quedaba por las mañanas. Me escapaba no solo para eso, también usaba el tiempo para hacer largas caminatas por el parque, y así aislarme de mi mundo, ese mundo que tanto me afectaba. Me gustaba sentir el viento en la cara, me despeinaba y me generaba un efecto de que en ese momento nada podía importarme, nada podía afectarme. ¿Nunca les pasó de querer desaparecer de la tierra por unos minutos? Para mí las caminatas representaban eso, por eso eran tan necesarias, por eso me las acuerdo hasta el día de hoy.

También en esa época andaba siempre con un anotador, el cual todavía conservo, en donde escribía mucho; cosas que me pasaban por la mente, situaciones cotidianas que quería recordar, fechas importantes, etcétera. Pero hay un día que no hace falta que lo busque allí, ese día fue lunes, un 22 de octubre. Estaba muy nublado, pero cada tanto se escapaba un rayo de sol para iluminar la calle. Yo estaba haciendo una de mis caminatas cuando al pasar por la Facultad de Ciencias Económicas vi un pequeño cartel que decía “cada día es el comienzo de algo hermoso”. No sé si fue el destino, que en ese momento se portó bien, u otra cosa más realista; el hecho es que me senté a la sombra de un árbol de esa Facultad para anotar ese acontecimiento. Encontré tanta paz ahí que preferí quedarme a ver la gente pasar.

Algo que siempre fue una característica mía, es el tener muy buena memoria para cosas completamente inútiles, por eso me acuerdo de la gente que pasaba ese día: un joven de unos 21 con un bigote muy finito, una chica de aproximadamente 18 con un short de jean muy sexy que le marcaba los atributos, un profesor de traje, sudado, padeciendo el calor de la mañana. Pero a eso de las 9.15 vi a una chica, de un metro setenta y pico, morocha con buenas curvas, con una remera negra que decía ”Arctic Monkeys” en blanco. ¿Vieron esos amores instantáneos que uno va teniendo por la calle, los cuáles no ve nunca más? Ese fue uno, la chica esta además de ser linda, tenía una remera de una de mis bandas de música favoritas. Sé que es muy superficial lo que estoy diciendo, pero siempre estos “amores” son así, total es lo mismo, si mañana vas a ver a otra mujer que te va a producir algo similar.

Cuando volví a clases y les conté a mis amigos de esa chica se rieron, lo cual no me molestó ya que siempre me pasaban cosas así, entonces se convertía unan en pequeñas anécdotas de humor del día. Ni siquiera yo creía que esa persona iba a ser alguien importante para mí en un futuro.

Durante el cursado de ese día no me podía quitar de la mente la imagen de la chica, mientras el profesor hablaba, cada tanto yo cerraba los ojos y la recordaba, pero en mi mente caminaba en cámara lenta, con el viento de frente mientras se acercaba hacia mí, y de fondo sonando una canción de la banda de su remera. Quién se iba a imaginar que esa canción que se me cruzó por la cabeza hace 40 años iba a tener la letra perfecta para hoy en día. Sobre el final ésta dice algo como “cuando esté en pantuflas y con una pipa, en mi silla mecedora (…) habré encontrado una mejor forma de pretender que solo fuiste una amante más”. Hoy mirando hacia atrás, me doy cuenta de que ese punto concuerda perfectamente; hoy, todavía estoy buscando esa forma para verla como una amante más, y espero que en unos diez o veinte años, haya encontrado el método.

Como pueden ver sobre pienso mucho todas las situaciones de mi vida y uso demasiado mi imaginación. Esto a veces me trae problemas, de joven, en esa época, tenía siempre insomnio por ponerme a pensar e imaginar momentos ideales con chicas que nunca pude conseguir. ¿A quién no le ha pasado? Bueno, mi problema era que esto ocurrió durante 5 años. Ahora no recuerdo nombres, pero solía enamorarme por períodos, por ejemplo de enero a mayo me gustaba una mujer, de julio a octubre otra, y así siempre había alguna chica en mi mente que me robaba el sueño a la madrugada.

Ese 22 de octubre cuando llegué a mi casa me senté a almorzar viendo televisión como siempre, pero mi cabeza no dejaba de hacerse preguntas sobre la chica de la remera negra: ¿Cómo se llama? ¿Cuántos años tiene? ¿Está soltera? ¿Es una puta? ¿Usaba esa remera sólo por moda o conoce la banda? ¿Es feliz?

Agarré mi anotador y escribí todo eso. El resto del día consistió en pensar en ella y en hipotéticos encuentros que obviamente no iban a suceder. Lo más importante de esa tarde fue que me había decidido volver al otro día al mismo lugar para verla. Fue así como cuando me acosté a dormir, en mi mente diagramé cual iba a ser mi movida. Era pésima, pero para alguien fanático de las comedias románticas como yo, podía ser perfecta: tenía planeado cruzármela “sin querer”, la iba a esperar bajo el mismo árbol y cuando pasara ella, hacía de cuenta de que tenía que caminar para la misma dirección. Luego de unos metros me sonaría el celular con una canción de la banda de su remera. Ahí habían dos posibilidades, ella se daba vuelta, miraba y yo comenzaba a hablarle; o no me prestaba atención y yo entraba en pánico y me iba.

Así fue como me levanté al otro día, después de una noche de mucho insomnio, con la sensación de cosquillas en la panza que uno siente cuando tiene un buen presentimiento. Me bañé, desayuné, y me tomé el colectivo hacia mi facultad, todo con una extraña sonrisa en mi cara.

¿Vieron cuando viajan en colectivo, escuchando música y mirando por la ventana, cómo automáticamente uno se convierte en el gran filósofo de su vida? Durante esos cuarenta minutos todos mis pensamientos sobre ella se mezclaron con ese efecto, pasé de idealizarla como la madre de mis hijos, hasta como una prostituta oculta en la vida cotidiana. Llegué a clases y les dije a mis amigos, entre risas, que iba a buscar al amor de mi vida, y fui hasta el árbol de la otra Facultad.

El corazón me palpitó, las manos me sudaron, los pies me temblaron y la garganta se me cerró, todo junto hasta que se hicieron las 9.15 cuando el mundo pareció detenerse. La multitud comenzó a salir de las aulas, yo buscaba atento, miraba cada remera y cada rostro que pasaba, parecía que estaba por cazar un animal salvaje, era muy raro lo que me estaba pasando. La ansiedad me mataba, me paré para asegurarme de que ella no se me pasara de largo. A los veinte minutos ya no había nadie, me sentía vapuleado y triste, probablemente estaba exagerando pero era como si ya la conociera de toda mi vida y el destino me había dicho que no la vería nunca más.

Volví irritado, llegué a mi curso y me puse a hablar con Claudio, uno de mis amigos:

-Odio mi vida –le dije directamente-

-¿Por qué? No me vengas de nuevo con eso de que el destino te separó de tu amor. Si te enamorás todas las semanas de una nueva es por algo, pensalo al revés, el destino te separa de amores que no importan para que encuentres al verdadero.

-Nunca vi a una chica con esa remera

-La otra vez nunca habías visto a una con las tetas tan perfectas y después te enteraste que era una puta.

-Bueno, tal vez tenés razón. No me voy a rendir con la de la remera negra, pero tampoco me voy a obsesionar con ella.

Me obsesioné. Al rato agarré mi anotador y planifiqué ir todos los días de la semana hasta encontrarla, no me importaba nada más que verla aunque sea una vez más. Allí comenzaron tres días totalmente nefastos, fui miércoles, jueves y viernes y no la pude encontrar en ningún momento. Tenía tanta bronca que arreglé con mis amigos para salir a algún boliche ambos días del fin de semana, para embriagarme y engancharme con mujeres desconocidas y así olvidar a la otra.

Ese viernes cerca de las 23 nos juntamos en lo de un amigo antes de ir al boliche y establecimos una competencia, que obviamente ideó Lucas, el típico hombre que tiene una facilidad espectacular para hacer que las mujeres caigan a sus pies. La competencia era simple, el que tenía éxito con la mayor cantidad de mujeres posibles ganaba. Hoy en día no puedo creer lo que hacíamos, teníamos las hormonas muy alborotadas, éramos medio pelotudos, pero de todas formas es una época que recuerdo con una sonrisa.

Llegamos a la zona del Chateau para entrar en algún boliche, todos estaban excitados por la competencia, menos yo, que en mi interior sólo quería emborracharme para olvidarme de todo. Así comenzaron mis amigos a hablar con todas las mujeres que se les cruzaban por el camino; y tipo dos y media de la madrugada ya estaban casi todos empatados en dos, mientras que yo seguía sentado en la barra, ya con mi cuarto trago en la mano.

Me puse a observar a la gente y vi a dos chicas, Gabriela y Estela. Ellas dos eran las mujeres más lindas que habíamos visto con mi grupo de amigos, y ya con mi mente nublada, decidí que si tenía éxito con ambas esa noche, ganaría yo. Me levanté de la silla, tambaleé por unos segundos y comencé a caminar hacia ellas. No recuerdo que les dije, pero estuvimos hablando los tres por un rato largo mientras mis amigos me envidiaban, sin saber que yo por dentro me sentía un poco desagradable, que había caído un poco bajo. Minutos después Estela se va dejándome a solas con Gabriela, la tomé de la mano, y nos fuimos hacia un sector con menos luz. Ahí comenzamos a besarnos.  Como hombre era una gran victoria, mis amigos pasaban y me felicitaban; pero como persona, me sentía un idiota.

Se dice que las mejores experiencias no se ven, sino que se sienten, por eso cuando besamos con pasión o amor cerramos los ojos. Con Gabriela no me pasaba eso, tenía mis ojos completamente abiertos, veía la gente pasar, era muy incómodo lo que sentía en ese momento.

Hasta que de golpe , tras unos quince minutos, sucedió algo bastante inesperado: la chica de remera negra estaba ahí, en el mismo boliche que yo. Necesitaba acercarme a ella y preguntarle tantas cosas, necesitaba conocer el sonido de su voz, el cual me imaginaba hermoso. Agarré a Gabriela de los hombros, la separé de mi boca y le dije que me tenía que ir.

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Nico Shuga