Todavía queda amor


Pasan las personas caminando por al lado,

hablando de su individualismo,

mientras lo único que le queda a uno,

es cerrar los ojos y caer al abismo.

 

Un poquito la música nos ayuda,

a aislarnos de estos mundos,

que lo único que buscan,

es dejarnos moribundos.

 

Y aunque al alma nos duela,

de no haber sido abrazada,

mientras iba sintiendo cómo su sostén se destruía,

mantenía la esperanza,

de abrir los ojos algún día.

 

Tal vez el querer este mundo sea difícil,

también difícil el querer a estas personas,

pero algo lindo por dentro te debe pasar,

ya que para pedir un beso todavía te asomas.

El hombre de las mil sonrisas


Y nadie lo entiende,

Parece sacado de una comedia bizarra.

Aunque suene imposible,

El hombre siempre lleva una sonrisa en su cara.

 

A pesar de que todos estén  agobiados de dolor,

Sin poder más resistir,

No hay nada mejor que la sonrisa obsequiada,

Para aliviar ese ardor.

 

Y no pide nada más a cambio,

Por hacer ese favor,

Que una sonrisa de regreso.

 

El hombre de las mil sonrisas,

Esconde su propio dolor detrás de su tranquilizante beso.

Tal vez llegue el día en que no sonría más debido a su estupor,

Y esperará que en ese instante,

Le llegue otra sonrisa para equilibrar ese peso.

 

Nico Shuga

Un muffin y un café por favor. Capítulo 3.


Se recomienda para entender al personaje principal, Oliver, leer antes la primera y la segunda parte.

 

 

Amo la lluvia, el olor que tiene al entrar por la ventana, ese ruidito que hace al chocar contra los toldos de los kioscos y florerías. Sentarme en el cordón de la vereda a empaparme, a ver como la gente corre como si fuera a morir por la simple acción del agua, a reírme con los que se resbalan. Me gusta todo eso. Me gusta llorar bajo la lluvia, así nadie me ve, caminar mientras el viento húmedo lleva las gotas frescas a mi cara, y que estas se disimulen con mis lágrimas. También me gusta cómo inspira, no sé ustedes, pero para mí ver la lluvia cayendo es hermoso; la cortina transparente que se forma por las calles, todo, me inspira melancolía, una linda melancolía.

Ese fin de semana llovió día y noche, ideal para acompañar las lágrimas que provenían de lo hecho por mí unos días atrás. Mi teoría de que si estoy con más mujeres voy a lograr olvidarme de Victoria se venía abajo; ocurría todo lo contrario, mientras más mujeres conocía, notaba lo única y especial que era ella, y lo mucho que yo la amaba.

Estoy en una situación que ya no se qué hacer, estoy cansado de sentirme constantemente triste. Necesitaba volver a refugiarme en mi mesita de la vereda, a ver la gente pasar mientras tomaba un café. Pero esta vez ni siquiera eso ayudó, al lado mío se sentó un empresario pelotudo, que les preguntaba a los dueños del local sobre cosas de empresarios sin alma. La constante actitud de cagar al otro me exaspera, no podía soportarlo más, pagué y me fui a caminar por el parque. Cuando me puse los auriculares para caminar escuchando música, ocurrió otra cosa espantosa, fue como si de pronto, todas las canciones hablaran de ella. Amor, odio, tranquilidad, insultos; todas las referencias que hacían las canciones parecían dedicadas a Victoria.

No podía volver a mi departamento, plagado de sábanas frías y habitaciones vacías, en donde se reflejaba su imagen en cada espejo. Decidí seguir paseando y observando los comportamientos de la gente, hasta que cayera la noche. Sabía que no me iba a hacer bien, que no me iba a servir en nada, pero esa madrugada quería pasar otra noche de lujuria, porque, quién sabe, tal vez el destino me ayudaría a que esta vez sí funcionara para olvidarla.

Cené un choripan por ahí y me fui a la perdición de los bares. En ningún momento dejé de pedirme tragos, en ningún momento dejé que mi vaso estuviera vacío. Intenté chamuyarme algunas mujeres, pero siempre terminaba deprimiéndome y alejándome de ellas, siempre recordaba a Victoria. Durante un momento de lucidez en tanta paranoia y ebriedad me acordé de donde podía encontrar mujeres alcoholizadas y fáciles. Caminé unas cuadras hasta el Buen Pastor, donde tipo 5am salen las chicas que fracasaron en los boliches, a buscar un hombre que les de sexo rápido y sin sentimientos.

No debería contarlo, pero sin embargo, en este momento también estaba bastante drogado. En el bar de mala muerte en el que había estado, la cocaína y la marihuana eran moneda corriente, y yo no les daba la espalda. Esperaba destruir tanto mi cuerpo en esas horas, para no recordar nada a la mañana siguiente; sólo sentir el dolor de los músculos y de la cabeza.

Me senté frente a las aguas danzantes a eso de las 4.40am. Veía como se agarraban a trompadas los pendejos que andaban por ahí, solo para demostrarles a sus chicas quién “la tiene más larga”. De repente se acerca una mujer preguntando por qué estaba solo, me levanté, y la besé.

Así de simple, fue otro viernes cobarde, en el cual no me animaba a hablar, pero si a actuar. No me acuerdo el nombre de ella, pero sí que era colorada. Sentía la suciedad del momento al besarla, sentía los gritos de fondo, sentía las imágenes pisando fuerte en mi mente, las imágenes de Nora, de la morocha, de Victoria…

Aunque me encontraba besando a la colorada, en realidad estaba solo, como en el pasillo de un colectivo a la madrugada, en donde la calma momentánea  se debe a que la gente viaja a encontrarse con su destino. Esta vez me sentía ahí también, viajaba a encontrarme con un destino, pero estaba en el camino errado. Manoseé a la colorada unos segundos, y luego la separé de mi cuerpo y me fui. Regresé a mi casa para llamar a Victoria con urgencia.

Insistí como 15 veces hasta que me atendió con un “Qué carajo querés Oliver” cargado de odio. Le dije que no tenía idea, ni la más mínima, de lo que estaba sintiendo por ella en ese momento. Cuanto me importaba, cuan hermosa y espectacular pensaba que era. En los monstruos que nos habíamos convertido, en como ella me hacía sentir feliz y triste al mismo tiempo. En lo lleno de vida que me sentía con ella a mi lado; en las cosquillas en la panza cuando recordaba nuestras charlas a la madrugada; en como ella me hacía sentir preocupado y asustado.

Mientras yo hablaba Victoria lloraba, y cuando quedé en silenció, cortó el teléfono. Estaba en shock, me caían unas lágrimas de bronca, de esa bronca que sentís cuando te descargas de tal forma. Me apoyé contra la ventana, y me quedé en silencio por horas viendo como amanecía. Me pasaba de que sentía todo y nada a la vez.

Puse música para dormirme, pero cada frase de cada canción hablaba de esta relación; y hubo una de las tantas que pasaron, que me quedó grabada, una que decía así: “porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”. Corrí y apagué el reproductor, había notado que me estaba muriendo, muriendo de amor. Era demasiado cursi mi vida, no podía ser tan maricón de morir de amor.

No me quedaban opciones; tenía que matarla, matarme, u olvidarla. Por primera vez en mi vida elegí la correcta, la más difícil pero la correcta. Olvidarla, porque si bien ella me hacía feliz, a su vez me destruía, y peor que estar solo, es estar con la gente equivocada.

Miré en mi escritorio la carta que al final nunca le había enviado, me levanté, la rompí, prendí mi computadora, y le mandé un mail. Explicándole eso, explicándole también que no entendía como nosotros que hicimos tanto el amor, ahora lo habíamos desecho; que fuimos estrellas fugaces, que brillamos juntos en el cielo ante todos, y que fue hermoso, pero que ya nos habíamos apagado. Y que a pesar de todo, a pesar del mucho daño que nos habíamos hecho, aunque la olvide, siempre la seguiré amando, y cuando me pregunten sobre ella, no tendré más que decir que solo un “no sé, la amo”, aunque todo ya esté terminado para siempre…

Y ahora acá estoy, sentado en mi bistro parisino en Córdoba, sin poder pensar casi en nada más, también, casi sin poder moverme. No es que esté enfermo y mis músculos me duelan, es que estoy adormecido.

No puedo pensar en nada más ahora, solo en el por qué todo tiene que ser tan difícil para mí, por qué no pueden las cosas suceder sin que me tenga que romper la espalda trabajando, sin que tenga que perder mi dignidad, sin que tenga que soportar amaneceres solitarios fumando un cigarrillo como método para contaminar mi cuerpo, al cual tanto odio en este momento.

Creo que si el universo me tiene algo preparado, será grande, enorme, espectacular; pero hasta ese entonces no puedo hacer nada. Cómo sabré cuando eso sucederá, cómo sabré cuando sea la mujer indicada, cuándo sabré cuando tenga la posibilidad de estar con alguien sin tener que pasar todas estas depresiones asquerosas.

Quisiera que la vida tuviera una cara, así me pudiera sentar en la mesa de la vereda a observarla y analizar sus comportamientos. Siempre hay un pero, siempre hay que darle tiempo al tiempo, siempre hay que sumar de a un granito de arena la vez.

Veo como a mis amigos, a mis conocidos, les toca a veces un camino más agradable para recorrer; yo descalzo veo, desde mi patio lleno de espinas, sufriendo el dolor, como los otros me ven en mi ilusión, en mis ganas, y después, cuando el universo conspira contra mí, veo como los otros me ven en mi tristeza, en mi depresión, veo como me ven con el pensamiento de “pobre” que sale a través de sus ojos y boca.

Pero hoy comienza un nuevo capítulo, hoy comienza un nuevo presente y futuro, al cual le pongo todas las fichas de que me va a alegrar; no sé ni cómo, ni cuándo, ni dónde, pero sí va a ser en su momento, va a ser en su momento y será hermoso.

Oliver

¿Aún te sientes más joven de lo que pensaste que serías ahora?
Oh cariño, ¿has empezado ya a sentirte vieja?
No te preocupes. Estoy seguro de que aún sigues rompiendo corazones,
con la eficiencia con la que solo los jóvenes pueden hacerlo.
¿Y aún sigues pensando que el amor es un juego de láser
o te lo tomas más en serio?
He intentado preguntarte esto en algunos sueños que tuve,
pero tú siempre estás ocupada fingiendo.
¿Y te miras al espejo para recordarte a ti misma que estás ahí?
¿O cubren eso los besos de buenas noches de alguien?
Bueno, no estoy siendo honesto. Fingiré que solo fuiste una amante más.

Ahora no puedo pensar en el aire sin pensar en ti,
dudo que esto sea una sorpresa.
Y no puedo pensar en nada sobre lo que soñar,
no puedo encontrar ningún sitio donde esconderme.
Y cuando estoy sujeto por mis ojeras
y me convenzo a mi mismo de que necesito a otra
por un minuto resulta más fácil fingir que solo fuiste una amante más.

Cuando esté con una pipa y en pantuflas en una mecedora,
cantando canciones horribles sobre el verano
habré encontrado un mejor modo de fingir que solo fuiste otra amante más.

Love is a Lasequest – Arctic Monkeys

Nico Shuga

Un muffin y un café por favor. Capítulo 2


Se recomienda para entender al personaje principal, Oliver, leer antes la primera parte

… Mientras tanto, ahí estaba yo, respirando el aire de los primeros días de Octubre, sentado en mi tradicional mesa en la vereda.

Lo fantástico de esta mesa, de estar en la vereda, es que me permite ver a la gente pasar, gente esperando el colectivo, gente apurada por la rutina. Cada individuo totalmente distinto y único, que apenas se percata del bistro y de mi presencia, pero a los cuales yo veo con profunda concentración, tratando de ver sus caras, adivinando por qué ríen, por qué lloran, por qué parecen de piedra o me suenan familiares. Me gusta jugar a comprender qué pasa por sus mentes, preguntarme si son felices.

Sentarse en esta mesa a principios de la primavera tiene algo peculiarmente hermoso para los hombres. Las mujeres aprovechan los primeros días de calor para mostrar sus cuerpos, combinan escotes que muestran un poquito de sus pechos, con calzas que afirman sus glúteos, que también sirven un poco para protegerse del todavía viento fresco de agosto, que no quiere ser olvidado.

Por eso me gusta esta mesa. Si la gente que yo observo pasar, gente que probablemente no vea nunca más en mi vida, me viera ahí, relajado, nunca adivinaría lo que había hecho esa noche, lo que me estaba pasando por dentro; todo mi arrepentimiento tratando de salir por mi garganta.

Algo que me gusta es tomar el café caliente de a pequeños sorbos, no solo para disfrutarlo mejor, sino también para evitar esas ampollitas que te salen en la lengua al quemarte, que molestan al comer y besar. Pero ese día fue distinto, cada trago hirviendo pasaba como agua fresca en verano, quería irme de ahí, quería salir corriendo de la cafetería de los corazones rotos.

Pagué con lo que tenía y el resto lo sumaron a mi cuenta. Ese regreso a casa fue horrible, no tenía los lentes de sol, que me permiten caminar con los ojos cerrados como a mi me gusta, ya que así me concentro sólo en el aire suave en mi cara, y en mi respiración. Tampoco tenía mis auriculares, los que hacen que no tenga que escuchar, por ejemplo, a esos estúpidos empresarios de traje que caminan por la peatonal, que hablan por celular a los gritos con esa sonrisa de hijo de puta marcada para siempre como un tatuaje.

Llegué a mi departamento, mi lugar en el mundo. Mis vinilos y CD’s arriba de los libros recibiendo la luz matutina de la ventana. Ese olor de mañana londinense que quedó impregnado desde que volví de Europa. Veo las pilas y pilas de hojas escritas en la repisa. Mi departamento me da tranquilidad.

Me recosté a dormir una siesta, cuando el insomnio se apoderó de mi. Tenía la mente trabajando a miles de kilómetros por hora, no soportaba saber que alguien se había robado mi septiembre en primavera. No podía olvidar a ella, a mi ex, a Victoria.

Agarré el teléfono e hice un llamado del cual seguramente me arrepentiría. Acordé estar a las 15 horas en el Paseo del Buen Pastor. La espera fue eterna, más allá de que no creo muchas veces en el tiempo, que es una estúpida cosa de relojes y calendarios, esas 3 horas fueran brutales. Cuando llegó el momento, salí con mi camisa, jean y ojotas, olvidándome mi dignidad en la habitación sobre la cama.

Me gusta ser puntual, ni un minuto antes ni uno después, porque sino se crea un tiempo vacío, que le da a uno la posibilidad de pensar, y a veces, es mejor no pensar, como en este momento.

Llegué al mismo tiempo que ella aparecía, me saludó con un abrazo alegre, y con un beso mitad en la mejilla y mitad en los labios. Yo la abracé con tanta fuerza que parecía que no la soltaría jamás, aunque en realidad era simplemente un abrazo que usé para descargar energías, que lo usé como iba a usar a ella esa noche.

Ella es Nora, una mujer de Liverpool con la que yo había estado en pareja muchos años atrás, cuando viví en esa ciudad por 10 meses. Ella estaba acá por una semana y me quería ver para charlar, ponernos al día, y tomar algo. Yo solo la quería ver para tener sexo, para usarla como objeto para olvidarme de Victoria. Yo creía que mientras estuviera con más mujeres, más fácil me sería olvidar a la otra.

La llevé a recorrer el centro, vimos algunos lugares históricos, algunos shoppings, y terminamos besándonos sobre los puentes blancos del Parque de las Tejas mientras el sol se escondía para dejarle lugar a la luna; y todo lo que implicaba su llegada.

Cenamos asado porque ella quería conocer por qué era tan famosa esa comida. De postre unos helados, ella se pidió un sabor horrible recuerdo, amaretto o uno de esos, mientras que yo siempre fiel a mi relajante y ácido limón. No aguantaba la espera, quería tener ese cuerpo desnudo sobre el mío, así que antes de terminar los helados le dije que fuéramos a su hotel. Nunca llevo mujeres que no amo a mi departamento, él dice mucho sobre mí.

Durante el viaje de 6 pisos en el ascensor nos besamos con fuerza, ella ya al llegar a la habitación tenía el corpiño desprendido. Nora conocía muchas formas de dar placer, le gustaba hacerlo, aprendió en su tiempo en Amsterdam. Comenzó haciendo sexo oral, para demostrar su habilidad de profesional, para mostrarme lo bueno que era. Les mentiría si les digo que no lo disfruté, fue algo tremendamente excitante, pero carecía de pasión para mí, porque mi mente estaba pensando en otra mujer.

Íbamos por la mitad del acto sexual, y no podía dejar de pensar en Victoria, me irritaba profundamente que no saliera de mi cabeza su imagen. Mientras  Nora estaba de espaldas, estiré mi brazo hasta la mesa de luz, agarré el celular, marqué el número de la otra, y lo volví a dejar a un costado. El morbo que tuve en ese momento, soy desagradable. Dejar a Victoria escuchando los gemidos británicos exagerados de Nora, me liberó en el momento, me hizo olvidarla unos minutos, ahora que miro para atrás me siento inmundo y repugnante.

A la mañana siguiente me dolía el cuerpo, habíamos hecho posiciones extrañas a las cuales no estaba acostumbrado, pero más que el cuerpo, me dolía el alma. Otra vez, era otra mañana en la que me iba en silencio de una habitación, dejando a una mujer que no amaba, sola desnuda en la cama.

Y ahí volvía yo, a sentarme en la mesa de la vereda, a tomar un muffin y un café como desayuno. Volvía a tomar de una taza llena de reproches, a pensar en las lágrimas de la almohada, a ver mi celular que hablaba con los ojos tristes por haber sido cómplice de todo esto.

Una vez escuché: Lo peor del amor es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no quedan dos puntos suspensivos.

Creo que no debo condenar los archivos a la hoguera, creo que le puedo agregar esos puntos suspensivos a esta historia. Pagué el café y fui a mi departamento, agarré una birome y una hoja y comencé a largar estas últimas palabras, que estuve guardando para un último milagro. Y ahí le escribí:

 

“Victoria: …

Parte 3

Nico Shuga

Un muffin y un café por favor. Capítulo 1.


Sentía esa poderosa necesidad de escapar a mi bistro parisino de Córdoba, pedirme mi habitual muffin de chocolate y mi caramelo macchiato. Revisaba mis bolsillos; las llaves de mi casa que no habían sido  usadas esa noche, unos pesos del vuelto de los tragos del boliche, mi documento roto, en el cual sólo se podía leer mi nombre, Oliver, ya que la parte del apellido estaba borrosa por haberse mojado con vodka. Mi celular había desaparecido y mi campera había quedado en la casa de ella. Creo que nunca recuperaré esos objetos.

Había estado tan destruido por dentro, y mi alma rogaba por un refugio. La mujer que amaba ya no me cantaba al oído. Por semanas me golpeaba el pecho aparentando como si nunca hubiera perdido una guerra, hoy me golpeo la cabeza, por ser un pelotudo, y tomar el camino fácil para no enfrentarme a la realidad.

Siempre los odié, pero reconozco que a veces les tengo envidia a los mujeriegos, que buscan semanalmente una mujer distinta para coger. La timidez es mi super poder, es pésimo. Me indigna no poder reconstruir la valentía que tengo en mis sueños.

Durante varios días estuve desviando mi atención hacia otra mujer, porque se suponía que era el refugio que necesitaba. Nos mandamos mensajes, nos llamamos en un par de ocasiones, hasta nos encontramos para charlar mientras tomábamos un café con leche. Yo ya sabía en ese entonces cómo iba a terminar todo, podía haber adelantado el trámite, pero algo me decía que espere.

Esta vez no tenía miedo de olvidar el rostro de la otra mujer, de creer que sólo la había imaginado, de pensar que ahora la pobre de ella se da los besos de buenas noches ella misma.

Llegué a la casa de un amigo el sábado, tomamos mucho alcohol, para entrar al boliche ya con un poco de efecto en la sangre. Estaba tan decidido, estaba tan alcoholizado, que escuché en las noticias de que al otro día ella estaba planeando dispararme con un cañón.
Me chupaba un huevo la opinión de los demás y la justicia divina, esa noche me olvidaría de mi desamor. Agarré mis cigarrillos, mi dignidad, mis otros objetos y partí hacia mi destino.

Al llegar sólo me dediqué a buscar a la morocha esta, que me ayudaría a olvidar a la otra. Pasadas las 3 de la madrugada, estaba desorbitado por tantas cervezas, no podía respirar por tanto cigarrillos, cuando sentí un “Oliver” susurrado en mi oído izquierdo. Era la mujer que estaba esperando, con sus calzas apretadas, su escote asesino, y sus ganas de sexo a flor de piel. En ese momento no me pudo haber importado menos el resto de las cosas.

La felicidad está rodeada de dolor. A los minutos de habernos encontrado, estábamos besándonos de tal forma que la pasión de los demás se anulaba. Fue ahí, cuando frenamos porque se nos hinchaban los labios, que la vi a la otra, la que me tuvo en sus brazos durante tantos años. Estaba ahí llorando, viéndome y esperando a que yo corriera a abrazarla.

Mi primera reacción fue poner mis manos en la cola de la morocha, y ver qué hacía la otra, que seguía llorando, como si hubiera sido yo quien la engañó unos meses atrás. Pelotuda. Juntamos las cinturas con la morocha y volvimos a besarnos con fuerza. Al mirar de nuevo, la otra se había ido, dejando su vaso estrellado contra el piso, al grito de “hijo de mil puta“.

Fue un tiempo hermoso pero a su vez horrible. (Les recuerdo mi super poder, la timidez) Mi super poder ya no estaba, mis noches de valentía de insomnio se hacían presentes en la realidad. Ella mordía su labio inferior mientras juntaba los brazos para que sus tetas parecieran mucho más grandes. Ella lograba lo que quería, otra vez una mujer me tenía cautivo, pero ahora era diferente, yo no tenía ese maldito super poder, así que tomé las riendas del momento, me acerqué a ella y le dije al oído “vamos a tu departamento“. Me agarró de la mano y a los segundos estábamos en el taxi.

Pensé tanto durante ese pequeño viaje a su hogar, el tiempo interno, de nuestra mente y alma, es muy distinto al de los relojes. Para mí fueron horas, para el reloj, no más de quince minutos.

Cuando subimos al piso once y cruzamos la puerta, mientras ella se sacaba la ropa y me desabrochaba la camisa, noté lo simple que es la realidad, todo se puede olvidar durante un instante, todo se puede manejar con un poco de pasión que pise otra pasión.

El sexo fue demasiado salvaje, la morocha tenía una experiencia descomunal, y yo lo disfruté como nunca. Lo hicimos varias veces, hasta que terminó durmiendo sobre mi pecho mientras yo le acariciaba la espalda.
En ese momento no corría el tiempo, tenía grabada la parte de atrás de un reloj de arena, quieto, inmóvil, en mi retina. Hasta que por fin me pude dormir.

Desperté tipo 10 de la mañana, con una resaca absurda, y con una morocha desnuda descansando a mi lado. No me pude mover por varios minutos, estaba mareado. Todo en esa habitación parecía inútil y desagradable. Tenía que irme de ahí. Me vestí en silencio y salí corriendo dejando una carta que sólo decía: “Me tuve que ir. Oliver“.

La gente me veía caminando por las calles, con las zapatillas desatadas y los ojos todos rojos, se notaba que había estado llorando.

Pensé en mis amigos, festejando porque había estado con una mujer tan soñada; pensé en la otra, insultándome en sus sueños; pensé en mi, dueño de un recuerdo olvidado y reemplazado por una aventura corta y sin significado. Me senté acá, y me pedí mi habitual muffin de chocolate y caramelo macchiato mientras revisaba mis bolsillos, y me puse a escribir.

Todos saben que un corazón roto es ciego, pero en ese momento, noté que estaba más solo que nunca.

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor, ahora me doy cuenta de que en mi caso no es así, de que en mí, todo lo que sea futuro, va a ser mejor.

Oliver.

Parte 2Parte 3

Nico Shuga