The Last One


Para arrancar, les paso a contar que el título del post va en honor al último episodio de Friends, que tiene ese nombre. Y bueno nada, me pareció copado para poner.

Este no va a ser un post largo ni nada, va a ser conciso como para que quede una despedida en el blog.

Si, bueno, dejo de escribir acá. Bah, dejo de escribir en general. Hace tiempo que me cuesta mucho hacerlo, no tengo bien definido el por qué, pero creo que se debe a que no tengo inspiración. Me siento al frente de una hoja y pasan los minutos y sigue estando en blanco, inclusive pasaron horas y nada, cerraba mi cuaderno y me iba. Si llegaba a poder escribir algo, mientras lo hacía (y obviamente después) sentía que era basura, que era repetitivo, que no tenía nada de creatividad, que daba lo mismo si se escribía o no. Todavía siento eso cuando leo por ejemplo el último cuento o varios capítulos del penúltimo.

Tenía capaz un destello de inspiración, escribía algo que me gustaba, y después no lo podía seguir porque la mente se me bloqueaba de nuevo, y ahí quedaba, el post a la mitad, yo sintiendo al blog como una carga, y odiando que quedaran las cosas incompletas. Así que ahí me esforzaba y escribía algo que no me gustaba, que no valía la pena, pero por lo menos ayudaba a terminar la historia y me sacaba esa mochila. Hasta me cuesta bastante entender a la gente que me dice que lo que hice está bueno.

La principal teoría de por qué me pasa esto, como ya lo dije, es la de que me falta inspiración (también puede ser que soy una poronga escribiendo, pero bueno, vamos a dejar eso como última alternativa). Durante estos meses mi vida fue muy estable, muy normal, muy nada. No hubo algún amor, no hubo algún hecho que me motivara a expresarme, no existió una pasión que me quitara el sueño por las noche. Nada. Eso supongo que mató un poco mi creatividad. Traté leyendo libros nuevos, viejos, mirando películas que antes habían funcionado para esto; pero todo se mantenía igual. Todo se mantiene igual.
Pero para que no deje una imagen triste de mí esto, también hay otra teoría (es una frase de Cortázar) de por qué no puedo escribir, que más allá de que probablemente no sea cierta, es más poética y hace todo esto más lindo:

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Seguro que es eso, no?

Bueno, esto no es el final del blog, va a seguir estando acá para cuando quieran respirar mi literatura (?). Esto tal vez es un hasta luego, quién sabe, capaz dentro de unos meses me tienen escribiendo de nuevo. Se verá, por lo menos por ahora, es una pausa indeterminada, que marca el cierre de un ciclo, el cierre de un ciclo de este blog que tanto quiero. Esto es algo así como el final de una temporada de una serie de la que no se sabe si renueva para una segunda. (?)

No es fácil mantener un blog por más de un año, hoy en día no entiendo cómo hacía para escribir semanalmente antes, por eso, estoy orgulloso de esto que llamé And You Will Love It en “honor” a esta foto

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…,de todo lo que representó para mí, y ciertamente también para otra gente, que lo leyó, que lo lee, y que tal vez lo lea o relea en un futuro.

Para ir cerrando voy a poner una frase de una canción de Sabina, la misma frase con la que finalicé hace mucho mi primer post, que forzándola un poco e imaginando que soy re pete y le hablo yo a mi blog como si fuera una novia que estoy dejando, también va con este último post:

“Este adiós no maquilla un hasta luego, este nunca no esconde un ojala, estas cenizas no juegan con fuego, este ciego no mira para atrás. Este notario firma lo que escribo, esta letra no la protestaré, ahórrate el acuse de recibo, estas vísperas son las de después. A este ruido tan huérfano de padre no voy a permitirle que taladre un corazón podrido de latir. Este pez ya no muere por tu boca, este loco se va con otra loca, estos ojos no lloran más por ti.”

Y bueno,

gracias a todos por tanto

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(queda re dramático y no quiero que sea así pero también queda como muy bien esta imagen de esta escena para cerrar)

Adiós

Nico Shuga

La Vie En Rose. Parte 3 – Parte 4 (Final)


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Los seres humanos, casi en su totalidad, suelen hacer pequeñas promesas a diario, pequeñas promesas que no significan mucho, que se esfuman en el aire; pero Jean y Anne no eran de ese tipo, su promesa, en este caso de escribirse la mayor cantidad de veces que la guerra les permitiera, la cumplieron con mucho esfuerzo. El recibir, una mañana de primavera mientras el sol aparece desde muy temprano junto con los pájaros y sus cantos, una carta que confirmara que el otro está ahí, está cumpliendo su palabra, está luchando por cumplirla; les generaba una sensación inigualable de alegría, esperanza y amor.

Las cartas los mantenían vivos, les daban ese empujón para no rendirse y seguir hasta el final sabiendo que alguien más estaba esperando lo mismo en otra ciudad. Pero en algún momento eso acabaría, ambos lo sabían, pero no querían creerlo. El día que la guerra no les permitiera tenerse el uno al otro llegaría pronto.

                “Anne

Te extraño. Durante las noches, mientras se escucha de fondo las explosiones y los disparos a lo lejos, lo único que me calma es ver nuestra fotografía y pensar en esos paseos por los viñedos; el soñar con que pronto todo eso volverá a suceder.

Christophe ya está mejor de su herida, aunque le duele mucho lo disfruta porque Danielle es la encargada de cuidarlo. En teoría mañana se estará reincorporando al pelotón.

Esta noche estaré haciendo guardia, pero no te preocupes, la región es segura aquí, no sucederá nada inesperado. Pronto te volveré a escribir una carta más extensa, ahora tengo poco tiempo ya que estamos inventariando el armamento y casi no hay momentos libres.

Te amo, espero tu respuesta. Dentro de poco volveremos a estar juntos.

Jean”

Esa fue la última carta que pudieron enviarse. La realidad era muy distinta a la que él describía. Chistophe estaba mal herido, pero debido a que eran pocos los que quedaban y podían mantenerse de pie, estaba obligado a batallar de todas formas. Tenían poco alimento, pocas fuerzas, ir a la guardia durante la madrugada era una apuesta casi segura a la muerte. Pero Jean no podía decirle eso a Anne, debía mantenerla con ilusiones de que todo saldría bien, aunque él comprendía que las posibilidades de que su vida terminara esa misma semana eran muy altas.

Con la ciudad liberada, los alemanes tomaron París e impusieron su régimen de dolor y sufrimiento. Confiscaron alimentos y combustibles, los ciudadanos morían de hambre y se preparaban para pronto morir de frío. Para ellos también las posibilidades de supervivencia eran muy bajas. Anne y su familia, al igual que muchos otros, sobrevivían haciendo harinas a partir de tulipanes, con las cuales podían cocinar distintos tipos de galletas y tartas.

Anne había recibido la última carta de Jean días atrás, y desde ese entonces no pudo comunicarse más con él. Estaba devastada, pero no podía dejarse caer suponiendo que su amor se encontraba luchando. Durante esas semanas otro factor hacía que no pudiera rendirse, ella estaba embarazada. Todo había sucedido muy rápido desde aquella última vez que estuvo con Jean antes de su partida, hasta descubrir el embarazo, estaba en shock, y además por ahora, debía evitar que su familia lo descubriera, por ello se guardó la noticia para ella misma hasta que sea imposible ocultarlo. Con un hijo en camino, un amor que capaz no volvería a ver, y un mundo devastado; Anne por las noches solía acostarse insultando su destino, llorando hasta dormirse. Tal vez su sonrisa brillaría con Jean a su lado, o por lo menos con el saber cómo se encuentra, pero no era así, y cada día se le complicaba más ver a través de sus ojos el mundo como lo veía antes, cada día se hacían más duras y profundas, esas lastimaduras de las cartas de amor jamás enviadas.

Parte 4

El invierno se acercaba, junto con él las temperaturas bajo cero y el temor de saber que debido a que los alemanes habían usurpado los combustibles, la gente moriría de frío en las calles. El embarazo de Anne ya era imposible de ocultar, su familia estaba, más que enojada, preocupada por cómo harían para que un recién nacido sobreviviera a tal contexto. Por las noches ingresaban a las casas de los vecinos, y robaban un poco de leche, pan, y alguna que otra frazada. No estaban orgullosos de ello, pero entendía que era la única posibilidad para proteger a Anne y al bebé.

Los días pasaban, semanas, meses, y no llegaban noticias de Jean, lo único que se sabía era que las tierras en las que se encontraba con el resto de sus compañeros ya habían sido arrasadas por los alemanes. Anne no podía creer en la posibilidad más segura, de que él había muerto, simplemente no podía; pero por alguna extraña razón, su corazón ya no latía de la misma forma al mirar sus fotos juntos. Inconscientemente tal vez, su cuerpo intentaba olvidarlo, de a poco iba fingiendo que no fue importante para su vida; de la misma forma en la que solemos proceder para superar a un amor no correspondido; tratando de menospreciarlo, haciendo de cuenta de que “todo pasa (o no pasa) por algo”. Pero sabemos que no es así, que el ser humano muchas veces encuentra como única solución mentirse a sí mismo, consciente de ello o no, para poder seguir adelante, disimulando salir ileso mientras esconde el polvo bajo la alfombra. Anne estaba pasando por eso.

Finalmente el momento en el que aceptó y se dio cuenta de que era casi seguro de que Jean estuviera muerto llegó. Segundos después del parto; precario, realizado por la madre; comprendió que no había un padre para su hijo, pero si había una vida humana que dependía de ella. Al verle los pequeños pies, los deditos moviéndose de Charles, (como habían soñando nombrarlo con Jean) fue más fuerte que nunca en su vida, se sintió imbatible, al tener a su hijo en sus brazos, sintió esa fuerza para seguir adelante que solo te puede dar la vida de otra persona, la misma fuerza que le daba Jean con sus cartas.

Fue difícil,  como para todos en esa época, la guerra creció hasta proporciones nunca antes vistas, y luego de a poco se fue acabando, de a poco se fue terminando el camino de la destrucción, y fue naciendo el de la reconstrucción. Hubieron unos momentos peores que otros, como asimilar lo sucedido con Jean, también, durante una madrugada un grupo de oficiales nazis haciendo un control se llevó y mató al padre de Anne al resistirse a entregar los alimentos que tenían. Pero a pesar de todo eso, pudieron salir adelante, con las esperanzas rotas pero con mucho coraje. Tanto resistir rindió sus frutos para Anne, que ahora podía sentarse en la puerta de su casa a ver jugar alegremente en la vereda al pequeño Charles.

Un día la puerta sonó aproximadamente a las tres de la tarde, nadie esperaba visitas, pero si esa visita esperaba a alguien. Charles corrió y abrió la puerta, del otro lado, un hombre barbudo, con varias cicatrices y la ropa un tanto vieja; también unos pasos más atrás, una joven pareja; él, bien rubio y con un par de muletas, ella, una refinada mujer vestida de blanco como una enfermera.

El hombre se dejó caer sobre sus rodillas, casi incrédulo miró a Charles, lo abrazó, y rompió en llanto. Él, era Jean, había sobrevivido con Christophe y Danielle; habían logrado huir a tiempo y se refugiaron como civiles en una zona asilada de Holanda. Anne se acercó a la puerta, y cuando lo vio sintió un alivio en su cuerpo incomparable, se sintió tan en paz como en un sueño, sintió el mundo detenerse, nada más importaba que ellos en ese momento. También comenzó a llorar y se sumó al abrazo.

Después de tanto tiempo, después de tanta lucha, tal como se prometieron, Anne y Jean, terminaron juntos.

Fin

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Nico Shuga

La Vie En Rose. Parte 2


Parte 1

Jean tras la presentación de sus superiores en el pabellón, se dirigió a dejar su equipaje. Tenía asignada la litera 14, eligió la cama de abajo por el simple hecho de que el vértigo de dormir arriba le afectaría el sueño. Apenas dejó sus bolsos, tomó un papel, un lápiz, y comenzó a redactar una carta para Anne. En la misma le prometió que le escribiría cada vez que pudiera hacerlo, todos los días si tenía la posibilidad, también le dijo que la amaba, mucho, y que no quería que ella estuviera triste ni preocupada, que en un futuro cuando estén jugando con sus nietos, envejeciendo juntos, recordarán esto como una anécdota; que no sería una tragedia para ninguno de los dos.

Mientras escribía, un joven se acercó y le preguntó “¿litera 14?”. Ese joven era Christophe Noel, un hombre honesto, bien rubio, con una tez rojiza como consecuencia de trabajar tantas horas en el campo bajo el sol; genéticamente musculoso, rápido, inteligente, aunque bastante tímido; le gustaba fumar de su pipa una vez al día, al atardecer antes de cenar y luego de haberse quitado la tierra de la ropa. Ese joven se convertiría en el mejor amigo de Jean.

Mientras uno desempacaba y el otro finalizaba la carta, el Coronel ingresó al pabellón y tras un par de fuertes gritos les avisó a los soldados que estén listos de inmediato para una serie de revisiones médicas y un posterior entrenamiento de batalla.

Danielle era una enfermera de 21 años que colaboraba con el médico que controló a Jean y a Christophe. Era morocha, delgada, de corta estatura, de pecho prominente y ojos color avellanas. Estaba allí con su madre, también enfermera, y seguía una tradición de las mujeres de su familia de estar en las guerras ocupándose del cuidado médico. Era graciosa, habladora, con una tonada sureña difícil de la destacaba del resto. Muchos hombres quisieron y querían estar con ella, entre los cuales se encontraba Christophe, quien quedó atónito desde el primer instante en que la vio. No iba a ser sencillo conquistarla, era una mujer reservada, nunca había estado con un hombre, nunca había tenido un novio, nunca se había enamorado de verdad.

A la hora de la cena, Jean y Christophe tuvieron su primera charla profunda, con la cual comenzaron a forjar su amistad. La adrenalina de disparar, la pasión por defender su patria, era común entre ellos, aunque también, y con gran fuerza, compartían en miedo a no regresar, a no volver a ver jamás a sus seres queridos, tal vez ese último sentimiento, estaba más presente en ellos que en los demás soldados. El rubio, a pesar de eso, era un ser muy solidario y para ayudar a Jean, le dijo que no se asuste, que él se encargaría personalmente de llevarlo vivo a su hogar para que se case y tenga el hijo que tanto desea, pero que a cambio, lo dejaría ser el padrino del mismo. Así en cada momento de dolor, miedo, incertidumbre, para motivarlo y tocarle un poco los sentimientos le decía que no se rindiera porque ahí había un padrino esperando tener un ahijado al terminar la guerra.

A la mañana siguiente Anne, que había estado desconcertada, llorando hasta quedarse sin lágrimas, hasta que sus ojos le ardieron, recibió una carta, la primera de muchas que vendrían. Al leerla, con emoción y melancolía, comprendió que ese era su destino, el destino de ambos, y que no podían rendirse ante ese destino, que siempre que al sentir que iba a recaer, tendría la imagen de Jean, protegiéndola, y viceversa. Así, los días se hicieron más soportables para los dos, y durante las noches no había más desvelos causados por la preocupación. Así, entendieron que su tierra prometida, ese lugar donde no hay nada más que sonrisas, era en la mente y corazón de ellos, al saber que se tenían uno al otro, para evitar recaer.

Los días pasaron, él con sus compañeros seguían preparándose para la batalla, ella y las familias parisinas comenzaban a guardar provisiones por precaución, la guerra se acercaba cada vez más, y los alemanes ganaban cada vez más territorio.

Era un 10 de junio de 1940 cuando ya no se tenían el uno al otro para aferrarse. El gobierno francés declaró ciudad abierta a París y la abandonó ante el inminente triunfo alemán. Varios días habían pasado desde la última carta que recibió Anne, y más días aún de la última que leyó Jean; ya no había nadie del otro lado para evitar la recaída, ya ninguno sabía nada del otro, ya solo era cuestión de fe, de esperar que si algún día todo el caos terminara, al volver a casa se encontrarían con una sonrisa, y no con un lamento.

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Nico Shuga

La Vie En Rose


Parte 1

Eran tiempos de guerra allá en Mayo de 1940. Uno al caminar por los bulevares de París sentía en el aire un espesor particular, que delataba que algo sucedería pronto. Los vecinos intrigados, confundidos, elegían no salir a las calles por precaución. En sus rostros se veía esa incomodidad.

Los más viejos ya conocían lo que era estar ahí, en una guerra, habían visto seres queridos morir en batallas, habían aprendido a lidiar con el dolor. Pero los más jóvenes, oh ellos, que habiendo crecido escuchando heroicos relatos, creían que esta era una oportunidad para consagrarse, jamás se imaginaban que la muerte era una posibilidad. En la mente de ellos, su pelotón saltaba sobre montículos de arena, emboscando y atrapando al enemigo con una facilidad solo vista en películas.

Jean era un joven de 22 años, siguió la tradición familiar y se unió a la armada. Él era uno de los tantos que creía que la guerra era un buen momento para ellos. Jean vivía en los suburbios, a 12 casa de Anne, su prometida de 20 años. Ambos habían estado en pareja desde hace 3 primaveras, hasta que en enero pasado él le propuso casamiento, y ella aceptó. Decidieron posponer la boda durante unos meses hasta que el clima europeo se calmara, no deseaban traer un hijo a un mundo tan dañado, además, Jean tendría que irse al campo de batalla en algún momento, y no quería abandonar a Anne y a un probable hijo.

A pesar de todo, eran felices, su relación tenía constantemente el amor y la alegría de los primeros meses, salían a dar largas caminatas por las callecitas del centro, paraban en bistros y tomaban, él, café irlandés con una porción de budín; ella, un té con limón acompañado por unas galletitas glaseadas; deambulaban por los viñedos, se sentaban a ver el atardecer mientras disfrutaban de un picnic. Para ellos el tiempo no pasaba, la guerra no existía, el amor los protegía del resto del mundo, eran simplemente felices.

Cada vez el clima político y social empeoraba, y a pesar de todo ese refugio brindado por el amor, Anne comenzaba a preocuparse porque pronto Jean se marcharía para defender a Francia. Él, por otro lado, estaba ansioso y alegre por ello, su mente solo planteaba un futuro con desfiles por las calles festejando la victoria sobre los alemanes.

A comienzos de abril, en uno de esos tradicionales y hermosos paseos que solían hacer juntos, entraron a una librería a buscar un poco de literatura, esa que tanto disfrutaban. El hombre que atendía lucía nervioso y asustado, estaba escuchando por la radio que las tropas del Eje empezaban a ganar cada vez más territorio y que pronto, llegarían a París. El hombre, canoso y barbudo, que transmitía experiencia y sabiduría, miró a la pareja y les dijo: “Es mejor que comencemos a rezar por los jóvenes que irán a pelear contra estas bestias”. Luego les relató algunas viejas historias de guerra que no tenían tan buen final como los que Jean había escuchado e imaginado. Esa noche, cerca de las 3 am el mismo Jean vio como disparaban a sus compañeros, como estos morían, como algunos otros eran tomados de prisioneros y torturados, durante ese sueño entendió lo que se aproximaba.

Al despertar repentinamente, con sudor en la frente y casi sin aire, se sentó al pie de la cama mientras observaba un retrato de Anne y comenzó a tener miedo, pero no miedo a morir, no no, más bien miedo a no poder vivir con ella. Se imaginaba situaciones en las que él era asesinado o secuestrado y entendía que el dolor de dejar la vida era menor al de dejar a ese amor. Incluso en otra noche similar deseó jamás haberla conocido, haberse enamorado, para así vivir este proceso de manera más sencilla.

Jean optó por no contarle a Anee estos sueños que estaba padeciendo, no quería preocuparla más de lo que ya estaba. Así se dedicó a aprovechar al máximo lo que tal vez serían sus últimos días con ella.

Unos días antes del 10 de mayo, a la casa en los suburbios llegó una carta de la armada, la misma requería con urgencia la presencia de Jean Moreau. Esa misma tarde, él debía enlistarse.

Su madre quien vio la carta primero, rompió en llanto; su padre, siempre serio, tomó la noticia sin sorpresas pero con dolor; su hermano menor, todavía muy pequeño para comprender lo que sucedía, simplemente se acopló a las reacciones de los demás. El joven militar se fundió en un estado de shock, no emitió ninguna palabra y se encerró en su cuarto. Habrá estado media hora mirando fotografías de su familia y de su prometida, tomó una buena bocanada de aire y fue a almorzar con el resto de las personas de la casa. En ese tiempo decidió no decirle a Anne que debía partir, había entendido que ninguno de los dos soportaría una despedida, tal vez, la última de sus vidas; y que así sería más alegre su retorno, y en caso de no hacerlo, menos doloroso.

A las 15 horas tras una emotivo y duro adiós de la familia, Jean emprendió su camino solitario hasta la estación de trenes donde se encontraría con sus futuros compañeros. Monique, su madre, era una noble, alegre, trabajadora y sentimental mujer, que no podía tolerar que Anne no supiera de esto, por ende cruzó las 12 casas y le contó sobre lo sucedido. La joven prometida al enterarse, sintió un frío que le recorrió desde la espalda hasta la punta de los dedos, que la atravesó hasta los huesos; su estómago se retorció mientras su garganta se cerraba y sus ojos liberaban más de una lágrima. Anee abrazó a Monique, luego montó su bicicleta y pedaleó, pedaleó con toda la velocidad que sus péquelas piernas le permitían, pedaleó como nunca antes para llegar a tiempo a la estación de trenes.

Al llegar comenzó a buscar entre la multitud, pero solo encontraba familiares de soldados, gente con sonrisas que mezclaban orgullo y alegría, pero que contrastaban con sus ojos rojos que transmitían tristeza, y sus manos apretadas a tal punto de que las uñas quedarían marcadas en ellas por horas, que demostraban la impotencia que dejan ciertas despedidas. Los hombres que partían a la guerra ya estaban arriba del tren, Anne sabía que era imposible ahora encontrar a Jean, pues tenía que buscar su cara entre todas las ventanas, y él lo más probable, no estaría mirando ya que no tendría por qué hacerlo al no tener a nadie a quién saludar.

Los motores se encendieron y el tren comenzó a moverse lentamente, mientras Anne corría con la pequeña esperanza de ver a Jean al menos en las últimas butacas. Su desesperación se estaba haciendo incontrolable, hasta que de golpe se frenó y dio un corto y fuerte suspiro, al verlo sentado ahí, al final del último vagón, con la cabeza gacha, mirando fotografías. Ella con todo su corazón, gritó el nombre de su prometido. Él la escuchó, levantó su cabeza, abrió los ojos y sonrió casi instantáneamente, como un acto reflejo. Enseguida volvió a bajar la mirada, porque sabía que simplemente no podía verla ahí, solita, eso lo mataba por dentro. Juntó valor, y mirando de reojos le envió un sutil beso de despedida, de esos que nadie más debe haber visto, pero que se sintió, ellos lo sintieron, como un beso que atraviesa el alma, haciendo que nada más en el mundo importe, nada más que solo ese beso de adiós.

 

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Nico Shuga

Necesitamos los huevos


(los huevos de gallina, no los otros)

La semana pasada tenía muy claro qué escribir en este post, y ahora, no tengo la menor idea ¯\_(ツ)_/¯. Veremos lo que sale.

Tenía pensado hablar, como hace mucho no lo hacía, sobre las relaciones, inspirado un poco en la película Annie Hall de Woody Allen y en el hecho de que me enamoré 3 veces en la misma semana, posta. Era perfecto, porque ambas cosas están muy relacionadas.

Cuando me pasó eso de enamorarme misteriosamente 3 veces, me puse a pensar qué me llevó a eso, qué pasó dentro de mi para que se produzca algo que no se puede controlar como el amor, que puede ir y venir sin aviso alguno. Comencé a elaborar ciertas hipótesis:

La primera era que era un pajero, y que quería una mina por el simple hecho de ser un pajero. Esa teoría la rechacé, porque según mis fríos cálculos (?) las mujeres de las que me “enamoraba” no eran ni putas fáciles ni tenían un cuerpo de pornostar. Ademas es muy fácil distinguir la calentura de los sentimientos, entonces me puse a pensar sobre cada una de esas mujeres y me di cuenta de que sí era un “enamoramiento” (aclaro que voy a poner todas las derivaciones de la palabra enamorar entre comillas por las dudas). En fin, esa teoría quedó descartada.

La segunda teoría es que era por aburrimiento, que estaba aburrido de la rutina de la soltería (?) y que quería, por voluntad propia de mi subconsciente estar “enamorado” para así tener algo alguien a que dedicarle mi tiempo. Era una muy buena hipótesis, y como primer fundamento se encontraba el hecho de que el aburrimiento no siempre se distingue, muchas veces pasa que uno lo confunde con otras cosas, por lo general es hambre, pero en este caso sería “amor”. Aparte estaba en la época que todos están rindiendo, entonces la mayoría de mis amigos estaban estudiando y por ende había momentos en los que no tenía compañía para hacer algo, me aburría, y mi mente pensaba que necesitaba una novia. Descarté esto al comprobar que cuando a mi vida se sumaron nuevas actividades y mis amigos terminaron de rendir y me juntaba con ellos de nuevo, y ya no estaba más aburrido, me volvió a pasar lo del “enamoramiento”.

Acá es donde entra la tercera teoría, la que personalmente creo que es la correcta, y la que tiene relación con la película Annie Hall.

Annie Hall monólogo

 

 

Ahí está, así de simple, “most of us need the eggs“. Seguramente uno no siente determinadas cosas por alguien por el simple hecho de querer hacerlo. Seguramente lo hace, porque lo necesita, porque le da algo, adrenalina, alegría, el hermoso temor y la pasión de estar “enamorado” que hace que la vida de uno cambie dramáticamente, etc. Algo de todo eso le hace bien a uno, y muchas veces uno no lo sabe conscientemente, y por eso necesita, como dice Woody, “the eggs”.

También en la película se dice que la vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento y tristeza; y que se termina muy rápido. Comparto, pero creo que esas razones son las que también nos llevan a que necesitemos “the eggs”, que estar con alguien que nos haga feliz, nos ayuda a atravesar eso de una mejor forma, y hasta en determinados momentos hace que no percibamos ninguno de esos puntos. También nos ayuda para los buenos instantes, esos segundos de felicidad que se van tan rápido, pueden volver cuando son recordados con alguien, cuando vez a alguna persona y ésta hace que la mente evoque los momentos más alegres. Como se dice en Into The Wild,  “Happiness only real when shared”. (también creo que se puede aplicar lo mismo pero con los malos recuerdos, pero eso se deberá tratar en otro post capaz).

Tal vez mi imaginación que es media colgada y se apodera de mi haciendo que a veces me cueste identificar la fantasía dentro de la realidad haga que piense todo esto, y en realidad soy un pajero nato (?), espero que no, porque me gusta creer que a veces las cosas de la vida pueden funcionar de este modo en el cual hacemos inconscientemente algo que nos hace feliz. Me gusta creer que es un regalo de que nos hacemos nosotros mismos, no se si me explico.

Bueno antes de que esto se ponga muy meloso voy a terminar de escribir. No se si les pareció una pelotudez o si les copó, pero bueno, creo que refleja un poco lo que creo con respecto a las relaciones. Y ya se que seguro se deben estar muriendo por saber quiénes son las chicas que me produjeron esto, así que se los voy a decir, pero dentro de unos 10 años. (?)

Para cerrar, una canción que no se si tiene que ver con el post, pero bueno, me pintó:

 

Nico Shuga

P.D.: Si no te gustó, te aviso que te robe varios minutos de tu vida, forr@.

P.D.1: No se con quien estoy hablando.