Es una etapa


Quería que el primer post del segundo año de mi blog fuera sensacional (al final me terminó saliendo esto), que yo me sintiera satisfecho con lo escrito y que a la gente que le gustara, por eso no posteaba nada. Estaba en la duda de escribir un cuento nuevo, alguna historia, retomar el estilo de mis primeros posts; no sabía que hacer, y no encontraba la inspiración para hacerlo.

Me apoyé en la idea del cuento, iba a esperar que algo me pasara, que alguna persona se metiera en mi vida, que algún evento me marque, que descubriera algo nuevo, que se yo. Pero nada, nada pasó. Así que me resigné a seguir esperando por ese “algo”.

Hoy (domingo 24 de febrero) me desperté a las 6 am, no se por qué, y noté nuevamente lo que no notaba hace mucho: los juegos extraños que hace la mente en la cabeza de uno a la madrugada. Ojo, ayer también mi mente estuvo rara y engañosa, y antes de ayer, y antes de antes de ayer, y así todas las noches (soy de quedarme despierto hasta casi el amanecer).

Me pasa que siempre, durante las primeras horas del día (o en realidad de la noche) mi cabeza trabaja a su máximo potencial para crear ideas absurdas sobre la vida, sobre tomar riesgos sin importar las consecuencias, sobre cómo debería enfrentar mi presente y futuro.

El amor, las mujeres, los amigos, la familia, la carrera, el trabajo. Recibirse, conseguir un empleo que me permita vivir tranquilo para mantener una familia y poder tener vacaciones a fin de año, casarse, tener hijos, ser un buen padre, educarlos hasta que se van de la casa, jubilarme, boludear de viejo, morir. Bueno, todo eso se me pasó por la cabeza estas semanas. Por qué tiene que ser todo tan así, tan estipulado, tan que si no lo hacés sos una decepción para mucha gente, tan que no triunfaste en la vida.

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No se, más de una vez se me cruzó por la cabeza ser Alexander Supertramp (la foto es de la película Into The Wild que narra esa historia real), total, a esta edad no hay nada que perder, todo lo contrario, hay mucho, mucho que ganar. Pero ojalá todo fuera tan fácil. Suelo recordar en momentos así una frase de una película, Charlie Bartlett, en la que uno de los personajes dice “I can’t kill myself. I’ve got too many responsibilities. Parece una boludez, pero es muy cierto, uno no puede hacer lo quiere la mayoría de las veces porque tiene muchas responsabilidades, responsabilidades sociales, que te obligan a seguir una determinada línea para no ser un “descarrilado”.

(me fui a la mierda del tema sobre el cual tenía pensado hablar, la madrugada, pero bueno, creo que esto puede ir bien)

El otro día hablaba con un amigo, a quien lo vamos a llamar en este post como Lalo Landa, que me decía que se sentía “un fracaso en la vida” porque a otros les estaba comenzando a ir bien. Lo que me dijo no fue muy raro, a todos se nos pasó por la cabeza alguna vez de que nuestras vidas no estaban yendo a ningún lado. A mi me pasa seguido, sobre todo a la madrugada. Eso pasa porque nos comenzamos a dar cuenta de que no falta mucho para recibirnos y “salir al mundo exterior”, fuera de la vida de estudiante, y comenzamos a sentir de que se nos viene el mundo encima, que futuro ya es ahora y tenemos que trabajar y hacer muchas cosas bien para conseguir un buen trabajo, tener una buena familia, y éxito en la vida. ¿Nunca les carcomió la cabeza eso?

El decir “tengo 20 años, cuando pase el mismo tiempo que ya viví voy a ser un hombre 40, y siento que viví muy poco recién y que no hay forma que en ese corto tiempo uno llegue a hacer todo lo que “debe hacer”.

Es normal asustarse ahora, porque antes uno decía “bueno en 5 años cuando me esté por recibir voy a estar trabajando, viviendo solo, y ya formándome un futuro”, y ahora te das cuenta de que falta un año para esos “5 años” y todavía no hiciste la mitad de lo que habías pensado hacer. Bueno, las cosas en realidad no funcionan así. Uno elige, ahora, el año que viene, cuando quiera y lo sienta, qué hacer. A veces no está mal tomarse un tiempo para uno, hacer una cosa a la vez, y reencontrarse con uno mismo. Porque al hacer lo que uno desea, en el momento que siente que debe hacerlo, se llena más internamente, y se hace más feliz, y a medida que va descubriendo qué lo va haciendo más y más feliz, lo va haciendo más seguido, y así y es como comienza a formarse su verdadero futuro.

Tal vez el casarse, tener una familia, tener un trabajo estable para mantener un hogar, deba esperar un poco, pero ¿Qué tiene de malo? Capaz haya que soportar alguna tía que pregunte “¿Para cuándo la novia?” y cosas así que preguntan las tías, pero nada más.

Me fui a la recalcada concha de la lora de tema y antes de comenzar a creer que soy Steve Jobs en Stanford hablando sobre la vida, voy a dejar de escribir.

Hace mucho que no hacía post de este estilo, así que espero que no me haya salido tan pedorro. Igual voy a tratar de hacer algunos más así para variar un poco, hasta creo que ya tengo tema para el próximo (tiene que ver con que me enamoré 3 veces la semana pasada).

Para terminar, pongo una muy buena canción que creo que tiene una letra queda bien para este post. Es de una banda británica que me encanta, The Vaccines. Escúchenla, no se van a arrepentir.

 

Nico Shuga

P.D.: Si no te gustó, te aviso que te robe varios minutos de tu vida, forr@.

P.D.1: No se con quien estoy hablando.

Un año. Recién aprendiendo a caminar.


Una madrugada de un 8 de febrero como hoy, pero un año atrás, nacía este blog.

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Increíble lo rápido que pasó el tiempo, increíble que no me mató la vagancia y pude mantenerlo por un año entero. Metí 36 post en las 52 semanas, no sé como carajo hice para escribir tanto.

Esto pasó por varias remodelaciones, por distintos temas y diseños, por diferentes métodos de escritura, tópicos, objetivos y desafíos personales. Muy atrás quedaron los primeros post en los que me dejaba a mí mismo como un ridículo ante el mundo, en los que contaba anécdotas que me pasaban en la vida real, en los que trataba de analizar las relaciones humanas, y sobre todo, a la mente de la mujer (la cual sigo sin comprender). Después comencé a escribir lo que llamé “escritos más poéticos” porque no tenía idea cómo catalogarlos, eran textos formados con letras de canciones de alguna banda en particular, que contaban alguna historia que tenía que ver con mi vida pero que no me exponía tanto como en los primeros post. Ah, el detalle es que siempre comenzaba diciendo:

Antes de comenzar quiero aclarar que este post habla de una historia hipotética. No habla de mi ni de nadie en particular

Así resguardaba más todavía mi vida privada. Fueron buenos post, fue la primera vez en mi vida que escribía algo en forma de historia, y contaban con el plus de la metáfora que les otorgaban las canciones. El momento culmine de esto llegó cuando me basé en canciones de The Beatles, y escribí el post más largo hasta ese momento, que por cierto me costó muchísimo, y me encantó.

Como siempre fui de aburrirme de la rutina volví a cambiar el tipo de post, volví a los temas originales de análisis de las relaciones humanas, pero ahora usando como medio las películas que veía. Me gustó, fue divertido hacerlo, pero me volvía muy repetitivo y me copiaba de mis primeros post, así que otra vez cambié.

Una mención especial se llevan el par de “En la vieja florería”, que relatan noches épicas de joda. Espero que vengan muchos más de esos en un futuro cercano.

Más cerca en el tiempo, comencé a escribir pequeños cuentos, más precisamente 2, uno con tres partes y otro con seis. Entre medio de ellos, me di el gusto de tirar un par de poemas, que creo que no son mi especialidad (tampoco sé si tengo alguna especialidad). Pero también ya me estoy cansando un poco de esos cuentos, me lleva mucho tiempo hacerlos y en la rutina del día a día no es fácil conseguir el espacio de tranquilidad para escribir. Habrá que ver qué rumbo tomará el blog ahora, un año después.

En fin, más de 10.000 visitas, 36 post, llegando a 62 países, estoy orgulloso de mí mismo, y la verdad no lo digo con soberbia y no quiero que lo tomen así, pero la verdad nunca me lo hubiera esperado, pensaba que al par de meses ya habría abandonado esto.

Y lo más importante, gracias a todos, los que me leen, los que me leyeron alguna vez, los que me cruzan en persona y me hablan del blog, los que lo hacen por las redes sociales, gracias. Algunas menciones especiales para Nan, que desde que recuerdo me lee y me comenta sobre los post, a The Last Page of My Book (Elea) que también siempre pasa por acá, a mis fans (?) de Twitter sobre todo a las del #ShugaTeam, a la Academia, a Aptra, a Gokú, a  Luke Skywalker, etc. (seguro me olvido de varias personas, perdón).

Ahora sí, porque me fui al carajo cuando lo dije unos párrafos más arriba, en fin: vamos por otro año más, veremos que nos depara el futuro y de nuevo, gracias!

Nico Shuga

1732150_700bNunca olvidar la imagen de la cual salió el nombre del blog

 

 

P.D: si, ya sé que soy un pelotudo por hacer una autobiografía de mi propio blog. Acepto sus puteadas.

La chica de la remera negra. Capítulo 6. Final.


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Los  10 minutos de viaje en ese taxi me los pasé mirando por la ventana, mientras Gabriela me hablaba sobre algo totalmente superficial que no me interesaba. No puedo negarlo, durante ese tiempo alguna que otra lágrima se escapó de mis ojos, de la misma forma que yo quería escapar de ese auto. Llegamos a destino, abrió la puerta del edificio y me dijo sonriendo:

-¿Pasás?

-mientras miraba hacia el suelo y después de un suspiro- No puedo, perdón. No quiero que me malinterpretes pero ¿De qué me serviría el sexo después de una pelea con mi novia? Quizás la olvide por un rato, pero justamente, no quiero olvidarla.  Además, la culpa me consumiría. Perdón.

Y así me fui de ahí, volví a mi casa, tomé algo para el dolor de cabeza que me había causado toda la situación y me acosté a dormir. No quería enfrentar el día siguiente, ya sin haberme levantado de la cama me aquejaba una fuerte resaca, mezclada con bronca, desprecio, culpa, melancolía, soledad y un oscuro amor. Mis amigos me llamaron, todos me dijeron lo mismo. Que la olvide, que un unas semanas voy a estar bien, en mi mejor momento, y sin depender de nadie. Pero ellos no sabían lo que yo sentía, cada sentimiento es único en cada quien, y nadie entendía el mío. Me sentía solo, muy solo. Me dediqué ese y los días siguientes a caminar, escuchando música, encontraba un banquito a la sombra y en mi anotador escribía lo primero que mi corazón decía. Solían ser frases muy depresivas, relacionadas con traición, decepción, odio; decían que no soportaba a la gente en su conjunto, a la sociedad, que me desagradaba el hecho de que sea tan difícil encontrar a alguien con el alma mura, y yo me incluía dentro de esos “impuros”. Fueron tardes difíciles, noches aún peores. No había alguna señal que me guiara.

El 5 de enero, el día en el que Rachel partía de regreso, comencé a extrañarla, a perdonarla, comprendí que suelen ser sus besos el mejor lugar para estar, sus abrazos lo mejor para sentir, y su mirada y sonrisa lo mejor para perderme. Entendí que nunca había sentido nada similar por nadie, que el mes y medio pasado había sido el más  feliz de mi vida, y que no creía que alguna vez nada fuera a igualar toda esa pasión. Llamé a Rachel, me atendió sorprendida y me dijo “perdón”, le respondí que hiciera silencio, que las palabras a veces arruinan todo. Nos quedamos callados por una buena cantidad de segundos, sólo escuchando la respiración del otro; comencé a sonreír, y estoy seguro que ella también. Después agregó:

-Te amo.

-Yo también.

Y cortamos la llamada.

Ahí el sentimiento resurgió, como el primer día, como el día que la vi en la Facultad de Ciencias Económicas como una completa desconocida con la remera negra de Arctic Monkeys; como el día que nos besamos por primera vez y todo era hermoso y me sentía anestesiado, como en un sueño.

Hablamos de nuevo antes de que ella se subiera al colectivo, llegaba a la terminal de Córdoba a las 8am, y quedamos en encontrarnos a las 11, luego de que fuera a la casa de su madre, desarmara los bolsos, se bañara y cambiara. Terminamos la llamada nuevamente diciendo que nos amábamos.

Al llegar el momento, me senté a eso de las 10.55 en una de las mesas en el patio de comidas. Las ganas de abrazarla me desbordaban, las manos me tiritaban por la ansiedad, estaba insoportablemente nervioso. Se hicieron las once, pasaron hasta las once y veinte, yo no tenía noticias de ella, su celular estaba apagado. Comencé a pensar que Rachel había cambiado de opinión, ahora deseo que hubiera sido solo eso. Doce y veinte sonó mi celular, era Romi. Atendí, ella me habló, comencé a temblar, me faltó el aire para responder algo, corté, y me desplomé sin fuerzas sobre la mesa, como si me hubiesen golpeado con un fierro en la nuca, como si me hubieran arrancado el corazón, el alma. Romi me había llamado para decirme que fue un accidente en el taxi, el auto perdió el control por la lluvia y volcó en la costanera. Rachel ya no estaba más.

Me levanté de la mesa y volví a mi casa, no tuve reacción, entré a mi cuarto y me senté en el piso, apoyado contra la pared, puse mis brazos sobre las rodillas, mi cabeza sobre los brazos y lloré; lloré hasta que los ojos me ardieron, hasta que los dedos de las manos se arrugaron de tanto secar lágrimas de mi rostro, lloré hasta quedarme seco, como al estrujar un trapo hasta el punto que este no gotee más. Lloré hasta dormirme sobre mis propios llantos.

Decidí no ir al velorio ni al entierro, no soportaba la idea de saber que ella estaba ahí sin poder sonreír, abrazar, o amar nunca más, aparte, también prefería guardar como última memoria el “Te amo” que me dijo antes de viajar. Durante los mese siguientes sólo pensé en la posibilidad de volver a verla, de que todo había sido una simple pesadilla de la que despertaría encontrándomela en la peatonal en una mañana soleada.  A veces soñaba que entraba al bar donde almorzamos por primera vez, veía a alguien de espaladas, con la misma contextura física y la misma remera negra, que tanto le gustaba; al decirle Rachel y tocarle el hombro, ella se daba vuelta y no era quien yo esperaba, entonces le pedía perdón por el malentendido y me iba. Muchas noches ese mismo sueño apareció.

Semanas después pude seguir con mi vida habitual, a duras penas. Con los años me terminé recibiendo de arquitecto, y decidí viajar por el mundo buscando una experiencia que me llenara de tanta alegría, pasión y amor como la que tuvimos tuve ese mes y medio con Rachel. Hasta el día de hoy no he conseguido vivir algo similar, pero no pierdo las esperanzas.

Decidí escribir esta corta historia para liberarme, para expresarme y para quien sea que la lea, me entienda, y tal vez, aunque sea en otros niveles, se identifique.

Esta historia, que hasta acá sólo termina en palabras, pero que continúa fuera del texto, fue la de mi único y verdadero amor, de ella, Rachel, la mujer de mi vida.

Tomás Tate

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Despair In The Departure Lounge (Desesperación en la sala de embarque)

Nico Shuga

La chica de la remera negra. Capítulo 5.


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Caminaba por el pasillo del edificio, mientras escuchaba de fondo el sonido de la puerta cerrándose. Sentía todo en cámara lenta, sentía todo irreal, como estando en un sueño, como si estuviera anestesiado o drogado. Llegó el ascensor, entré y mientras bajaba me miraba al espejo, y me sonreía a mí mismo.  Suele ser difícil identificar un momento de felicidad plena, en donde nada más importa, en donde sólo la sonrisa basta; pero ahí, en ese ascensor me dí cuenta de que estaba viviendo eso.

Al salir del edificio, todo parecía más precioso, más magnífico, más radiante. La gente estaba alegre, perfectas sonrisas en todos los rostros, la arquitectura de la ciudad era majestuosa, los pequeños detalles en las iglesias, balcones desde los cuales las palomas volaban hacia un cielo despejado, celeste, profundo, impecable. Como decía, todo parecía más precioso, y de debía simplemente a ese beso sobre el cual mi boca no callaba. La idea de que pueda besarme de nuevo estaba clavada en mi mente, que no dejaba de pensar en ese momento. Pero también el hecho de que vendrían más de esos besos me golpeaba fuerte, como cuando al resbalar por las escaleras un escalón te pega en el medio de la espalda, inmovilizándote. La noción de ellos continuando como algo cotidiano, para siempre, me emocionaba y aterrorizaba a niveles desconocidos para mí. Eso, ese miedo y esa alegría, eso era amor; el peso de depender de alguien y, a su vez, el saber que podés confiarle el corazón a esa persona.

Al llegar a mi casa, después de contarles a todos mis amigos lo que había sucedido, solo me acosté y dormí hasta el otro día. La adrenalina me había dejado exhausto. Me levanté a la mañana siguiente para ir a clases, agarré mi teléfono y tenía un mensaje de Rachel, decía que le había gustado conocerme mejor y que cuando quisiera podíamos juntarnos de nuevo a hablar de música. Le respondí que a mí también me había gustado conocerla, y que si quería ese día nos podíamos juntar a almorzar en un bar de la Rondeau. Aceptó y así fue como a las 13.30 nos encontramos en la esquina de Velez Sarsfield e Ilia para ir para allá. Al llegar, la vi parada ahí, con una musculosa gris y un jean, recibiéndome con una sonrisa, y mientras yo iba con intenciones de saludarla con un beso en el cachete, ella lo hizo con uno en la boca; se podía decir que en cierta forma, Rachel equilibraba en la relación mi timidez.

Esa fue la primera de muchas veces que nos juntamos solos. Comenzamos a vernos después de clases todos los días y todas las noches en los fines de semana. Solíamos ir a su departamento, a algún bar, a alguna plaza, hasta en épocas de parciales y finales nos hacíamos un tiempo para encontrarnos. Era simplemente la rutina más hermosa que ambos habíamos tenido; y a las pocas semanas, pasamos a ser oficialmente novios.

Recuerdo una de las primeras tardes en su departamento, en la que su imagen platónica que todavía yo mantenía desapareció, esa tarde noté cuan pequeño era su mundo, como el mío o el de cualquier otro; un mundo alcanzable en cuanto a que era real y no una imaginación, un mundo que me permitía notar cuan real era ella. Ahí me di cuenta de que Rache era mejor que esa imagen platónica que supe tener, porque ella estaba ahí, en la realidad.

Charlamos mucho esa tarde, de nuestras vidas, de nuestros sueños, gustos e historias. Me acuerdo que me contaba que siempre estuvo enamorada de George Harrison, que le gustaría salir de fiesta con Tarantino, que siempre quiso poder escribir como Hemingway, entre otras cosas. Le gustaba que le hablara en diminutivos cada tanto, que le dijera señorita porque le recordaba a escenas románticas de algunos libros, que le susurrara en el oído. Nunca olvidaré esa tarde, porque fue en la que sentí que todo eso duraría para siempre, que jamás terminaría.

Otro día que siempre quedará marcado para mí, es el 23 de diciembre de ese año. Habíamos estado de novios por más de un mes y medio y nunca habíamos tenido una pelea. Ella esa noche viajaba a Mendoza a pasar las fiestas con unos primos de la madre, y regresaría el 6 de enero. El vernos tan seguido había comenzado a gastar la relación un par de días antes, yo era feliz, pero no tanto como al principio, y a ella la notaba con falta de pasión, de brillo, en mi mente, la veía en blanco y negro. Al llegar el momento de su partida me dijo:

 

-Esto va a ser bueno para ambos, estar un poquito alejados unos días. Antes de irme quiero pedirte un favor, durante este tiempo hasta que vuelva no hablemos, por ningún medio.

-¿Qué? ¿Ni siquiera un mensaje para navidad o año nuevo?

-Nada

-No entiendo por qué sos tan drástica. Con el hecho de no vernos alcanza, podemos hablarnos un par de veces, es más deberíamos.

-No, por favor. Quiero esto, repensar todo, te amo demasiado y no quiero dejar de hacerlo, por eso te lo pido.

-No sé como querés que haga esto, no te puedo asegurar que no voy a intentar llamarte.

No abrazamos, nos despedimos y nos dimos un beso, todo parecía carente de sentimientos. Todo parecía muy artificial.

Ella viajó, pasaron los días sin hablarnos. Al principio fue más fácil para mí, pero después comencé a extrañar su voz demasiado y todo se me hizo más difícil. Para la noche de año nuevo no me contuve, la llamé y no me atendió, le mandé un mensaje y no me respondió; no entendía cómo podía ser tan fría. Esa misma noche fuimos a una fiesta en el Jockey con mis amigos, yo por supuesto estaba triste y nostálgico, no quería estar ahí. En cierto momento de la fiesta, Claudio se acercó y me dijo:

-Tengo pésimas noticias, y siendo uno de tus mejores amigos tengo la obligación de mostrarte de que hablo.

-Dale decime, no creo que algo más me pueda molestar hoy.

Agarró su celular me mostró una foto en la que Rachel había sido etiquetada en Mendoza, una foto de ella y otro hombre, abrazados y besándose. Me di vuelta y sin decir nada fui hasta la barra. Como un gran cliché en situaciones así, decidí embriagarme. Tomé y tomé alcohol hasta perder la noción de todo, pero igual no lograba sacarme la imagen de Rachel engañándome. Saqué mi celular y con la valentía del vodka le mandé un mensaje que decía:

“Creí que eras buena, pero estás conchudamente lejos de ser buena. Te creés única para mí, pero sos una más del montón. Vi tu foto, no me hables nunca más. Puta”

 

Comencé a buscar a mis amigos, y mientras lo hacía vía una chica que conocía y que ya mencioné en esta historia, Gabriela. Estaba vestida con un escote que invitaba a pasar a su cuerpo, una calza que ni a las maniquíes les podía quedar más perfecto, y estaba sola y también alcoholizada. Me acerqué, le dije unas palabras al oído mientras ponía mis manos sobre su cintura, y a los pocos minutos comenzamos a besarnos fuertemente. Pasé unas horas con ella ahí, hasta que nos fuimos al departamento de una de sus amigas. En el camino  me comenzó a sonar el celular, lo atendí sin decir una palabra. Era Rachel, llorando y diciendo:

 

-Tomás, perdón, perdón, perdón por todo. Decime que es mentira eso de que soy sólo una más de montón para vos y que no querés que hablemos nunca más.

Con bronca y sin pensarlo le respondí –Justamente eso es verdad, pero si querés te digo una mentira: te amo.

 

 

Portraiture

Nico Shuga

La chica de la remera negra. Capítulo 4.


Parte 1

Parte 2

Parte 3

Nos sentamos en la mesa; Rachel al frente mío, Romi al frente de Lucas y Sofía en la cabecera. Nervios, tartamudeo, ansias, todo lo que era seguro que me iba a suceder, no pasó; misteriosamente estaba muy calmado, incluso fui el primero en hablar al proponer que pidiéramos unas pizzas y unas cervezas. Todos estuvieron de acuerdo e hicimos el pedido.

A pesar de estar calmado, me moría de ganas de hablar con Rachel, no resistía que mientras yo pensaba todo esto ella sólo estuviera ahí sentada siendo insoportablemente hermosa. Lucas comenzó la típica conversación sobre la facultad, el estudio y la época de parciales, en la cual todos acotábamos nuestras anécdotas. Cuando Rachel comenzó a hablar, me intrigó mucho su acento, así que esperé hasta que trajeran la comida y todos se desconcentraran, para preguntarle sobre ello y que podamos hablar solo nosotros dos. Le dije:

-Rachel ¿No? – haciéndome el desinteresado- Tenés un acento que no parece de acá, ¿De dónde sos?

-Ah sí, es que en realidad nací en Londres y viví allá hasta los 11 años más o menos, por eso mi castellano es medio raro, ¿Se nota mucho? – me preguntó sonriendo.

-No no, sólo si le prestás mucha atención – en realidad sí se le notaba bastante, pero no sabía si le molestaría o no que se lo dijera – ¿Y por qué te mudaste?

-Larga historia, otro día más tranquilos te la cuento. –la verdad era que ella todavía no tenía la confianza necesaria para decirme.

 

Seguimos conversando en grupo, hablamos de los boliches a los que íbamos y mencionamos la salida del fin de semana pasado. Ahí traté de hacer preguntas para saber si Rachel tenía novio, o en un posible y muy erótico, pero devastador caso, novia. Le pregunté a Romi si habían ido sólo ellas 3 al boliche, a lo que me contestó que no, que fueron ellas, un par de chicas más, y el novio de Sofía. Me arrepentí apenas lo dije por lo estúpido que sonó cuando agregué “¿Y los otros novios?”; hubo una pequeña risa general y me respondió que no habían otros novios. Sentí un inmenso alivio, tenía luz verde para intentar algo con Rachel.

A los pocos segundos sonó mi celular al llegarme un mensaje. Sonó con una canción de la banda que de la remera, justo la canción que yo quería que ella escuche en el “encuentro” a la salida de la Facultad de Ciencias Económicas. Instantáneamente preguntó:

-¿Mardy Bum?

-Sí. –le dije sonriendo– Veo que según tu remera conocés la banda.

-Por supuesto, es mi favorita.

-¡Mirá vos! La mía también.

-No conozco mucha gente que la escuche –dijo casi interrumpiéndome– , es lindo saber que hay más gente con quien hablar sobre este tipo de música.

 

En ese momento la alegría me brotaba por todo el cuerpo, y con la mente en blanco le dije:

-Cuando quieras podemos juntarnos a escucharlos –ahí sentí todo se frenó de golpe, la respuesta de ella sería todo o nada.

-¡Dale! Mañana no  tengo nada que hacer. Si no tenés problema podemos juntarnos.

-Genial, yo no tengo clases así que me queda perfecto mañana –en realidad si tenía, pero no podía dejar pasar esta oportunidad.

 

Intercambiamos números de teléfono y arreglamos para que yo fuera a su casa a eso de las 11. Ese era el momento, mi momento, nuestro momento, esa charla daría comienzo a una de las épocas más hermosas de mi vida, pero por supuesto, aquél día yo no lo sabía.

Seguimos hablando en grupo un rato más hasta que terminamos de almorzar y nos fuimos. Fue un regreso a casa demasiado alegre, había logrado mi objetivo, aunque me generaba un poco de miedo la facilidad con la que todo había sucedido, pero quién era yo para cuestionar al destino.

Me surgió un gran interrogante esa tarde: ¿Es una puta? ¿Es una mujer fácil? Me ha pasado de conocer mujeres que tenían tanta pasión por el sexo que con una charla corta ya la tenía en la cama. Existía la posibilidad de que este fuera un caso así, y por supuesto, yo no quería. En menos de 24 horas iba a hacerle frente a la mujer que alguna vez aspiré amar, ese acto es extremadamente difícil, puedo perderme por completo al dejarme llevar por su perfecto amor, o puedo derrumbarme sin remedio descubriendo que toda la ficción creada en mi mente sobre ella, no era realidad. ¿Cómo se puede lidiar con eso? No sé si será la mejor respuesta, pero mi solución fue tratar de no pensar demasiado en todo lo que podía suceder.

Luego de cenar le mandé un mensaje para confirmar la hora y el lugar, ella me respondió con la dirección de su departamento, la hora, y agregó que también “iban a estar las chicas” porque antes se juntaban a estudiar. Eso por un lado me relajó ya que obviamente ella no buscaba sexo rápido, y al ser un grupo de gente que se conocía no habrían silencios incómodos. Por otro lado me dio un poco de tristeza porque no iba a poder tener una buena charla íntima para conocerla mejor.

Llegué a eso de las once y diez, busqué el número de la calle, subí al piso 7, y toqué timbre en el departamento B. Romi abrió la puerta, adentro estaban además Rachel, Sofía, un par más de chicas que no conocía, y dos chicos, que por suerte, no recuerdo sus nombres. Esos dos me parecieron desagradables, con sus falsos bronceados, sus musculosas entalladas, sus cigarrillos mentolados, sus comentarios carentes de todo lo que puede cargar la palabra. Al verlos a ambos iguales, como el estereotipo de “pibe ganador”, me alegré, sabía que al lado de ellos iba a poder identificar rápidamente los gustos de Rachel.

Ya habían terminado de estudiar y estaban hablando de un baile de una canción que se había hecho muy famosa por aquella época. Me senté luego de saludar y me sumé a la charla. Era obvio que ahí vivía Rachel sola, tal vez con alguna compañera, pero el punto era que sin padres, lo cual representaba en teoría una ventaja: se podía decir que llevaba una vida “independiente”.

Pasaron unas horas, pedimos empanadas para almorzar, y mientras esperábamos por fin pude tener un momento a solas con Rachel. Me llevó a su cuarto y comenzó a mostrarme sus discos, sus colecciones musicales, me impresionó la similitud en nuestros gustos, casi idénticos, lo cual me encantó. Mientras me contaba sobre eso, me puse a ver los cuadros y posters que tenía en las paredes de bandas de música y actores y películas británicas. En ese tiempo sentí una compatibilidad perfecta, mientras más me hablaba más me enamoraba. Charlamos solos en la habitación por un largo rato, como si nos conociéramos de toda la vida. Desde mi perspectiva, solo faltaba el beso y la correcta banda sonora, aunque claro, había un pequeño detalle: no tenía idea lo que ella pensaba sobre mí, si sentía lo mismo. Entre las posibilidades estaba la de que me viera como un amigo y nada más, como una persona con la cual se tiene una relación que jamás pasará de la amistad. Ese era el peor escenario posible, y tenía que tratar de averiguar rápidamente si estaba ahí.

Seguimos hablando por un momento, y le dije cambiando de tema y tratando de conocer un poco más sobre su vida:

-Che, ¿Y por qué era que te habías mudado de Inglaterra?

-Lo que pasó fue que mis padres se divorciaron. Mi mamá es argentina y mi papá inglés. Se conocieron allá haciendo una maestría, se casaron, me tuvieron a mí y se divorciaron. La custodia quedó para mi mamá y nos vinimos acá donde ella tenía a toda su familia.

 

Se la notaba medio incómoda mientras hablaba, y yo no sabía que decir, era un tema muy personal de ella y yo no era bueno manejando situaciones así. Desde el living escuchamos la frase que me salvó del momento: “llegó la comida”. Esto permitió cerrar la conversación sin que tuviera que decir algo.

Mientras los demás ponían la mesa Romi me llamó desde el balcón, me acerqué y me preguntó:

-¿Y? ¿Qué pasó?

-¿Qué pasó con qué? –pregunté muy intrigado.

-Con ustedes dos, solos en el cuarto.

-Nada, hablamos un rato de música y otros gustos.

-¿Nada más?

-No sé qué más esperabas que pasara.

-Dale Tomi, Lucas me dijo que te gustaba Rachel.

-¡¿Qué?! No se puede contarle nada. Igual antes de intentar algo tengo que ver qué piensa ella de mí.

-Ella gusta de vos, me lo dije después de almorzar ayer. ¿Por qué te pensás que te invitó? –dijo mientras entraba al departamento.

 

Me quedé en shock en el balcón, no sabía que decir, hacer o pensar.

Entré, me senté con el resto, y aunque mi cuerpo estaba ahí mi mente no. No recuerdo de qué estaban hablando todos, yo sólo pensaba en volver a estar a solas con Rachel, a pesar de no tener ni una pista  de qué iba a decirle. Le pregunté a Romi que estaba sentada al lado mío a qué hora se iban los demás y me respondió que después de almorzar, pero que ella se quedaba hasta más tarde, y agregó: “quedate vos también, los puedo dejar solos un rato”. Decidí quedarme, pero solo unos minutos después de que se fuera el resto para no quedar como un desesperado por estar con Rachel.

El tiempo pasó, terminamos de comer, los demás se fueron; Romi bajó para “comprar unas cosas”. Quedé con Rachel a solas, mientras levantábamos y lavábamos los platos. Comencé a ponerme nervioso, no sabía qué decir y no quería que hubieran silencios incómodos; se me ocurrió pedirle que pusiera algo de música. Buscó un cd, y puso “Suck it and see”. Mientras tanto, yo terminé con el último plato, entré en pánico y le dije:

-Me tengo que ir, disculpá.

-¿Ya? –preguntó sorprendida.

-Sí, es que tengo turno en el médico para que me vea un golpe en la pierna, me había olvidado.

 

No sé por qué me pasó eso, por qué tuve miedo, por qué inventé una excusa para irme; aunque viéndolo muchos años después fue lo mejor que pude haber hecho.

Fuimos hasta la puerta, Rachel me dijo que el viernes seguro con las chicas iban a ir a un boliche, que yo les avisara a los chicos para organizar e ir todos juntos. Le dije que si, y la miré con una pequeña sonrisa, la cual ella me devolvió mirándome a los ojos también. –tengo miedo ahora, de escribir sobre esto porque sé, que no importa qué palabras use, nunca podré hacerles entender todo lo que sentí en ese momento- Así nos miramos, sonriendo, ambos sabiendo lo que sucedía e iba a suceder, y mientras la canción llegaba a su final sonando de fondo, haciendo todo perfecto, como despedida, acercamos nuestros labios, y por unos segundos nos besamos, y fue hermoso.

Imagen

Nico Shuga